Ágora 2.0

Blog del alumnado de Filosofia de la Universidad de Zaragoza

Heidegger y la nada.

Posted by forseti4y9 en 3 agosto 2010

La nada de Heidegger frente a las nadas griega y cristiana. La diferencia ontológica. La “vuelta” del hombre al ser, superado como sujeto.

Extractamos, como en el post anterior, algunas frases e ideas, del estupendo manual de Eusebi Colomer, en concreto de la parte dedicada a Heidegger. Sólo entrecomillamos las frases que pertenecen a Heidegger. En concreto, páginas 551-560. El pensamiento alemán de Kant a Heidegger III. El postidealismo: Kierkegaard, Feuerbach, Marx, Nietzsche, Dilthey, Husserl, Scheler, Heidegger. Barcelona. Herder. 1990.

El ser-ahí se angustia ante sí mismo y por sí mismo como ser en el mundo. “La angustia hace patente la nada. Estamos ‘suspensos’ en angustia. Más claro, la angustia nos deja suspensos, porque hace que se nos escape el ente en su conjunto. Por esto sucede que nosotros mismos –esos hombres que somos- estando en medio del ente nos escapemos de nosotros mismos. Por eso en realidad no somos “yo” ni “tú” los desazonados, sino “uno”. Sólo está todavía ahí el puro ser-ahí en la conmoción de este estar suspenso, en que no hay nada donde agarrarse”.

Esta rechazada remisión al ente en su conjunto que se nos escapa es la esencia de la nada: la anonadación (Nichtung). La nada, en efecto, no aniquila. La nada anonada (nichtet).

“Ser-ahí significa: estar sosteniéndose dentro de la nada. Sosteniéndose dentro de la nada, el ser-ahí está siempre allende el ente en su conjunto. A este estar allende el ente es a lo que nosotros llamamos trascendencia”.

En efecto, si el ser-ahí no fuese en su raíz un trascender; es decir, si no estuviese sostenido dentro de la nada, jamás podría entrar en relación con el ente, ni, por tanto, consigo mismo.

Con esto hemos obtenido la respuesta a la pregunta acerca de la nada. La nada no es objeto ni ente alguno. “La nada es la posibilitación de la patencia (cualidad de hacerse patente, manifiesto) del ente, como tal ente, para el ser-ahí humano. La nada no nos proporciona el contraconcepto del ente, sino que pertenece a la esencia del ser mismo. En el ser del ente acontece el anonadar de la nada”.

Con la respuesta a la pregunta acerca de la nada se ha respondido también a la pregunta de qué es la metafísica: “La metafísica es la trans-interrogación allende el ente para reconquistarlo después, conceptualmente, en cuanto tal y en su conjunto. En las pregunta acerca de la nada se lleva a cabo esta marcha allende el ente en su conjunto. Se nos ha mostrado, pues, como una pregunta ‘metafísica’”.

¿En qué sentido la pregunta acerca de la nada comprende y abraza la metafísica entera? Desde antiguo la metafísica delata por su peculiar referencia a la nada la concepción fundamental que tiene del ente. Tal es el caso de las dos clásicas formulaciones en las que se resumen la metafísica griega y la cristiana. Para la primera la nada es lo que no es ente. De ahí la proposición: de la nada nada se hace (ex nihilo nihil fit). Para la segunda la nada es la ausencia de todo ente extradivino. De ahí la proposición: de la nada se hace el ente creado (ex nihilo fit ens creatum). Según Heidegger, en estas dos proposiciones la nada se muestra solamente como contraconcepto del ente. Pero, si nos hacemos de verdad problema de la nada como perteneciente al ser mismo del ente, entonces se advierte que el ser y la nada, como ya apuntó Hegel, van siempre juntos, pero no porque ambos coincidan en su inmediatez e indeterminación, sino “porque el ser es, por esencia finito y sólo se revela en la trascendencia del ser-ahí que se sostiene en la nada”.

Ahora aparecen con claridad las consecuencias de este planteamiento: la finitud del ser-ahí lleva consigo la finitud de su comprensión del ser. “La vieja frase: de la nada nada se hace (ex nihilo nihil fit) adquiere entonces un nuevo sentido, que afecta al problema mismo del ser: de la nada se hace todo ente en cuanto ente (ex nihilo omne ens qua ens fit). Sólo en la nada del ser-ahí viene el ente en su conjunto a sí mismo, pero según su posibilidad más propia, es decir, de un modo finito”.

Este trascender el ente hacia la nada no es otra cosa que la metafísica. Por ello la metafísica no es una disciplina filosófica especial, ni un campo de divagaciones, sino “el acontecimiento fundamental en el ser-ahí. Es el mismo ser-ahí”. Precisamente por ello, concluye Heidegger, “porque la verdad de la metafísica habita en este fundamento abismático, tiene siempre al acecho como su vecindad más próxima el error más profundo”.

“Sólo el ser-ahí total que no encuentra ningún apoyo en el ente y que se mantiene en pie anonadado, ante sí mismo, puede comprenderse a sí mismo, no ya desde el ente, sino desde el ser”. En vez de crisparse en su propia impotencia, el ser-ahí se experimenta entonces como expuesto por el ser. La misma nada se determina como ser y el hombre deja de ser el “mantenedor del sitio de la nada” para convertirse en “pastor del ser”.

En este sentido, el viraje lleva consigo también un viraje respecto de la filosofía de la subjetividad. “Sólo la existencia que proviene de la filosofía de la subjetividad es capaz de dar la vuelta a esa filosofía”.

Sólo le queda una cosa por hacer: dar la vuelta. En adelante, el centro ya no será la existencia, sino el ser.

“La nada –escribirá Heidegger en Sendas perdidas– no es nunca nada, tampoco es algo en el sentido de un objeto; es el ser mismo, cuya verdad es entregada al hombre, si se ha superado como sujeto, y esto quiere decir, si no se representa ya más al ente como objeto”. ¿Qué ha de hacer el hombre para “convertirse” en el sentido de la vuelta? Una sola cosa: no remitir el ente a sí mismo como un objeto. Si es capaz de hacer esto, entonces se ha superado como sujeto y en lugar de la antigua nada se encuentra de bruces con el ser.

“El ser no está jamás presente (west) sin el ente; el ente no es (ist) jamás sin el ser”. Ente y ser difieren entre sí y se refieren el uno al otro como lo fundado y el fundamento. Ni el ente se refiere al ser como a un “afuera”, ni el ser difiere del ente como de algo “exterior”. La diferencia ontológica se da en el seno de la identidad. Como ha observado Max Müller, la diferencia ontológica no significa “que se dé el ente, y luego además se dé el ser, y finalmente entre ambos la relación de la diferencia; no es que el ser tenga la diferencia ontológica, sino que el ser es él mismo la diferencia ontológica, a la manera como un fundamento ontológico no está cabe lo fundado y luego tiene todavía una relación con lo fundado, sino que como fundamento del fundamentar de lo fundado es esto mismo fundado en identidad y diferencia”.

Por mucho que la investigación filosófica bucee en el ente, jamás encuentra al ser. ¿no será entonces el ser de algún modo lo mismo que la nada? Sin ninguna duda, responde Heidegger. El cuidado del hombre por el ente se mueve por de pronto en el horizonte de la nada. El hombre caído, perdido en el mundo, está demasiado absorbido por los entes, para que sea capaz de advertir en ellos la oculta presencia del ser. Para él sólo cuentan los entes: el ser no cuenta nada. Pero esa nada no tiene nada que ver con la nada negativa, con el vacío o la ausencia de ser. Se trata de una nada que surge precisamente del “no” que la diferencia ontológica establece entre ser y ente. En efecto, como enseña la diferencia ontológica, “el ser no es ninguna propiedad del ente. Es simplemente otro respecto de todo ente, es la nada del ente. Pero esta nada está presente como el ser”. “la nada es el no del ente, y así es el mismo ser experimentado a partir del ente”.

El ser se nos aparece a través del ente y de este modo como no-ente, es decir, visto desde el ente, como nada. Pero esta nada no se refiere al no-ser, sino al no-ente. “La nada, como lo otro respecto del ente es el velo del ser”. Basta descorrer el velo o mirar a través de él para que el ser aparezca. La experiencia de la nada abre así el paso a la experiencia del ser.

Una respuesta to “Heidegger y la nada.”

  1. juan edgardo paz said

    Fantástica reseña. Deslumbra el pensamiento de Heidegger por su abrumadora complejidad. Muy pocas veces se pudo dar testimonio de una reflexión tan sorprendente como devastadora acerca del “ser”, en occidente.

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