Ágora 2.0

Blog del alumnado de Filosofia de la Universidad de Zaragoza

Ros Beret

Posted by Arman García (Administrador) en 26 julio 2010

(Con el permiso expreso del escritor y actor aragonés Ros Beret, publico en el blog uno de los relatos contenidos en su libro Un hotel de mil estrellas.)

MÁS DE MIL Y UNA NOCHES

Max dice que lo mejor era que no tenía pinta de ser un deportista de esos que salen por la tele anunciando gilipolleces, que se parecía más a cualquiera de esos magrebíes  flacos que pasan hachís en la calle mayor. Dice montones de cosas que no te habían interesado en tu puta vida pero las dice muy bien. Tú estás en el cajero enroscado en la manta y te empieza a hablar de la final de cinco mil en la olimpiada de Atenas. Se levanta con la botella de vino en la mano, gesticulando mucho con los brazos, los ojos brillantes de emoción, y te habla de un tal El Guerroug del que jamás habías oído hablar y de una carrera que no viste pero, en ese momento, te mueres de ganas de haber estado allí para ver la cara de ese marroquí en el momento de superar al favorito en la última recta.

A Max le encantan las historias de deporte y todas las noches cuenta alguna. Dice que lo hace para salvarse y luego te empieza a hablar de una reina persa que se llamaba Sherezade. Cuenta que esa mujer tenía que contar una historia cada noche para salvar el pellejo, y que eso es la vida, que cuando se te acaban las historias te puedes ir yendo a tomar por culo. O empieza con un jugador de baloncesto lituano y termina con un guerrero llamado Atila y con el imperio romano. No es solo deporte. Eso es lo que los demás no entienden.

Un día el gilipollas del cojo que está todo el día en la estación de autobuses dando por culo  con la lucha de clases esto y la lucha de clases aquello, le dijo que dejara de joder con la olimpiada. Estábamos sentados en el parque al sol. Max lo fulminó con la mirada y  continuó  hablando de Jesse Owens, un negro que ganó ocho medallas de oro en unos juegos olímpicos. El cojo, impaciente, volvió a interrumpirle banalizando la hazaña. Entonces Max se levantó, se acercó hasta un palmo de su cara y con mucha calma dijo que aquellos juegos olímpicos se celebraron en Berlín, en el año 1936, con los nazis en el poder hablando de la superioridad de la raza aria y con Hitler en el palco tan humillado y vencido como jamás lograría hacerlo sentir ningún jodido socialista alemán de la época.

Yo no sé mucho del pasado de Max. Está aquí, eso es todo, pero me cuesta comprenderlo. Da la sensación de que podría estar en cualquier lugar en el que le diera la gana por eso es tan extraño verlo aquí tirado a mi lado. Antes de conocerle yo siempre evitaba el trato con mis iguales y lo hacía precisamente por eso, porque eran mis iguales, porque no quería espejos, por lo mismo que siempre evito mirar mi reflejo en los escaparates. Pero con Max es distinto. A su lado deambulas por la calle con firmeza, sientes que tienes derecho a estar aquí, que la calle te pertenece tanto como al cartero o a los barrenderos. Por ejemplo, cuando pasan las secretarias a su hora del café, o las mujeres que van de compras con sus zapatitos de tacón y sus abrigos caros; no les grita obscenidades como hacen los borrachos, ni les pide limosna como los tullidos o los portugueses. Max les clava la mirada. Yo lo he visto. Pasan altaneras dejando una estela de perfume y, al cruzarse con nosotros, no se apartan ligeramente echando instintivamente  mano al bolso, sino que se  quedan una centésima de segundo como paralizadas. Casi puedes notar su temblor. Dice que lo hace para que duden, aunque sea solo esa centésima, pero que duden.

Lo de la duda le gusta mucho. Cuando miramos a la gente normal haciendo su vida siempre habla de la duda. Dice que no es posible que caminen así por la calle, que coman y beban, que asistan a actos, que desempeñen trabajos, que tengan hijos, que lleguen a casa, metan otra vez la llave en la cerradura, comenten la jornada y cenen sin que les asalte por un momento la duda. Dice que no se lo cree y te empieza a decir que todo esto no es más que un decorado, que toda esa gente solo está desempeñando un papel sin ni siquiera saberlo, que todo es como una obra de teatro mala y que nuestro papel en la obra es el de tipos mugrientos sentados al sol con una botella de vino de ochenta céntimos, colocados por el director de la obra a conciencia para que el resto de los actores valore su suerte, para que no se rebelen, para que no renieguen del papel que les ha tocado jugar, para que incluso puedan sentirse orgullosos de sus jodidos zapatos nuevos y su mierda de rutina. Dice cosas así.

No sé, se fija en cosas, es como si tuviera unos ojos distintos. Eso lo notas mucho con las mujeres. A todos nos gustan las mujeres, claro, pero si estás a su lado tienes la sensación de que el ve más allá. Yo entonces me acuerdo mucho de mi hermano, que en paz descanse, porque cuando íbamos al cine siempre veía más cosas que yo y sabía explicármelas. Es como si Max, como pasaba con mi hermano, tuvieran una suerte de sentido que les hiciera ver más belleza, más profundidad, más relaciones entre las cosas. Puede que sea algo que está en la mirada o que sea eso que llamamos inteligencia, o sensibilidad ¿que más da?

Todos en la calle tenemos momentos bajos, supongo que es normal, pero a mi nunca me han gustado esos que lloriquean para mendigar, que si tengo ocho hijos, que si tengo cáncer, que si soy manco. A Max solo lo he visto llorar una vez y fue un día de un calor insoportable, viendo a Marco Pantani sobre la bicicleta, subiendo en solitario las veintiuna curvas de Alpe D’uez.

Algunas veces lo miras y te podría parecer invencible sino fuera porque resulta evidente que es un perdedor. Quizás por eso habla siempre de la magnitud de la derrota y los hermosos vencidos. Dice que todos, más tarde o más temprano, acabamos derrotados. Por eso es importante la magnitud de la derrota. Le encanta hablar de Maradona, o de un ciclista alemán que quedó en segunda posición de la general del Tour en siete ocasiones. Si le preguntas quién gano esas ediciones de la carrera te dice que ni puta idea, que el nombre de Jan Ulrich es todo lo que tienes que recordar. Pero su preferida es  Florence Griffight, una atleta que no perdió una carrera durante cuatro años pero en la final de la olimpiada de Seúl tropezó en la última valla, avanzó a trancas y barrancas los últimos metros, fue adelantada por las siete finalistas y se quedó tirada en la pista a medio metro de la meta. Cuando habla de esa mujer lo hace como una verdadera tragedia. Habla de sus ojos, de sus uñas, de cómo se le rompía el alma viéndola tirada en la pista.

No consigo imaginar cual será su naufragio pero intuyo que cualquier día tendrá que contarlo. Le imagino una vida muy distinta a la mía, la verdad. Sobre todo, le imagino una mujer.

A Max nunca le gusta contar  nada de su vida pero hasta él puede tener un día de esos. Y siento que ese día es hoy.

Llueve. La policía nos ha echado ya de tres cajeros. Nos arrastramos por la acera legañosos buscando algún portal seco. Hoy se le escapa el resentimiento, es como si se hubiera quebrado un poco y de sus ser emanara odio social.

Yo me enrosco por cuarta vez en la manta húmeda y echo en falta alguna historia para poder dormir. Max bebe en silencio hasta que empieza a murmurar que son todos unos mierdas y unos cobardes. No dice nada más. Solo bebe y escupe la palabra cobardes. Estoy ya casi dormido cuando escucho que él quería ganarle a Sergei Bubka. Me incorporó cansadamente, resignado a escuchar otra historia ahora que ya casi estaba dormido. Pero Max quiere desahogarse y por algo somos colegas.

Cuenta que  Sergei Bubka es el deportista más superior a sus rivales que haya visto jamás. Este pertiguista ucraniano batía  su propio record del mundo tantas veces como le daba la gana. Dice que finalmente lo dejo en seis metros treinta centímetros, en un salto en el que paso por lo menos medio metro por encima del listón. Se burla de los atletas de hoy que todavía pelean por superar los cinco noventa. Y dice que eso es lo que el quería en la vida: superar a Bubka.

Dice que ahora ya no importa, que simplemente se equivocó, que creía poder llegar a batir el record de Bubka y ni siquiera fue capaz de hacer una buena marca que le permitiera disputar el campeonato de España.

No es que Max sea un atleta ni que haya cogido una pértiga en su vida. Es solo que piensa que es normal que la gente tenga altas aspiraciones, claro que si, no faltaba más, pero  hay que tener en cuenta también las aptitudes. Y esto, dice, esto no lo había pensado hasta ahora.

Y ahora ya es un poco tarde para pensarlo, la verdad. Lo peor es que le cuesta mucho aceptarlo pero, bien pensado, eso también es normal. Nadie tiene la culpa pero a la gente, así en general, Max le reprocha que no hayan querido batir el record de Bubka, que en lugar de soñar lo imposible se hayan dedicado tan eficazmente a preparase para lo soportable.

Piensa que es importante que la gente intente VIVIR, que la resignación es un gran mal, pero se da cuenta de que es posible que esa gente se haya conformado con vivir con minúsculas porque sabían de sus limitaciones.

Por eso, dice, yo soy mucho más imbécil  que ellos, mucho más que toda esa gente a la que desprecio. Dice que por eso está aquí ahora, hablando conmigo con los calcetines empapados y jodido de frío, porque ahora es incapaz incluso de lo soportable. Dice que  eso es sencillamente lo que pasa: que desprecia lo soportable y no es suficiente bueno para lo maravilloso. Por eso se ve viviendo de lleno en la vergüenza y la marginación.

Yo lo escucho en silencio y es entonces que me atrevo a preguntarle sobre la mujer, sobre la mujer que siempre tiene que haber en todo naufragio. Max, arrastrando las palabras, dice que la abandonó, echa un trago y dice que la abandonó. Me mira tras un largo silencio y dice que no le quedaban más historias que contarle.

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