Ágora 2.0

Blog del alumnado de Filosofia de la Universidad de Zaragoza

Monografia de America Latina

Posted by pvloh en 28 febrero 2010

Hola; acá les dejo el monográfico que hice el año pasado para “Teorías filosóficas de la ciudadanía”, sobre America Latina. El mismo gira en torno a la lectura de dos libros principalmente, el primero Las venas abiertas de América Latina, y algunos artículos del profesor Aragües recopilados en el texto Sartre en la encrucijada, los póstumos de los años 40.

Entre el americano y el europeo:

Que el infierno sean los otros, bien podría entenderse como la ley regente de la Historia. El tiempo nos ha dado innumerables ejemplos de todo lo que muchos han sufrido por muy pocos. En ese padecer se ha desarrollado un infierno propio de cada momento y situación; un lugar que, a sabiendas de su presencia, se haya oculto en las líneas de un cuento. Para América, Europa supuso su infierno. Hay que intentar comprender el porqué de ello.

Entre los exóticos paisajes, fantásticos a tales límites que llevaron a los cartógrafos a ubicar al Edén en América del Sur(1); entre las nunca suficientes riquezas, entre el oro, la plata, el azúcar, el café, y tantos otros motivos que justificaron cualquier tipo de explotación, ¿Qué encontró el europeo al llegar al Nuevo Mundo? Tal vez, aquello a lo que se le prestó menos atención; una riqueza aun más valiosa que todos los metales preciosos del continente, aquello en lo que se sustentó un ciclo de explotación que se resolvía no de manera impuesta, sino más bien, como una exigencia natural. El conquistador descubrió aquello que justificaría su inmediato proceder; el derecho.

Débese partir de un precepto indispensable, y solo a partir de él, el más absoluto irraciocinio tendrá una razón de ser capaz de justificar una historia bañada por tanta sangre. El americano autóctono no era un igual, más, a saber, uno de los seres más inferiores de la creación. Pero su inferioridad no se reducía a un retrógrada desarrollo social, más al producto de una tragedia evolutiva. Hegel dijo, “de América y de su grado de civilización, tenemos información de su desarrollo, pero como una cultura enteramente particular que expira en el momento en que el Espíritu se le aproxima. La inferioridad de estos individuos en todo respecto es enteramente evidente”(2). Hay que entender, que no se trata de una mera justificación de raigambre filosófica para nuestra situación, más una simple evidencia natural. El europeo era superior, y en su superioridad se encomendó a si mismo la noble tarea de otorgar al indígena una identidad. Y a partir de ella nacería el derecho; un derecho natural capaz de otorgar al aborigen americano un estado del que no podría salir.

América era el vasto imperio del Diablo, nos dice Galeano. Pero la fanática misión contra la herejía de los nativos se confundía con la fiebre que desataba el brillo de los tesoros del Nuevo Mundo. Confusión que llevó a una cultura con Cristo como emblema sagrado a santificar una tierra tan malévola y dañina como podía ser la América salvaje. Y por tan sagrada empresa, ante un enemigo capaz de poner en riesgo la propia fe, se justificó la existencia de un Estado opresivo y de control. En este conflicto se desarrolló la batalla ontológica por la libertad.

Violencia, súplica y exigencia son el modo en como se define la libertad según Jean Paul Sartre; al menos una de las formas en que intentó explicar cómo se desarrolla la relación entre conciencias. El existencialista concibió la batalla por la libertad de tres maneras distintas. Ahora cabe hablar de una de ellas; aquella basada en la jerarquización.

Hemos de partir de dos conciencias, dos Nosotros-sujetos, uno europeo, otro americano. La relación entre ambas conciencias se basará en la violencia, la súplica y la exigencia. El resultado se dejará apreciar en la cosificación de una, en pos de afirmar la libertad de la otra. La violencia es la afirmación incondicionada de la libertad, pero solamente la afirmación de cierto género de hombre. De ella se deriva una jerarquización ontológica reconocida por ambos nosotros-sujetos. Dicho reconocimiento exige un vencedor, lo que hará que el vencido deje su libertad de lado para ser entendido como un Nosotros-Objeto que garantice la libertad de quien ha salido victorioso. Objeto, porque es el medio a través del cual el otro-sujeto existe y es libre. Presente en esta situación se desarrolla la súplica satriana, o lo que es lo mismo, el sentimiento de impotencia de un Nosotros-objeto sometido a la infinita potencia del Otro. El triángulo terminológico concluye con la exigencia, es decir, la violencia interiorizada del Otro(3).

Para nuestra desgracia, hemos sido siempre el objeto. América se sometió, cayó ante la violencia, y entre la súplica y la exigencia perdió su libertad ante el Otro-Europeo. “Los metales arrebatados a los nuevos dominios coloniales estimularon el desarrollo económico europeo y hasta puede decirse que lo hicieron posible”. A través de la cita de Galeano podemos vislumbrar como el desarrollo teórico de Sartre es capaz de encontrar su comprobación en la propia historia. Ante la necesidad europea, con la violencia como medio, fue la súplica de un pueblo, que tristemente había comprendido su papel en el mundo, y la exigencia de más a un mundo que físicamente podía menos. Porque incluso las madres aborígenes de los pueblos autóctonos americanos preferían ahogar con sus propias manos a sus hijos antes que verlos partir para trabajar en minas de oro, minas de plata, lugares que sangraron dinero y ostentación, antes de ser pobres y miserables como lo son hoy; lugares como Potosí. Europa necesitaba y a América se le exigía, y en la demanda el Nuevo Mundo perdía la vida, la libertad, y el derecho a tener una historia que contar.

Pero la historia se escribe con la sangre de los vencidos, y solo puede admitirse un tipo de escritura, la del dominante. El ángel benjaminiano nada ha podido hacer en contra del progreso europeo. América no ha encontrado ayuda, más que el fuego del mosquete, el esfuerzo del trabajo minero, las lágrimas por las riquezas que supusieron la más auténtica pobreza, la sangre, el llanto y el recuerdo impotente. América fue condenada; a lo otro, lo extraño, a ser una invención que Europa se dio el derecho de crear, y de creer; un descubrimiento que realmente supuso un encubrimiento. La naturaleza nos dio la gracia de ser un continente rico, la historia nos dio la obligación de ser la base para el progreso ajeno. A los americanos nos hubiese gustado ser como éramos, si no fuésemos lo que somos.

Citas de este apartado:

1_”los árboles son de tanta belleza, y tanta blandura que nos sentíamos estar en el paraiso terrenal” Galeano, Eduardo; Las venas abiertas de América Latina; Buenos Aires, Argentina, 2003; editorial Catálogos.

2_Mate, Reyes; La herencia del olvido; Madrid, 2008; Errata Naturae.

3_Reflexión tomada de: Aragüés, J.M; Sartre en la encrucijada, los póstumos de los años 40; Capítulo III “La dialéctica interna de los Cahiers pour une morale”; 2005, España; editorial Biblioteca Nueva.

Sobre Argentina:

¿De dónde sale un país que tiene ocho veces la superficie de Francia, pero la mitad de su población? ¿Cómo se hace un lugar donde la mayoría de sus presidentes fueron impuestos por dictaduras o por fraudes? ¿Cómo fue y cómo es, un país que en menos de doscientos años de vida participó de cuatro guerras, dos contra sus vecinos y dos contra potencias del primer mundo, donde sus máximos héroes suelen morir pobres o en el exilio, y los dictadores les dan su nombre a importantes calles de su capital? La historia de Argentina son historias mudas, silenciadas por el paso del tiempo, la corrupción, la entrega y el asesinato de sueños y esperanzas que se perdieron. No dejamos de ser una país más en América Latina.

El profesor Aragüés dice “no ha habido momento en la historia en que las subjetividades hayan estado más controladas, y en el que, paradójicamente, se hayan sentido menos sometidas”(1). ¿Cuántos años ha vivido Argentina en la mentira?

Desde el primer momento los territorios que conformaban el Virreinato del Río de la Plata se vieron confinados al fracaso. Poco sabríamos que la historia acontecida poco o nada tenía que ver con el cuento que se nos narraba en las clases de primaria. Adiós a la idea de patriotismo, del deseo de libertad, de abolir el yugo del esclavo. En el centro nostálgico de la Ciudad de Buenos Aires se esconde una historia que se tapó con páginas, palabras y letras de mentira. Es en una cámara cerrada al público donde se configuraron juegos de intereses de los que poco habríamos de saber.

Según los libros de historia en el 25 de mayo de 1810, en el cabildo de la ciudad de Buenos Aires nacía el Primer Gobierno Patrio Argentino. Entre los nombres que realizaban tan noble hazaña se hallaban Cornelio Saavedra, José Castelli, Manuel Belgrano y Mariano Moreno, entro otros. Empezamos mal si decimos que el patriotismo exacerbado adjudicado a Saavedra se evaporaba en un interés por lograr que los españoles poderosos, que detentaban el poder del Virreinato, compartiesen su poder soberano con los criollos americanos; o si de Belgrano, Moreno y Castelli, más patriotas de lo que se nos quiso enseñar en las escuelas, simplemente una “parte” de su patriotismo convino exaltar.

A Saavedra se le atribuye la presidencia de la Primera Junta de Gobierno, casi podríamos decir que fue nuestro primer presidente, si no se hubiese establecido que nuestro primer presidente oficial fue Bernardino Ribadavia. Un golpe a nuestro sentimiento de superioridad para con el resto de América Latina, a los jóvenes argentinos en nuestras escuelas nunca se nos enseñó que Don Cornelio Saavedra era un nacido en la actual Bolivia. Belgrano, creador de nuestra bandera, nunca se le reconoció, que como digno hijo de las ideas revolucionarias francesas, un verdadero ilustrado en la América colonial española, se proponía desarrollar en la nueva nación americana una monarquía, parlamentaria e igualitaria, carente de cualquier tipo de estrato social. Pero su Rey no sería cualquier figura criolla o terrateniente, sino un descendiente de la antigua casa del Imperio Inca. De Moreno, cuya figura se recuerda por haber partido a la antigua Inglaterra y haber participado en el cabildo abierto desarrollado durante la Semana de Mayo, no se enseña más que su trágica muerte producto de una enfermedad en alta mar. Ironías de la vida, el Dr. Mariano Moreno fue envenenado en el autoexilio, mientras en el actual Brasil importantes nombres de la Junta de Gobierno entregaban un documento firmado en el cual se encomendaba el control de Las Provincias Unidas del Sur al Imperio británico. Sus ideas revolucionarias, su ambición por crear una auténtica patria americana, de criollos e indígenas, apoyada tan fervientemente por sus compañeros Belgrano y Castelli, chocaban con los ideales terratenientes y realistas de Saavedra. Mariano Moreno, uno de los pocos nombres que fueron verdaderos patriotas de la actual Argentina, muere asesinado en un navío inglés. Sus restos, arrojados al mar como es la costumbre de los marineros, yace en el fondo del Atlántico envuelto en una bandera británica. De Castelli recordamos su participación efímera en la Primera Junta de Gobierno. Pero en los manuales de escuela no figura que fue encomendado por esa misma junta a misiones militares verdaderamente suicidas contra las fuerzas realistas del norte, que luchaban en nombre de la Corona española, para luego ser procesado tras haberlas perdido, procesos a los que solamente pudo evadir gracias al cáncer que lo llevaría a la tumba.

La Historia narrada no es la historia acontecida. Lo que en manuales de historia se enseña en clases y clases de manera poética, lejos está de ser verdad. En la mentira y la fábula se sustentó el sentimiento patriota. Y desde ella se produjo la dominación de un pueblo que desde el primer momento de su nacimiento sufrió el azote de los que no querían cambiar, sino obtener mayores beneficios.

Para J. P. Sartre la mentira es la dominación producida mediante el mantenimiento de una ficción(2). Pues en el Otro-dominado se fija una ficción de libertad. De esta forma, el poder alcanza sus objetivos sin recurrir a la violencia, pues toda subjetividad posee una falsa sensación de libertad, ya que aunque la toma de decisiones sea suya, las opciones nunca son arbitrarias, sino el producto de las verdaderas ambiciones de quienes detentan el poder.

El objetivo de la mentira es colocar a las subjetividades sobre una situación desde la que el poder puede orientar a la misma en la dirección que a sus intereses conviene. Trágicamente, la masa sueña con panem et circenses. Argentina creyó en la historia que se le narró. Su identidad nació de la mano de figuras que perdieron su auténtico valor, en pos de unos ideales, y de nombres que provocaron que hoy cada niño que nace deba mas de cuatro mil dólares a gente que no conoce.

En el texto La Razón considerada como una de las Bellas Artes, Silvio Mattoni dice “un solo gesto autónomo revela la arbitrariedad y el sufrimiento producidos por siglos de historia”(3). La Historia argentina se inventó con bolígrafo dictatorial. Se contó lo que convenía contar, y se perdió en el olvido lo que amenazaba la organización del poder que empezaba a nacer en 1810. Y así Argentina creció con dictaduras que declararon guerras por la flaqueza de su gobierno, que unieron al pueblo bajo el football y el asado, y olvidaron la sangre de los que murieron por un ideal. Guerras civiles en pos de un verdadero Estado federal, que se quedó en el centralismo porteño(4). Visión futurista que lejos de apuntar a la natividad y el autoctonismo americano, fijó su vista en la lejana Europa.

Argentina es un pueblo al que se le ha negado una historia y se le ha contado un cuento de terror. El pueblo, que desesperado busca un porqué a su situación, tiende a culpar al mundo. Yo no seré quien diga que el Mundo sale impío de que, no solo Argentina, sino toda América Latina, sufra como sufre; pero en sus entrañas Argentina y América han sufrido la traición de aquellos quienes decidieron cómo se escribiría la Historia y qué se debería contar. Ellos que tacharon de traidores a sus verdaderos héroes, y enaltecieron las figuras de auténticos traidores, dictadores y asesinos. Próceres murieron en el exilio, y otros, pobres y miserables, sin mayor compañía que las del médico que oficializó su muerte. Y mientras tanto, nuestra queridísima bandera, la celeste y blanca, que al cielo imitaba, no era más que la representación de los colores de la familia de Borbón, la estirpe regente de España. Un detalle que a los maestros y profesores siempre se les escapa contar, la Revolución de Mayo no se hizo en pos de la independencia y la libertad de las Provincias del Sur, sino para restituir el poder en nombre del Rey Fernando VII que había caído prisionero de las fuerzas napoleónicas.

Citas de este apartado

1_Aragüés, J.M.; Sartre en la encrucijada, Los póstumos de los años 40; Madrid, 2005; Editorial Biblioteca Nueva.

2_Cahiers pour une morale. Análisis correspondiente al ya citado libro de l profesor Juan Manuel Aragüés.

3_Foucault, Michel; ¿Qué es la Ilustración?; primera edición 1996, Madrid; Editorial La Piqueta

4_Guerra entre Unitario y Federales. Durante los primeros años de independencia, el actual territorio comprendido por Argentina y Uruguay se vio bañado de conflictos entre los caudillos de las distintas Provincias Unidas del Sur. En contra del centralismo de Buenos Aires, capital del nuevo país, lo unitarios exigían la apertura de los beneficios obtenidos por la aduana porteña al resto de las provincias del interior, así como mayor participación en el nuevo gobierno. Aunque el conflicto concluyó con la victoria de los federales, hoy, en Argentina, sigue existiendo un aura unitaria que hace de la ciudad de  Buenos Aires  y Gran Buenos Aires(ya no la provincia entera) el sector más habitado del territorio argentino, así como también el epicentro político y comercial del país.

La Historia racional:

¿Cuántas lágrimas ha de llorar uno cuando lee como Eduardo Galeano vuelca sus esperanzas en la figura del “nuevo” presidente chileno, Salvador Allende, sabiendo que es cuestión de tiempo que un golpe militar acabe con su vida, y se convierta en una las dictaduras más crueles que el mundo presenció? ¿Cuántos gritos de impotencia debe uno ahogar al observar fotos de época de muros pintarrajeados con leyendas que rezan “bendito cáncer” al saber que se refieren a la muerte de Eva Evita Perón? ¿Cómo hemos de reaccionar cuando se nos cuenta cómo una masa enfebrecida aclama la decisión de un borracho de declararle la guerra a un imperio mundial, un día después de marchar por las calles porteñas solicitando aumentos de sueldo, sin siquiera tener en cuenta la masacre que está ocurriendo en el suelo nacional? Panamá, México, Paraguay, Uruguay, Venezuela, Colombia, Chile, Argentina, Cuba ¡Cuántos países han llorado para que la historia siga su curso lineal y racional!

Hegel concibe la realidad como el producto de la actividad de una mente racional. Esta mente responde a un Espíritu (Geist) que se mueve por el tiempo y el espacio. Este movimiento es motivo de la Historia como la conocemos. Es más, la misma es lo que es, dada la existencia de este Espíritu. Pero no responde a su mera existencia, si no más bien a las contradicciones presentes en él. Dicho de otro modo, el motor de la Historia son las contradicciones del Geist hegeliano.

Este proceso contradictorio al que hacíamos mención antes corresponde un proceso dialéctico. Explicado de forma burda y rápida, tanto más para ser capaz yo de entenderla, el mismo se caracteriza por la presencia de afirmaciones y sus consiguientes negaciones. La historia se compone de ambos, pero en su ciclo lineal racional, todo lo que ocurre en ella es una cuestión necesaria para la concluyente síntesis de todo conflicto dialéctico, y consecuentemente, el final de la Historia misma. Es el momento en el que el Geist alcanza pleno conocimiento de sí.

La Historia tiene su razón de ser. En ella todo lo acontecido responde a la búsqueda de un bien mayor, la consagración de la Razón misma. Dicho fin, este conocimiento absoluto, sacrifica en pos de la causa las voces y los recuerdos de los que existen en el tiempo. Pero en su pérdida no hay muerte, no hay asesinato, injusticia o genocidio, sino la exigencia de lo imprescindible en pos del saber. Para el Espíritu hegeliano, el fin (la superación de toda contradicción dialéctica) justifica los medios. América era el sacrificio para una Historia. Pero debamos entender muy bien una cosa antes: el mundo responde a un “euro-centrismo”. La humanidad ha jugado un papel decisivo en la historia: su completa y absoluta ausencia. Pues el Nosotros-humanos se confunde con un Nosotros-europeo. Solo a través de sus ojos se puede ver el mundo como un todo racional. La humanidad que de hecho es un proyecto europeo con vocación universal(1). Preguntémonos si acaso el Geist no es un nato europeo.

La humanidad es Europa, con el tiempo lo sería también Estados Unidos. La Historia es su historia, y si de contradicciones se trata en pos de una razón de ser, se entiende la explotación salvaje de las Américas, el reparto demencial de África, e incluso hoy, en nuestros días, que padre e hijo hayan llegado a la presidencia de una de las más grandes potencias mundiales, con el fin de declarar la guerra a uno de los proveedores de petróleo más importante del mundo, siempre en aras de la libertad.

La visión es demoledora en verdad. En mas de dos mil quinientos años de historia hemos visto el mundo con ojos que no eran nuestros. Asusta el hecho de que, tal vez, deberíamos dudar de todo lo que se nos ha dicho, incluso de nuestra propia visión, porque ¿hasta que punto se ha “europeizado”? No puedo más que preguntarme si eso a lo que llamamos “Declaración Universal de los Derechos Humanos”, no es más bien una declaración “europea” de los derechos humanos. Cabe preguntarnos por qué esta declaración básica, capaz de definir al propio Ser Humano, siga siendo violada, día tras día por el continuum de la historia.

Y ante esta racionalidad inmutable e incuestionable de la historia, Galeano nos dice: “Para quienes conciban la historia como una competencia, el atraso y la América Latina no son otra cosa que el resultado de su fracaso. Perdimos, otros ganaron. Pero ocurre que quienes ganaron, ganaron gracias a que nosotros perdimos”(2). ¿Cuántos son los ojos que no ven la historia? ¿Cuántas son las voces que callan?

Para que el tiempo sea Historia, muchas son las historias que han debido callar. Para que el mundo se viese envuelto en su racionalidad aparente, tres cuartas partes de él han debido caer en el más absoluto irraciocinio. No hay síntesis final en la contradicción. No hay dialéctica del amo y del esclavo. América ha agachado la cabeza, pero no ha resurgido de sus cenizas, Europa no ha reconocido lo que fue y lo que es. Existe un interés inmerso en todo. Se le critica a Marx que hay procesos sociales que no pueden ser explicados mediante la economía. Pero entonces cómo podríamos comprender que empresas Estadounidenses, durante la revolución industrial latinoamericana, se hayan apoderado de los ferrocarriles nacionales para crear otros, al mismo tiempo que implantaban los monopolios de los servicios de luz eléctrica, correos, telégrafos y teléfonos, incluyendo el propio monopolio de la política. En Honduras una mula costaba más que un diputado, y en todo Centro América los embajadores de Estados Unidos presiden más que los presidentes. La propia moneda Americana no es el peso, no es el austral, sino el dólar, y las balas que han costado sustituir gobiernos democráticos por intervenciones militares que han manchado de sangre historias que han quedado en el silencio. Porque si la alienación de las historias mudas pudiera oficializarse, no habría mejor ejemplo que la Ley de Obediencia Debida(3) impulsada por el primer presidente electo luego de la Junta Militar, Raúl Alfonsín.

Contra esta concepción tan totalizadora de la Historia carga el existencialismo sartriano. La Historia hegeliana destruye toda posibilidad a la subjetividad. La segunda concepción de la Historia (de las tres que Jean Paul Sartre desarrolla en su obra Cahiers pour une morale) hace uso de los términos ayuda y llamada. Toda jerarquización ontológica queda subsumida por la igualdad y la colaboración. Cada conciencia se implica en la plasmación del proyecto ajeno (ayuda), al tiempo que llama a la colaboración del Otro en el suyo propio. Así se rompe con la Historia como un proceso unitario y orientado.

Pero el propio Sartre descubre que en esta concepción de la Historia subyacen dos problemáticas. Por un lado, la necesidad de un impulso moral como medio de establecer la relación inter-subjetiva de colaboración. De esta forma la moral se convierte en causa y efecto de la acción histórica. Por el otro, la moralidad es fusión de las conciencias en un solo sujeto. Sin una aceptación total, todo el proyecto se desvirtúa y se corrompe.

Esperando que la Historia misma haya siempre buscado esta concepción de sí misma, que en definitiva la misma se ha boicoteado a sí misma por la imposibilidad de un código común, podríamos decir que la Declaración Universal de los Derechos Humanos no es más que el intento desesperado por buscar la alteridad en el tiempo y el respeto a la subjetividad misma. El deseo por hacer de la ayuda y la llamada el estandarte del desarrollo histórico.

Pero la Historia mundial lejos de ello, ha resultado ser como el animalismo desvirtuado, rezando en los muros de un granero “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”.

Citas de este apartado

1_Mate, Reyes; La herencia del olvido; Madrid, septiembre 2008, Errata Naturae.

2_Galeano, Eduardo; Las venas abiertas de América Latina; Buenos Aires, Argentina, 2003; Editorial Catálogos.

3_Una vez juzgada la Junta Militar, se dicta dicha ley, implantando un “olvido” obligatorio, prohibiendo el cuestionamiento del fallo del juicio.

Conclusión:

La Historia se ha configurado como la escritura de identidades borradas, de voces silenciadas, de letras prohibidas. Existe una Historia oficial, y ¡cuántas desconocidas! El mundo se ha construido bajo los relatos legales de los victoriosos, que han dejado tras su marcha el crimen mayor; el olvido. Pero el olvido no se ha impuesto sin más. La mayor tragedia de los ideales aplastados es que la masa ha decidido girar su mirada hacia el pasado oficial y consumar un presente inventado por su facilidad y comodidad.

¿Por qué? Porque a través de éste el oprimido puede mirar hacia el futuro y esperar a que el tiempo, como si de una evolución se tratase, cambie a favor de los que pocos esperan hacer. Y mientras tanto, aquellos que se han movilizado a favor de un cambio original, quienes han apelado a escuchar las voces de los muertos vivientes del pasado han sucumbido ante la impotencia y la frustración de ver que tan gran odisea pocos la comparten. En el exilio o en el suicidio yacen nombres que han buscado la alteridad histórica, y han padecido en rechazo popular.

Sobre los actos perdidos se ha construido la identidad de un continente aplastado por la Historia. Y la masa aceptó su “regalo”. Ha culpabilizado al Otro opresor, pero al mismo tiempo a justificado de esta forma su total ausencia de acción. Existe una Historia no contada, o mas bien muchas. En ellas se guarda el pasado que configura el código genético de una identidad que envuelve a todos, al opresor y al oprimido. Se transporta eternamente sobre las espaldas de los que actúan y dejan de actuar. Y se adjudica en unos pocos la voluntad de unos muchos. Voluntariamente hemos dejado que la Historia la escriban unos pocos. Es más fácil, es más sencillo.

El dolor y el sufrimiento de nuestro pasado es pretexto de fechas de conmemoración. Pero la conmemoración se reduce a simple celebración. No hay recuerdo, más que una repetición que se hace hábito, año tras año. La fechas, son meros números que nos dicen el día que no es laborable, y las voces y figuras del pasado son un eco desvirtuado por el ruido y la muchedumbre. En América Latina y en el mundo entero se ha ejercido un olvido por voluntad, y se ha facilitado que eso ocurra. Pero el problema no tiene una solución sencilla. No basta con hacer memoria. El pasado no ha de buscarse, sino vivirlo. Después de todo, el presente es algo tan efímero que dura un instante en la vida. El “ahora” es volátil y etéreo, fugaz. Solo se puede configurar un presente desde una mirada retrospectiva. Y es desde ésta, desde la que se debe llamar al pasado en potencia de ser, para llegar a ser lo que se le ha prohibido ser.

No se trata de reescribir la Historia, una versión absoluta terminaría siendo tan retrógrada como la anterior. La anulación de la diferencia llevaría a una nueva totalidad y en definitiva, la violación de la propia esencia humana, porque la verdadera cuestión no es olvidar todo lo malo, ni todo lo bueno. El proceso es más complejo de lo que parece, incluso resulta difícil de explicar, porque no hay solución sencilla a problema tan complicado.

Somos lo que fue. El ayer es nuestra vida, pero el ayer es un invento. Las máquinas conductoras han hecho de la existencia una justificación a un estado predeterminado justificado en sí mismo. Y en él se ha producido la adicción a una identidad artificial. Pero es esa adicción la que nos ha “relegado” el derecho a ser algo. Pero, a su vez, nos ha arrebatado el derecho a resolvernos nosotros mismos. Agradecidos del lugar que se nos ha dado en el mundo, no podemos, pero tampoco osamos buscar lo que podríamos haber sido; lo trágico es que tampoco anhelamos hacerlo. La teatralidad de la identidad es tan grande, como el cuento que se nos ha contado todas las noches antes de dormir que es la Historia.

Ha de buscarse la voz silenciada, la pluma arrebatada, y entender el porqué de su escritura y el porqué de su veto, pues solo si comprendemos porqué se ha prohibido escuchar a los muertos comprenderemos porqué la Historia es como es y porqué nosotros podemos ser ellos, nosotros y lo que será.

Bibliografía:

Aragüés, J.M; Sartre en la encrucijada, los póstumos de los años 40; 2005, España; editorial Biblioteca Nueva.

Galeano, Eduardo; Las venas abiertas de América Latina; Buenos Aires, Argentina, 2003; Editorial Catálogos.

Foucault, Michel; ¿Qué es la Ilustración?; primera edición 1996, Madrid; Editorial La Piqueta

Mate, Reyes; La herencia del olvido; Madrid, septiembre 2008, Errata Naturae.

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