Ágora 2.0

Blog del alumnado de Filosofia de la Universidad de Zaragoza

Heidegger y el tiempo.

Posted by forseti4y9 en 2 agosto 2010

El tiempo de Heidegger “pasa” como el de Aristóteles (pero la temporalidad de Heidegger es finita).

Extractamos unas breves líneas del estupendo manual de Eusebi Colomer, en concreto de la parte dedicada a Heidegger (1).

Aristóteles no es el único autor antiguo que se ocupó del tiempo. Agustín vio mucho mejor que él algunas de sus dimensiones originarias. Pero, al margen que la interpretación de Agustín coincide en muchas cosas con la de Aristóteles, es esta última la que por su fuerza y vigor conceptual ha dominado la historia de la filosofía hasta el intento fallido de Bergson de entender el tiempo como “duración”. Heidegger tiene conciencia de la importancia de la interpretación aristotélica del tiempo. “Ningún intento de descubir la hilaza de los secretos del tiempo puede dispensarse de una discusión con Aristóteles. Él, en efecto, llevó por vez primera y por largo tiempo al concepto la comprensión vulgar del tiempo, de suerte que su concepto de tiempo corresponde con la concepción normal. Aristóteles es el último de los grandes filósofos que tuvieron ojos para ver y lo que es más decisivo tuvieron la energía y la valentía de ceñir sus investigaciones a lo visto, a los fenómenos”.

¿Cuáles son los rasgos básicos de la interpretación aristotélica del tiempo? El tiempo, tal como Aristóteles lo describe y tal como lo aprehende la conciencia común, es una sucesión de momentos presentes (el “ahora”) que se mueve hacia atrás, del futuro hacia el pasado. Como suele decirse: el tiempo “pasa”. Este serie es unidireccional e irreversible. Además, se la considera infinita. Esta concepción del tiempo se hace patente en el uso del reloj. Usamos el reloj para medir el tiempo, que determinamos numéricamente mediante el reloj: las cuatro, las seis y media, etc. Ahora bien, los hombres medimos el tiempo porque usamos continuamente de él, porque contamos siempre con él. El tiempo con el que contamos y que medimos con el reloj es un tiempo tenso, datable, calculable, público, que forma parte del mundo. Para la experiencia vulgar todo está en el tiempo. El tiempo se interpreta en la línea del ser-a-la-vista. El tiempo está también presente en el mundo, con los objetos y sujetos que hay en él (mitvorhanden). En último término la raíz de este concepto vulgar del tiempo es la misma que condujo al concepto tradicional de ser: la tendencia del hombre a entenderse a sí mismo desde el modelo de las cosas, como res, como una substancia, y a interpretar en consecuencia el ser como ser-a-la-vista.

En conclusión, comprensión del ser y comprensión del tiempo están íntimamente relacionadas. En tanto que la comprensión del ser no se lleve a cabo desde la temporalidad del ser-ahí, la filosofía se expone a un doble peligro, en el que en su anterior historia ha caído siempre de nuevo: “O se disuelve todo lo óptico en lo ontológico (Hegel) sin dar razón de la posibilidad de la misma ontología o se desconoce lo ontológico y se lo mal interpreta ónticamente, sin tener en cuenta los presupuestos ontológicos que cada interpretación óptica lleva como tal consigo”.

Y enlazamos esto con otro extracto a propósito de la ligazón del tiempo y la historia. El “ser-ahí” es temporal.

Heidegger ha dado al término “historia” un vuelco total, como corresponde a un pensamiento que parte del primado indiscutible de la existencia. La historia no se refiere a los sucesos que acontecen dentro del mundo, sino al mismo acontecimiento de la existencia. Lo primariamente histórico es el ser-ahí como ser-en-el-mundo. Lo secundariamente histórico está constituido por los entes que le salen al encuentro dentro del mundo. Lo que normalmente llamamos “historia universal” se origina de una falsa orientación hacia lo secundariamente histórico. En realidad, la historia universal tiene carácter histórico en cuanto está implicada en el acontecimiento del ser ahí. El acontecer de este acontecimiento constituye la verdadera y auténtica historia universal.

Es claro que la historia y la historicidad así entendidas se relacionan estrechamente con la temporalidad. Ahora bien, en esa correlación la primacía corresponde a la temporalidad. El ser-ahí “no es temporal porque esté dentro de la historia, sino que, al contrario, sólo existe y puede existir históricamente porque en el fondo de su ser es temporal”. En una palabra, el ser-ahí es histórico porque es temporal. La historicidad tiene su fundamento en la temporalidad y, en cuento enmarcada por el nacimiento y la muerte, es, como aquélla, finita. Por ello, la auténtica historicidad sólo puede darse en el seno del estado de resuelto, por el que el ser-ahí se arranca a la multiplicidad sin fin de las posibilidades inauténticas y hace entrega de sí mismo a sí mismo en la elección de la única y auténtica posibilidad, a la ver heredada y elegida: el ser-para-la-muerte. De este modo se coloca el ser-ahí frente a la simplicidad de su propio “destino” (Schickal). El ser-ahí sólo puede ser alcanzado por los golpes del destino, porque desde el fondo de su ser existe conforme al propio destino. Además de ese destino individual habla también Heidegger del destino colectivo (Geschick), en cuanto que el acontecimento del ser ahí se realiza siempre en compañía de otros existentes. Pero lo importante para él es el destino individual y cuanto se relaciona con el estado resuelto. Ahí radica el núcleo central de la historicidad. Existir decididamente conforme al propio destino, constituido por la trama igualmente originaria de muerte, culpa, conciencia, liberta y finitud, significa ser histórico desde le fondo mismo de la existencia.

Decisión, elección del propio destino y auténtica historicidad constituyen en consecuencia una estructura unitaria, cuyo oculto fundamento se encuentra en la temporalidad finita del ser-para-la-muerte. Así lo expone el propio Heidegger en un párrafo compacto, que resume lo más esencial de sus análisis existenciales: “Sólo un ente que en su ser es esencialmente futuro, de manera que, libre para su muerte y estrellándose en ella, pueda arrojarse retroactivamente sobre su ahí fáctico; o lo que es lo mismo, sólo un ente que, en cuanto futuro, es con igual originalidad pasado, es capaz de entregarse a la propia posibilidad heredada y hacerse cargo a la vez de la propia deyección, de suerte que como en un golpe de vista sea para su tiempo. Sólo la auténtica temporalidad, que es finita, hace posible lo que se dice un propio destino, es decir, la historicidad auténtica”. En otras palabras: “El oculto fundamento de la historicidad hay que buscarlo en el auténtico ser-para-la-muerte, es decir, en la finitud de la temporalidad”.

O como dice el propio Heidegger en El concepto de tiempo, Madrid, Trotta, 1999.
Traducción de Raúl Gabás Pallás y Jesús Adrián Escudero:

Resumiendo podríamos decir: el tiempo es equiparable al ser-ahí. El ser-ahí es lo respectivamente mío, que puede presentar la modalidad del respectivo ser futuro en la anticipación del seguro, pero indeterminado haber sido. El ser-ahí siempre se encuentra en un modo de su posible ser temporal. El ser-ahí es el tiempo, el tiempo es temporal. El ser-ahí no es el tiempo, sino la temporalidad. Por ello, la afirmación fundamental de que el tiempo es temporal es la definición más propia, sin constituir ninguna tautología, pues el ser de la temporalidad significa una realidad desigual. El ser-ahí es su haber sido, es su posibilidad en el encaminarse a este pasado. En ese encaminarse soy propiamente el tiempo, tengo tiempo. En tanto el tiempo es en cada caso mío, existen muchos tiempos. El tiempo carece de sentido; el tiempo es temporal.
Si el tiempo se comprende en la forma expuesta, entonces se esclarece debidamente aquella afirmación tradicional sobre el tiempo que dice: el tiempo es el genuino principium individuationis. Esto se entiende generalmente como una sucesión irreversible, como tiempo del presente y tiempo de la naturaleza. ¿Pero hasta qué punto es el tiempo, en cuanto propio, el principio de individuación, o sea, aquello a partir de lo cual el ser-ahí está en lo respectivamente suyo? El ser-ahí, que vive en el modo del término medio, se hace él mismo en el ser futuro de la anticipación. En dicha anticipación el ser-ahí se manifiesta como la única vez en su destino único en la posibilidad de un pasado peculiarmente suyo. Esta individuación tiene la peculiaridad de que no permite alcanzar una individuación como formación fantástica de existencias excepcionales; derriba todo dárselas de algo. Individualiza de tal manera que nivela a todos. En relación con la muerte cada uno es conducido al “cómo” que cada cual puede ser en igual medida, a una posibilidad respecto de la cual nadie goza de preeminencia, al “cómo” en el que todo “qué” se pulveriza.

(1) El pensamiento alemán de Kant a Heidegger III. El postidealismo: Kierkegaard, Feuerbach, Marx, Nietzsche, Dilthey, Husserl, Scheler, Heidegger. Barcelona. Herder. 1990, p. 497. Y 534.

Nota (del diccionario RAE) : óntico, ca:  adj. Fil. En el pensamiento de Heidegger, filósofo alemán del siglo XX, referente a los entes, a diferencia de ontológico, que se refiere al ser de los entes.

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