Ágora 2.0

Blog del alumnado de Filosofia de la Universidad de Zaragoza

El Crátilo y la filosofía del lenguaje

Posted by forseti4y9 en 2 julio 2010

Resumen de la Conferencia que tuvo lugar en la Facultad de Filosofía el 25-2-2010 por parte de D. Manuel Liz:

FILOSOFÍA DEL LENGUAJE. UNA LARGA HISTORIA (MANUEL LIZ, UNIV. DE LA LAGUNA)

 Se pueden distinguir tres grados de compromiso filosófico con el lenguaje:

 1-     Superficial: la filosofía se ocupa del lenguaje como un tema más (como la política, la moral, etc.)

2-     Medio: el lenguaje es la fuente de datos para obtener evidencias instrumentales, se usa como inspiración, tiene valor instrumental.

3-     Alta: la filosofía se tiene que ocupar exclusivamente del lenguaje.

 El giro lingüístico supone en este sentido un cambio en la orientación de la filosofía, analítica y continental, contemporánea (pasando de la epistemología al lenguaje, de la misma manera que la Modernidad supuso el paso de la metafísica a la epistemología) pues se fija en el lenguaje con un compromiso alto.

 Según la historia oficial de la filosofía del lenguaje, esta comienza con Frege, luego con el giro lingüístico y más tarde con la historia paralela de la filosofía analítica. En la filosofía analítica podemos encontrar cuatro dimensiones del lenguaje:

a)      la filosofía como manera de representar la realidad, la dimensión simbólica.

b)      la filosofía en relación con la acción, en su dimensión agentita, pragmática; por medio del lenguaje se hacen cosas: se declaran guerras, promesas…

c)      la dimensión expresiva de sentimientos, actitudes: el lenguaje natural como expresión del espíritu del pueblo, como forma de vida.

d)      la dimensión creativa del lenguaje: literatura, poesía…

 La filosofía analítica empieza con la dimensión representativa (Frege, el primer Wittgenstein, Russell), luego llega a la dimensión agentita (el segundo Wittgenstein, Austin, Searle); y las dos últimas dimensiones, la función expresiva del lenguaje (qué son las conversaciones, la retórica) y la creativa, merecen mucha atención desde la filosofía continental.

 Se puede ver la evolución de la filosofía analítica como si cada vez se acercara progresivamente más a la filosofía continental, no analítica.

 Pese a que Frege sea el fundamento de la filosofía del lenguaje hoy en día, ya había filosofía del lenguaje antes de Frege: por ejemplo las discusiones sobre los universales (realismo, nominalismo), la retórica, la semiótica, la semiología, la tradición hermenéutica… es toda una filosofía del lenguaje al margen de la historia oficial.

 En este sentido, el profesor Liz ilustra esto con El Crátilo de Platón, donde ya se encuentran muchos de los temas que actualmente encontramos en la filosofía del lenguaje.

En este sentido, propone leer El Crátilo desde los problemas actuales de la filosofía del lenguaje.

 Platón trata de la filosofía del lenguaje sobre todo en El Crátilo, pero también en el Gorgias y en el Teeteto. En ellos, se ocupa de la adecuación del lenguaje con la realidad de la que queremos hablar.

 Una interpretación sería pensar que Platón no estaba interesado en el lenguaje, sino que su interés es introducir la teoría de las ideas y que el lenguaje es sólo un pretexto.

 Pero la interpretación del profesor Liz es la de pensar que Platón está interesado en cuestiones de epistemología y del lenguaje. Trata de problemas epistemológicos y ontológicos en relación al lenguaje en general, no a las lenguas concretas, y de ahí que tengan sentido las críticas a los sofistas.

 Tras rechazarse, de manera dialéctica en el diálogo, que el lenguaje sea convención (el lenguaje es no ser) y también que el lenguaje sea naturalista (una parte del ser, que fluye), Sócrates sugiere la teoría de las lenguas y las formas: los nombres tienen un contenido descriptivo (como enunciados), no son una mera etiqueta.

 Para Platón, las partes de algo significativo son significativas. En cambio, para Aristóteles hay que distinguir entre partes significativas (partes categoremáticas del enunciado) y partes que no.

 Al principio del diálogo hay un problema que es esencial para ambas posiciones: el del error. Tanto para el naturalismo (el nombre imita a la realidad) como para el convencionalismo, el error es un problema. Si no es posible el error, no es posible la verdad, no es posible que se pueda trasmitir la verdad.

 Y es que el convencionalismo lleva a un individualismo extremo (todo es relativo, como en la frase homo mensura de Protágoras); es necesario que haya una afectación subjetiva de todo pacto.

 Frente a esto, para Sócrates las cosas tienen un en sí, hay una manera de ser de cada relación, una manera de ser propia de las cosas, un en sí en el nombrar: puede haber un nombre correcto y otro incorrecto. El lenguaje es un arte imitativo, para Platón, hay una analogía con el tejer. Las palabras imitan la realidad. Busca las raíces primigenias de las palabras, en etimologías, extranjerismos…

 Así, en el diálogo se da cabida al error, por la teoría naturalista, imitativa, del lenguaje.

 Pero si el error es posible, ¿cómo estar seguros de que no estemos siempre emitiendo juicios falsos? (aquí vemos el problema moderno cartesiano del escepticismo). La respuesta sería la de que haya un nominador original, en sentido personal, puntual o procesual, de la historia, individual o colectivo…

 Platón dice que hay un nominador que pone nombre a las cosas, nombres que son correctos, con independencia del lenguaje, que entonces no existía. Esto es, hay un en sí de las cosas independiente del lenguaje.

 Crátilo sugiere que esto lo hace Dios, que conoce las cosas con independencia de los nombres. Pero como hay esa contraposición entre las tesis, es difícil pensar que ese nominador sea un ser divino.

 La conclusión es que los nombres no dan un nombre cierto. El lenguaje no es un buen método para conocer la realidad.

 Así, el hacer reconstrucciones de nuestros discursos no sirve para conocer la realidad, y nada de lo que pueda decirse a través del lenguaje puede llevarnos a conocer las cosas.

 Para Platón, el auténtico conocimiento pues no proviene de analizar el lenguaje, pero tampoco hay que renunciar a él, sino que el conocimiento se alcanza por la intuición reflexiva, dialéctica, y en este sentido distingue entre doxa y ciencia.

 Hoy en día siguen ambas corrientes. El convencionalismo: estructuralismo, postestructuralismo; y el naturalismo: teorías informacionales, causales…

 Y el problema del error continúa presente en ambas corrientes.

 Platón tiene una concepción descriptivista de los nombres, como Frege (composicionabilidad del enunciado), Russelll, Kripke. Tras cada nombre se esconden descripciones. O como Grice, que dice que los significados de nuestros lenguajes públicos se explican por los significados de las intenciones de los hablantes, que se explican por nuestras significaciones naturales; o como Chomsky, para quien hay un lenguaje máquina del pensamiento, un material genético con el que nuestros cerebros constituyen símbolos y palabras.

 Esta idea de que haya esencias, cosas en sí mismas, va en contra de la filosofía kantiana, para quien todo está invadido por conceptos, a prioris: no hay experiencias que no entren en ciertos modelos construídos. En este sentido, por ejemplo, para Davidson no hay un contenido no conceptual. Las teorías siempre configuran nuestras experiencias.

 Platón es contrario a este kantismo contemporáneo.

 El segundo Wittgenstein sería convencionalista, cual Hermógenes, pero un convencionalismo que no caiga en el individualismo extremo en cambio el primero sería más Crátilo, las proposiciones como representación pictórica de la realidad.

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