Ágora 2.0

Blog del alumnado de Filosofia de la Universidad de Zaragoza

Archive for 28 octubre 2011

Café filosófico de Ana Martínez Pardos

Posted by algomasquecierzo en 28 octubre 2011

“Taller destinado a aquellos y aquellas que deseen examinar diferentes temas con respecto a qué puede ser eso de una “buena vida”. En tiempos de crisis todos tenemos cosas que pensar, patrones que transformar, y opiniones que compartir. En este taller filosófico se exploran perspectivas sobre la mente y el cuerpo, enfocadas a la acción, que nos permiten reflexionar y con ello re-situarnos en la vida.”

http://elartedevivircafefilosofico.blogspot.com/

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Conferencia de Julián Casanova con Lluís Bassets

Posted by forseti4y9 en 24 octubre 2011

La Fundación “Manuel Giménez Abad” de Estudios Parlamentarios y de Estado Autonómico, dentro de su programa de actividades para el año 2011 ha organizado, y le invita a participar en los Diálogos sobre: “LA DESTRUCCIÓN DE EUROPA”: Julián Casanova, autor del libro “Europa contra Europa: 1914-1945” Dialoga con Lluís Bassets, Periodista en el diario “El País”. Moderado por el Periodista José María Calleja Tras sus intervenciones se abrirá un coloquio con los asistentes. Fecha: Jueves, 10 de noviembre de 2011 Hora: a las 17,30 horas. Lugar de celebración: Palacio de la Aljafería de Zaragoza, sede de las Cortes de Aragón. Inscripción previa gratuita hasta completar el aforo de la Sala. En la página web de la Fundación http://www.fundacionmgimenezabad.es/ puede consultar las actividades a celebrar durante el año 2011, deseando que sean de su interés.

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La razón escindida Diderot: El sobrino de Rameau

Posted by forseti4y9 en 10 octubre 2011

“Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte. Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas.”

Cela. La familia de Pascual Duarte.

 

“Es preciso que Rameau sea lo que es: un alegre bribón entre opulentos bribones, y no un fanfarrón de virtud o incluso un hombre virtuoso, royendo su mendrugo de pan, solo, o junto con otros pordioseros. Y para zanjar esta cuestión de una vez, no me conviene vuestra felicidad ni la dicha de algunos visionarios como vos”.

Diderot. El sobrino de Rameau.

Ensayo para Textos y Problemas de Filosofía Moderna.

Introducción.

 

En esta lectura crítica del sobrino de Rameau nos enfrentamos a la cuestión del enfrentamiento entre el supuesto filósofo razonador y el supuesto loco vividor, y vemos cómo se difumina la línea que separa el discurso de la verdad y la razón, cuestión atemporal que todavía sigue presente hoy en día. Se trata, en definitiva, de saber cómo se define el monstruo (I).

 

Hemos analizado algunos aspectos que la propia lectura de esta obra nos ha sugerido: el de la franqueza de Rameau, que hemos deslindado de la noción de parrhesía con la que en principio creímos ver similitudes, y el del papel del determinismo en la gestación del insensato, sin poder llegar en esto último a conclusiones del todo claras (II).

 

En todo caso, hemos subrayado la lucidez y el sentido práctico del sobrino, así como la coherencia de su pensamiento, en nuestra modesta opinión, lo que le alejaría de la etiqueta de loco según es analizada por Foucault -salvo en lo que hace referencia a la conciencia enunciativa de la locura, de la que esta obra sería un buen ejemplo-, con quien vemos los tintes histórico-médico-judiciales, y de control social, que tiene la misma (III).

 

Por último hemos intentado comparar esa razón escindida occidental con el pensamiento chino, como posible alternativa para ver de otro modo la nervadura de esa razón (IV).

 

I ¿Quién es el monstruo?

 

En esta obra de Diderot nos enfrentamos a una pregunta clave, tal como señala Félix de Azúa: “¿Puede la sinrazón, la chifladura, el desorden, el absurdo, mantener un discurso, un razonamiento que ponga en duda la razón, la cordura, el orden, el sentido del filósofo?”[1].

 

Y la respuesta a esta pregunta es inquietante, tal como la entiende Azúa y nosotros con él: efectivamente, “Diderot comprende que sí, que puede ser, que es perfectamente concebible un discurso de la sinrazón y del absurdo que anule y triture el discurso de la razón y el sentido”, porque “descubre que en el espíritu de Diderot hay un Rameau subterráneo esperando aflorar”[2].

 

De hecho, Rameau no hace sino anticipar en cierto modo a Nietzsche o Kafka, con lo que podría entenderse que el filósofo fuera Rameau y el chiflado fuera Diderot[3].

 

Así pues, esta obra es atemporal en cuanto nos plantea la ya manida pregunta de cual es la frontera entre la locura y la razón… o dicho de otro modo, la escisión de la razón, que deja de ser algo monolítico para presentarnos dudas razonables acerca de lo que sea esa misma razón.

 

En palabras de Azúa: ya no hay una ley por encima de Diderot y de Rameau que nos diga quien es el sensato y quien el insensato (como la había en Sófocles, en Cervantes o en Shakespeare), “Dios ha muerto y el hombre no tiene otro contenido que su propia conciencia escindida. Tanto Diderot como Rameau saben que no hay más vida que la actual, que los cometidos de esta vida son los hechos, que los hechos definen al individuo, y que el individuo es estrictamente lo que hace y nada más”[4].

 

En este sentido, Rameau es un monstruo, al que las instituciones modernas habrán de recluir, confinar y castigar, para mantener limpias las ciudades[5], pues “sólo el Rameau encerrado justifica la libertad del Diderot enriquecido”[6], tema que luego desarrollará ampliamente a lo largo de toda su obra Foucault, como veremos más adelante, y Diderot se adelanta también al arte del siglo XIX, pues, tal como señala Azúa, la práctica totalidad del arte romántico será una explosión de sobrinos de Rameau[7].

 

Efectivamente, Carmen Roig coincide en ver que Rameau es un monstruo social y moral, y que para Diderot “tanto el monstruo como la obra de arte son igualmente excepcionales, monstruosos en cuanto desviaciones por exceso o defecto de una regla general”[8].

 

Si Rameau reprocha a la naturaleza su incapacidad para ser igualmente generosa (cuando otorga las cualidades morales o el talento) y sus “extraños errores” al producir seres como él, en cambio Diderot (Yo) ve en esta aparente insuficiencia “la garantía de la existencia de un orden general, cuya característica es, precisamente, la posibilidad de que existan casos particulares y hasta aberrantes”[9].

 

Carmen Roig coincide pues con Azúa, y nosotros con ellos, en ver cómo “en Rameau, Diderot se descubre en parte a sí mismo”[10]. De ahí que podamos hablar de razón o conciencia escindida. “La tensión entre locura y cordura permanece como una constante de la actitud de Diderot”. Es más, según Roig, Rameau no sería sino la propia imagen de Rameau en sus años de bohemia.

 

Y en segundo término coincide con Azúa (y con Schiller y Goethe) en ver que “El Sobrino de Rameau es el manifiesto de un arte nuevo que ya se ha sacudido el yugo de la estética clásica”[11].

 

II. La franqueza del monstruo y el determinismo de su naturaleza.

 

Un aspecto que me gustaría destacar de Rameau, con Roig, es el de la franqueza de este, cualidad que admira Diderot, el Yo de la obra. “Rameau es un hombre que se muestra tal y como es, ni reprime su originalidad, ni presume de sus cualidades, ni disimula u oculta sus vicios: ‘muestra sin ostentación las buenas cualidades que le ha dado la naturaleza y sin pudor las malas’”[12].

 

En este sentido, apuntar que esta franqueza no debe confundirse con la parrhesía griega, analizada por Foucault al igual que el tema de la locura, pues tal como dice Roig “es una franqueza viciada porque carece de referente interior sólido”[13].

 

En cambio, según el propio Foucault[14], el término parrhesía se refiere a la vez a la calidad moral (al ethos) y al procedimiento técnico (la tekhne). En estos sentidos, se contrapone a la adulación (desde el punto de vista moral) y a la retórica (desde el punto de vista de la técnica).

 

El objetivo de la parrhesia es hacer que el interpelado esté, en un momento dado, en una situación en la que ya no necesite el discurso del otro. Precisamente porque el discurso del otro fue verdadero. Y al interiorizarlo, al subjetivarlo, puede prescindir de la relación con el otro.

 

La franqueza de Rameau es otra cosa, es puro salvajismo, insensatez, monstruosidad, es una sinrazón, que, empero, puede entenderse coherente e incluso sublime en su discurso. “’Sabéis que soy un ignorante, un necio, un loco, un impertinente, un perezoso’. Rameau alardea de sus vicios como otros lo hacen de sus virtudes”[15]. “Siedo sempre come un maestoso cazzo fra duoi coglioni[16].

 

“Digo las cosas como se me ocurren: si son sensatas mejor; si son impertinentes, a nadie le preocupa. Soy franco en mi modo de hablar. Nunca he pensado en mi vida, ni antes de hablar, ni hablando, ni después de hablar. Así que no ofendo a nadie”[17].

 

En este sentido, me viene a la cabeza aquella mujer polaca que en la película Shoa de Claude Lanzmann se ríe diciendo que ella no tiene estudios, como jactándose de ello (a la pregunta de si no están mejor ahora en el pueblo sin los/las judíos/judías).

 

Como dice Roig, “Rameau reivindica su derecho al vicio en nombre de la naturaleza”[18].

 

Sin quedar del todo claro el papel que el determinismo de la naturaleza y la educación juegan en el surgimiento de seres insensatos apartados de la norma, veo cierto aire de familia entre el sobrino y la familia de Pascual Duarte, pues en ambas obras cabe preguntarse con Roig “¿es Rameau, como él pretende, fruto exclusivo de la naturaleza que, caprichosa ha hecho de él una mezcla explosiva de contradicciones? […] ¿O se trata tal vez del producto de una sociedad que lo ha triturado hasta reducirlo a la condición de parásito inútil?”[19].

 

El propio Yo se pregunta acerca de si Rameau es el mero fruto del determinismo de su naturaleza: “Está por decidir si sacáis vuestra maldad de la naturaleza o del estudio, y si el estudio os ha llevado tan lejos como sea posible”[20].

 

Y el propio sobrino advierte que sería inútil trabajar contra el destino de su hipotético hijo, pues ir contra su molécula implicaría que fuera atraído por dos fuerzas contrarias, lo que le haría andar de través en el camino de la vida, “como les pasa a muchos, tan torpes en el bien como en el mal”[21].

 

Rameau tiene esos tintes familiares con Pascual Duarte, en mi opinión, pues “Rameau carece de principios y de capacidad de reflexión. Él sólo sabe de intereses y de sensaciones. Su vida se reduce a buscar la satisfacción de ambos”[22].

 

Y la conclusión podría ser parecida tanto para Rameau como para Duarte: “La existencia de Rameau no encaja ni en el orden natural, ni en el orden social porque es refractaria a cualquier principio de razón”[23].

 

III. La lucidez del monstruo.

 

Pero en ambos podrían verse signos de lucidez. Como dice Roig de Rameau, es un loco lúcido, capaz de decir la verdad bajo el ropaje de la bufonada, rechazando la sumisión al poder y a la tontería, un animal montaraz por naturaleza que se niega a dejar de serlo y devenir un hipócrita adulador: “ante los poderosos hay que ser hipócrita y sumiso y no bufón ingenioso, porque el bufón acaba un día u otro, diciendo la verdad demasiado alto. Esta permanencia de la impronta natural, esta resistencia a someterse interiormente a un papel contrario a su naturaleza dan una autenticidad a Rameau que seduce al filósofo”[24].

 

Es más, en Rameau podemos ver a alguien que, como él mismo dice, “va a ras de tierra”, y el discurso de Rameau no deja de ser coherente desde sus propios presupuestos, como señala Roig[25]. Se produce una “adecuación perfecta entre sus principios y la experiencia”, cosa que el filósofo nunca logra, por lo que puede hablarse incluso de superioridad del pensamiento de Rameau.

 

Como dice Rameau: “Y aquellos que esperan comportamientos honrados por parte de gente nacida viciosa, ¿acaso son sensatos?”[26].

 

En este punto, quisiera apuntar que este enfoque me recuerda en cierta manera al sentido práctico del pensamiento chino del confucionismo, frente por ejemplo al imperativo categórico kantiano como paradigma del pensamiento occidental. Como dice Roig, Rameau “ha aprendido en la escuela de la vida”. “Cuando la práctica social no se rige por más principio que el interés, ¿acaso no es una incongruencia la pretensión del filósofo de querer juzgar esta práctica con unos principios de moral abstracta?”[27].

 

O como dice en otro momento: “El que necesita un formulario, nunca llegará muy lejos. Los genios leen poco, practican mucho y se hacen a sí mismos”[28].

 

No obstante, Roig apunta a una conclusión: el hombre es una realidad individual compleja y contradictoria, y “la filosofía no tiene respuesta de valor absoluto a los interrogantes y a las contradicciones surgidos en la experiencia concreta”; “pero en última instancia, la libertad, la coherencia y el verdadero saber, no están del lado de Rameau, sino en el campo del filósofo” [29].

 

En este punto no sé si darle la razón a Roig en su conclusión (incluso ella misma, en sentido contrario, apuntó antes la coherencia del pensamiento y aún superioridad del pensamiento de Rameau), pues el propio Rameau hace alusión a la coherencia, sistematicidad, verdad y razonabilidad de su obrar: “mi único mérito consiste en haber hecho de modo sistemático, con exactitud, y con una visión razonable y verdadera, lo que la mayoría hace por instinto”[30].

 

El propio Diderot reconoce que “todo el que necesita de otro es indigente y adopta posiciones”[31] y hace pantomimas, por lo que no resulta muy convincente, en mi opinión, que le reproche a Rameau que siga “danzando la vil pantomima”[32].

 

Es más, si vemos su propia descripción a propósito del retrato que Michel Van Loo hizo de él para el Salón de 1767, vemos que el propio Diderot lleva una máscara, “jamás fui el que veis ahora”, y que “en un solo día podía tener cien fisonomías”[33], lo que concuerda además con el hecho de que la propia obra El sobrino de Rameau sólo viera la luz tras su muerte, fruto de su autocensura, habiendo sufrido en propias carnes las consecuencias de la puesta en marcha de la Enciclopedia; así, como señala Butor, Diderot “investiga el por qué tal cosa se prohíbe para una determinada región de lectores, busca las consecuencias y se descubre a sí mismo como masa de prejuicios”[34].

 

La justicia de Rameau no nos puede dejar convencidos, ciertamente pues no hay criterio ético alguno: “En la naturaleza, todas las especies se devoran; y todas las clases se devoran en la sociedad. Nos hacemos justicia los unos a los otros, sin que intervenga la ley”[35]. “Al principio observaba a los demás y hacía lo que ellos, incluso lo hacía un poco mejor, porque soy más francamente desvergonzado que ellos, mejor comediante, estoy más hambriento y dotado de mejores pulmones”[36].

 

Pero sin embargo, su insumisión y sentido de la libertad, nos seduce: “cada cual tiene la suya [dignidad]; acepto olvidar la mía, pero voluntariamente, no por orden de otro”.[37]

 

Y, como el propio Yo señala: “a veces me sorprendía la exactitud de las observaciones de aquel loco acerca de los hombres y de los caracteres; y así se lo comuniqué”[38].

 

Y es que en definitiva de lo que nos habla esta obra es de qué sea eso de la verdad, de la locura, de la virtud. “Por lo demás, no olvidéis que en un tema tan variable cono las costumbres, no hay nada absoluta, esencial y generalmente verdadero o falso sino que hemos de ser lo que requiera el interés: bueno o malo, sensato o loco, decente o ridículo, honrado o vicioso”[39].

 

Pasemos pues a analizar más en concreto qué puede ser lo anormal, lo infame, la locura, para lo que echaremos mano de algunas de las ideas de Foucault.

 

Pero no sin antes recordar las últimas líneas que nos ofrece el sobrino de Rameau: “mejor reirá el que ría el último”. Esta frase por sí sola me sugiere que en realidad el pensamiento de Rameau aspira a la coherencia, y no se limita a la estulticia del que no tiene lucidez. Una cosa es ser loco, anormal, impertinente, y otra ser idiota. El hecho de remitirse al fututo, a ese momento de la última risa, da sentido a todo su actuar pasado y presente.

 

 

En la introducción a la 2ª parte de la Historia de la locura en la época clásica de Foucault (hemos utilizado para su lectura un documento bajado de Internet, por lo que no haremos referencia a páginas concretas de ninguna edición), este nos advierte de que “cierta no coherencia es más esencial a la experiencia de la locura que a ninguna otra”, y que el mundo moderno se esfuerza para “no hablar de la locura más que en los términos serenos y objetivos de la enfermedad mental, y para dejar en las sombras los valores patéticos en los significados mixtos de la patología y de la filantropía. Pero el sentido de la locura en una época dada, incluso la nuestra, no hay que preguntarlo a la unidad al menos esbozada de un proyecto, sino a esa presencia desgarrada; y si ocurre a las experiencia de la locura tratar de superarse y de equilibrarse, proyectándose sobre un plano de objetividad, nada ha podido borrar los valores dramáticos dados desde el origen a su debate”.

 

Así, vemos cómo existe esa razón escindida, esa conciencia desgarrada, que puede tomar diferentes formas: a) una conciencia crítica de la locura, que la reconoce y la designa sobre el fondo de lo razonable; b) una conciencia práctica de la locura, que se impone como una realidad concreta porque es dada en la existencia y las normas de un grupo; c) una conciencia enunciadora de la locura, que da la posibilidad de decir en lo inmediato, y sin ninguna desviación por el saber: “Aquél es un loco”, d) y una conciencia analítica de la locura, conciencia desplegada de sus formas, de sus fenómenos, de sus modos de aparición.

 

A este respecto, Foucault alude precisamente a la obra de Diderot que nos ocupa señalando expresamente que la conciencia irónica del interlocutor de El sobrino de Rameau pertenece a la conciencia enunciadora de la locura, y que forma parte del orden del reconocimiento (no del conocimiento), como si fuera un espejo, en el caso de El sobrino de Rameau (y como recuerdo en el caso de Nerval o Artaud).

 

En este sentido, quizá la locura de Rameau no sea no-coherente (por seguir la expresión foucaultiana), precisamente por tratarse del paradigma de la conciencia enunciadora, y no de las otras formas de conciencia desgarrada.

 

Sin ánimo de entrar a fondo en la obra de Foucault, lo que excedería enormemente el propósito de esta lectura de El Sobrino de Rameau, quisiera insistir en la actualidad de esta obra de Diderot, que en cierta forma inaugura el pensamiento moderno en contraposición al cartesianismo.

 

Y es que Foucault ha puesto de manifiesto que si en Descartes el despertar del sueño se produce por la propia conciencia de ese despertar, en cambio en el concepto de locura entra en juego la institución médica: “Este despertar absoluto, que elimina una por una todas las formas de la ilusión, era buscado por Descartes en el principio de sus Méditations y lo encontró, paradójicamente, en la misma conciencia del sueño, en la de la conciencia engañada. Pero en los locos, es la medicina la que debe provocar el despertar, transformando la soledad del valor cartesiano al intervenir autoritariamente, como quien vela y está seguro de estar despierto, en la ilusión del que vela en sueños”.

 

Pero no sólo la institución médica, pues en la época contemporánea la pericia médica se une a la pericia judicial: “En términos generales se puede decir lo siguiente: la pericia contemporánea sustituyó la exclusión recíproca del discurso médico y el discurso judicial por un juego que podríamos llamar de la doble calificación, médica y judicial”[40].

 

A este respecto, me interesa destacar otro aspecto relacionado con el control político en general, que pasa de ser el modelo de la lepra, tradicionalmente aplicado a los locos, mendigos etc., al modelo de la peste, que trata de incluir, observar, forma saber y multiplicar los efectos del poder. De un modelo de poder que excluye a un modelo que es positivo, que sabe y multiplica sus efectos. “La peste tomó el relevo de la lepra como modelo de control político, y ésa es una de las grandes invenciones del siglo XVIII”[41].

 

Con esto lo que quiero poner de manifiesto es que el deslinde entre lo normal y lo anormal, entre el cuerdo y el sano, tiene implicaciones tanto médicas como judiciales, y no es algo aséptico, sino al servicio de un modelo de control político moderno.

 

En este sentido, “antes del siglo XVIII la locura no era objeto sistemático de internamiento y era considerada fundamentalmente como una forma de error o de ilusión” [42].

 

Para intentar enfrentar de otro modo el problema de la razón y su desgarramiento, podemos comparar el pensamiento occidental con el chino, si quiera brevemente.

 

IV. Otra razón quizá no tan escindida.

 

En este sentido, podemos recordar, siguiendo la lectura de Anne Cheng, que en el pensamiento chino no existe un concepto único, superior y crucial, que sea el equivalente del concepto central del pensamiento griego de alêtheia. La verdad factual (ran, dang, etc., en sánscrito, satya) no formaba en China un conglomerado con la verdad moral (dao, en sánscrito, dharma) en un solo concepto hipostasiado como alêtheia, como Verdad con mayúsculas, o Warheit. Hay una profunda diferencia entre las nociones occidental y china de verdad. Los pensadores chinos se preocupaban de la forma justa (dao) de hacer las cosas, mientras que los filósofos occidentales se preocupaban más de lo que es la verdad de las cosas.

 

Así, en China importa más el concepto de Dao o de Li, no la noción de verdad; se trata más de una búsqueda de sentido, no de verdad.

 

La emergencia de sentido se hace más a partir de una estructura en red, y no tanto en una concatenación lineal. Para una mentalidad como la china, en la cual el principio de orden de las cosas juega el papel de categoría fundamental, las nociones de causa y efecto, que conducen a la idea de relaciones lineales, segmentarias y pobres en referencias totalizantes, parece mucho menos pertinentes que las de disposición y organización, las cuales, puestas en marcha en innumerables disposiciones orientadas y clasificaciones jerárquicas, se superponen y recortan de múltiples maneras, llegando a series sin duda mucho menos coherentes, pero que representan para satisfacción del espíritu la superioridad de responder a una estructuras idénticas que revelan la unidad ordenada del universo. A través de esas correspondencias inagotables, los fenómenos no aparecen fácilmente cada uno en particular como la consecuencia de sus antecedentes, sino que fácilmente, en cambio, todos aparecen como signos de los otros.

 

Esto está en consonancia con la etimología de la palabra Li: las venas naturales del jade.

 

En la concepción antigua de la palabra Li, este es un principio de orden natural, principio que retoma el neoconfucionismo de Song, sin renunciar completamente a la noción búdica de Li como absoluto inmanente en mí en las cosas.

 

A partir de ahí, Anne Cheng propone asociar la noción Li con la noción de ritual (li) –en minúsculas.

 

Aquí su argumentación[43]: Los pensadores chinos parecen haberse preocupado prioritariamente de la manera justa de hacer las cosas, más que de evaluar su verdad teórica. El sentido se elabora por tanto en primer lugar en la práctica, en particular ética, lo que nos llevará a evocar de entrada un juego de asociación entre LI y el sentido ritual (li), es decir, la concepción china del principio como descriptivo y prescriptito al mismo tiempo […] Más que un concepto o una idea erigida en Verdad, el LI es una manera de interpretar lo real: ‘interpretar’ en el doble sentido heurístico y musical (y más ampliamente, estético).

 

La noción de Li está en relación también con la noción de wen, en el sentido de vena, o metáforas como las de las líneas de la madera o las líneas de la piel, o incluso en la lección del cocinero Ding sobre el arte de cortar terneros:

 

Lo que más busco es el Dao, habiendo dejado tras de mí la simple técnica. Al principio, cuando comencé a cortar terneros, no veía más que terneros enteros a mi alrededor. Al cabo de tres años, ya no veía el ternero en su integridad. Hoy en día, ya no lo percibo con los ojos sino con el espíritu daimónico (shen). Allí donde acaba el conocimiento sensorial, es el deseo del espíritu el que tiene el camino libre: me pongo en mano entonces de las líneas conductoras naturales (LI).

 

Mi cuchillo corta a lo largo de las grandes arterias principales, se deja guiar por los principales intersticios, sigue un camino necesario: nunca toca a los ligamentos ni a los tendones, y todavía menos a los huesos. Un buen cocinero cambia de cuchillo una vez por año, porque corta; un cocinero medio en cambio una vez por mes, porque pica. En cuanto a mi cuchillo, lo uso hace diecinueve años, ha cortado miles de terneros pero la lama está como nueva, a penas pasada por la piedra de afilar. Ved esta articulación: tiene un intersticio, entonces la lama de un cuchillo no tiene espesor. Si talláis en un intersticio con algo que no tiene espesor, podréis pasear vuestra lama con toda facilidad ¡y hasta con un margen! Ese es el motivo por el que, al cabo de diecinueve años, mi cuchillo está como nuevo, a penas pasado por la muela.

 

 

En otro orden de cosas, podemos recordar por ejemplo las 36 estratagemas chinas, que nos dan muestra de un pensamiento no unidireccional, sino eminentemente práctico para buscar la victoria sobre el enemigo y no tanto la justicia, dejando incluso de lado la dignidad cuando está por encima el valor de la vida; la estratagema definitiva es la última: retirarse cuando todo falla.

 

Y es que en este sentido, el sentido a la vez casuístico y holístico del pensamiento chino no tiene mucho que ver con la típica razón ilustrada, y puede ser un camino intermedio entre los discursos de Diderot y de Rameau, quien no es un simple bufón, sino el contrapunto filosófico del primero.

 

En este sentido, acabaré con otra anécdota que refiere Chen Tien-Hsi[44], que refleja estos caracteres del pensamiento no dogmático: un hombre le preguntó a un discípulo de Mencio si, cuando se come, es más importante hacerlo de acuerdo con el Li o bien si es el hecho de comer. El discípulo respondió: ‘lo más importante es comer conforme al Li’. Entonces el hombre preguntó: Si comiendo según el Li morimos de hambre mientras que comiendo sin preocuparnos del Li, conseguimos alimentarnos, entonces ¿aun así debemos actuar según el Li? El discípulo, comprometido por esta cuestión, al día siguiente fue a consultar a Mencio que le dijo: ‘cuando se dice que el oro es más pesado que las plumas ¿quiere esto decir que una simple paja de oro pesará más que un cargamento de plumas? Si piensas en un caso en el que el hecho de obtener comida es decisivo, mientras que el de observar el Li es secundario, ¿porqué limitarte a decir que lo más importante es entonces comer? Las dos cosas no pueden en efecto compararse. Por tanto ves y respóndele a este hombre planteándole a su vez esta cuestión: Si, atacando a tu hermano, y robándole lo que está comiendo, obtienes de qué comer tú mismo mientras que de otra manera no lo obtendrías, ¿lo atacarías?


[1] DIDEROT D., El sobrino de Rameau (edición de Félix de Azúa), Bruguera, Madrid, 1983, p. 9.

[2] Ibíd., p. 9.

[3] Ibíd., p. 11.

[4] Ibíd., p. 11.

[5] Ibíd., p. 14.

[6] Ibíd., p. 15.

[7] Ibíd., p. 13.

[8] DIDEROT, D., El sobrino de Rameau (edición de Carmen Roig), Cátedra, Madrid, 1985, p.27.

[9] Ibíd., p. 27.

[10] Ibíd.., p. 27.

[11] Ibíd., p. 31.

[12] Ibíd.., p. 37.

[13] Ibíd.., p. 37.

[14] Cfr. FOUCAULT, M. La hemenéutica del sujeto, Akal, 2005, Madrid, Clase del 10 de marzo de 1982, p. 347 y ss.

[15] DIDEROT D., El sobrino de Rameau (edición de Carmen Roig), Op. cit., p. 39.

[16] Op. cit., p. 122.

[17] Op. cit., p. 117.

[18] Op. cit., p. 40.

[19] Op. cit., p. 41.

[20] Op. cit., p. 130.

[21] Op. cit., p. 147.

[22] Ibíd., p. 37.

[23] Op. cit., p. 45.

[24] Op. cit., p. 51.

[25] Op. cit., p. 53.

[26] Op. cit, p. 129.

[27] Op. cit., p. 54.

[28] Op. cit., p. 114.

[29] Op. cit., p. 56.

[30] Op. cit., p. 120.

[31] Op. cit., p. 160.

[32] Op. cit., p. 162.

[33] BUTOR, M., Repertorio, Seix Barral, S.A., Barcelona, 1970, p. 116.

[34] Ibíd., p. 119.

[35] Op. cit., p. 100.

[36] Op. cit., p. 110.

[37] Op. cit., p. 107.

[38] Op. cit., p. 119.

[39] Op. cit., p. 121.

[40] FOUCAULT, M., Los anormales, Curso en el Collège de Francia (1974-1975), FCE, Buenos Aires, 2000, p. 40.

[41] Ibíd., p. 55.

[42] FOUCAULT, M., La vida de los hombres infames, Editorial Altamira, La Plata.

[43] CHEN, A, “LI, ou la leçón des choses”, Philosophie numéro 44, Paris, Les Éditions de Minuit, 1994, p.56.

[44] TIEN-HSI, CH, La Chine, oeuvre de Confucius, Neuchâtel, La Baconnière, p. 47.

BIBLIOGRAFÍA PRINCIPAL

DIDEROT D., El sobrino de Rameau (edición de Félix de Azúa), Bruguera, Madrid, 1983.

DIDEROT, D., El sobrino de Rameau (edición de Carmen Roig), Cátedra, Madrid, 1985.

FOUCAULT, M. La hemenéutica del sujeto, Akal, Madrid, 2005.

FOUCAULT, M., Los anormales, Curso en el Collège de Francia (1974-1975), FCE, Buenos Aires, 2000.

FOUCAULT, M., La vida de los hombres infames, Editorial Altamira, La Plata.

CHEN, A, “LI, ou la leçon des choses”, Philosophie numéro 44, Paris, Les Éditions de Minuit, 1994.

TIEN-HSI, CH, La Chine, oeuvre de Confucius, Neuchàtel, La Baconnière.

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La guerra de Argelia

Posted by forseti4y9 en 10 octubre 2011

Uno de los dos trabajos que presenté a Historia del Mundo Contemporáneo II.

 

Introducción.

 

Sin querer abarcar los innumerables flancos que podríamos abrir en torno a la guerra de Argelia, centraremos nuestro análisis en torno a algunas de las reflexiones que tienen cabida en el libro La Guerre d’Algérie 1954-2004 la fin de l’amnésie[1], donde varios autores prestan atención a algunas de las cuestiones que tienen que ver con esta guerra. En particular, intentando situar el nivel de responsabilidades y sufrimientos de cada uno de los grupos concernidos.

 

Una guerra desarrollada entre 1954 y 1962 en Argelia, que amenaza incluso a la metrópoli (el epicentro del paso de la IV República a la V en 1958 es argelino[2]), y cuyas huellas pueden rastrearse hasta nuestros días.

 

Como señala Rioux, entre las peores fallas que legitimaron la aceptación de un fin sin gloria de la IV República, y que dieron paso a las esperanzas de paz de la V República, estuvo la práctica de la tortura[3].

 

Pero ni siquiera la V República pudo detener la gangrena. La V República puso fin a la guerra pero no supo estar a la altura en el combate de la tortura, que quedó en manos de ciudadanos aislados, normalmente intelectuales, combatientes, estudiantes. Aislados, perseguidos, censurados, condenados, yendo en vano a los mass media, peticionarios, rechazados por las instituciones a las que ponían en tela de juicio, y poco escuchados por los partidos en el poder.

 

Las instituciones de la República (administración, policía, ejército y justicia) no tuvieron la coherencia necesaria para hacer frente a las prácticas ilegales desarrolladas en el conflicto por Argelia, lo que es más sangrante si pensamos que en Francia (al contrario que en Gran Bretaña) la tarea de someter Argelia y administrarla es un asunto de Estado (y no de colonos privados)[4].

 

Desgranaremos el papel de cada uno de los sujetos protagonistas en la guerra de Argelia, para acabar elevando la mirada hacia una reflexión más genérica acerca del papel que la violencia ha jugado y sigue jugando en la historia de Argelia desde la guerra de la independencia, y rastreando si quiera brevemente su huella hasta nuestra más cercana actualidad.

 

Las torturas serán objeto así mismo de alguna mirada más en profundidad.

 

La Administración.

 

Administrativamente, Argelia comprende los Territorios del Sur que están bajo administración militar y los Departamentos del Norte, divididos en distritos y comunas, con un administrador francés y, bajo sus órdenes, caïds nombrados y revocados por el poder[5].

 

Pero ya en los años 1930-1954 el nacionalismo no deja de ganar terreno y es la principal fuerza política en el curso de la Segunda Guerra mundial[6]. Y en el campo, más que el sentimiento nacional, es la identidad religiosa, la lengua y la xenofobia lo que constituye el soporte del movimiento anticolonial[7].

 

Harbi aboga por dejar de lado la historiografía inspirada en las tesis colonialistas, que tachan al FLN de rebeldes y a los anticolonialistas franceses de traidores, así como a la corriente opuesta que sacraliza al FLN y defiende su acción en bloque, y apuesta por aquellos que quieren analizar la guerra de la Independencia en su complejidad como manera para despejar el futuro a una revolución democrática[8].

 

Al analizar las instituciones que intervienen en la guerra de Argelia, debemos tener en cuenta que la diferencia entre las descolonizaciones marroquí y tunecina y la guerra de Argelia no sólo es la pasión de la propiedad nacional francesa de la tierra en una Argelia vuelta de espaldas a la Argelia argelina, sino también social, por la naturaleza social (sin clases sociales explícitamente constituidas) del movimiento nacional[9].

 

La Justicia.

 

Como señala Thénault[10], las leyes que han enmarcado el conflicto han creado una situación jurídica excepcional, transfiriendo sobre todo los poderes de policía al ejército, y las calificaciones jurídicas de derecho común enmascaraban mal la coloración política de los asuntos que les llegaban.

 

Es importante destacar que no se reconoció el estado de guerra en el suelo argelino porque si las autoridades francesas hubieran aplicado las convenciones de Ginebra, que preveían el caso de conflicto interno, los combatientes no hubieran podido ser llevados ante la justicia, salvo en caso de crímenes de guerra. Es por eso que siempre se mantuvo desde 1954 el principio de que la acción del FLN era de naturaleza terrorista.

 

Y es que, traumatizado por su derrota en Indochina, donde Hô Chi Minh le había superado gracias a una guerra revolucionaria basada en el compromiso popular, el ejército francés no quería que se reprodujera lo inimaginable: una guerra en la que, en expresión del coronel Lacheroy, el más fuerte es vencido por el más débil[11].

 

En este sentido, la guerra de Argelia toma la forma de vasta operación de mantenimiento del orden, en la cual el ejército necesita poderes de policía y, in fine, la intervención de una represión judicial eficaz[12].

 

Aun cuando la represión usó masivamente violencia prohibida por la ley, los sistemas penitenciarios y judiciales funcionaron hasta la saturación; y si se actuaba legalmente, la conciencia no sufría en exceso (caso de la pena de muerte), al contrario de lo que ocurría con las masivas torturas y ejecuciones sumarias[13].

 

Así, el estado de urgencia (que deja fuera de la ley, hors-la-loi, a los que no se amparan del derecho común de la República) se ha aplicado progresivamente en Argelia por una sucesión de decretos que lo instauran primero en el Constantinois (el 1 de noviembre de 1954 estallan en una treintena de puntos del territorio alrededor de setenta atentados[14]) antes de extenderlo a todo el país, el 22 de agosto de 1955 como consecuencia del levantamiento popular que ha puesto en marcha definitivamente el engranaje de la guerra, con la iniciativa de Zighout Youssef, responsable de la wilaya 2 (la estructura del FLN dividía el territorio en 6 wilayas, como podemos ver en el mapa de la época[15]).

 

El estado de urgencia permitió transferir el juicio de los actos calificados como crímenes al TPFA, cuyo jurado, presidido por un magistrado civil, estaba compuesto de militares.

 

Durante la guerra, se han pronunciado cerca de mil quinientas penas capitales, de las que aproximadamente doscientas han sido ejecutadas[16]. Este número exagerado se debe a que para el tribunal la condena a muerte era la única sentencia eficaz, como pena ejemplar y disuasoria, pero al contrario, su ejecución galvanizaba la emoción popular[17]. Y si De Gaulle usó el derecho de gracia a favor de todos los condenados a muerte cuando llegó al poder como primer presidente de la V República en enero de 1959, al persistir el conflicto, en 1959 se retomaron, para cesar definitivamente en diciembre de 1960 en Argelia y en enero de 1961 en la metrópoli[18].

 

Pero incluso el principio de llevar ante la justicia a los combatientes ha sido incumplido cuando en julio de 1958 el ejército abrió campos llamados “centros militares de internados”, para los detenidos ‘con las armas en la mano’.

 

Y en febrero de 1960 la represión se remodeló totalmente, desplazando totalmente a la justicia civil de la instrucción y del juicio de los delitos, para toda ‘ayuda directa o indirecta a los rebeldes’[19].

 

Como señala Thénault, así el ejército sustituye a la institución judicial. Ese proceso de sustitución del Estado por el ejército, encargado de todas sus misiones, tiene su variante más extrema en el putsch, como denunciaron numerosos intelectuales de la metrópoli comprometidos por la defensa de las libertades[20].

 

La continuidad de las condenas hasta el final, cuando el arreglo del conflicto estaba en curso, ha conducido a que los procesos parecieran parodias.

 

De Gaulle, convencido de que en Argelia ‘los médicos, los magistrados y la policía estaban con el OAS’, confió a jurisdicciones de excepción, instaladas en la metrópoli, los asuntos más graves: el Alto Tribunal militar, denominado especial, se creó tras la tentativa de putsch.

 

Esto puede explicarse en parte por el contencioso que había entre De Gaulle y los franceses de Argelia ya desde la Segunda Guerra mundial[21], como vimos en cierto modo en el otro trabajo que hicimos para esta asignatura acerca de Vichy.

 

Pero objetivamente, responde a las especificidades de la magistratura de Argelia, que refleja la situación colonial. En ese contexto, la impunidad de la tortura no es de extrañas. No se debe sólo a una toma de posición previa de los magistrados contra la causa nacionalista, sino que también tiene que ver con el hecho de que las quejas que denunciaban la tortura incumbían a la justicia militar desde el momento en que los presuntos culpables eran soldados, por lo que los magistrados civiles eran incompetentes al respecto.

 

Incluso a escala individual, los jueces han explicado luego que las quejas de torturas, que raramente dejaban huellas, les parecían mentira, y que en todo caso la existencia de sevicias no justificaba un fallo de ‘no ha lugar’. Como mucho, se llamaba a un médico legal, que no derivaba en nada más que en un informe que quedaba en el dossier, sin abrir más información judicial[22].

 

Había un ambiente psicológico en el que la tortura ha perdido su carácter de violencia suprema y condenable. Los jueces, que iban a los lugares de los atentados, se confrontaban a la vista de la sangre, de los muertos y los heridos, al dolor y destreza de los supervivientes. Veían la violencia del FLN, pero no las torturas, que no era más que una violencia entre las otras.

 

Incluso Jean Reliquet, procurador general activo contra la tortura, rechazaba hacer el juego al adversario[23].

 

Es para sacar de ese contexto la instrucción de las sevicias por lo que el desde enero de 1959 ministro de justicia Michelet, transfirió a la metrópoli la instrucción de las quejas que denunciaban sevicias.

 

Aún se creó otro tribunal más, el TOP, al declararse el cese del fuego del 19 de marzo de 1962, y duró tres meses. Es un período en el que el OAS ha entrado en un ciclo de violencia y terror para torpedear los acuerdos de Évian.

 

Y el 15 de enero de 1963 se creó por ley el Tribunal de seguridad del Estado para los asuntos de subversión.

 

En lo que hace referencia al tema de la tortura, son de destacar los informes de Jan Mairey, Director de la Seguridad nacional en marzo y diciembre de 1955, que denuncian la práctica generalizada de la tortura, quien señala que le es intolerable pensar que el comportamiento de los policías franceses pueda evocar los métodos de la Gestapo[24].

 

Sin embargo, los gobiernos de la IV República tras Mendès hicieron suya la doctrina de otro informe de un alto funcionario, Roger Wuillame, que aun describiendo las torturas de electricidad y de cañón de agua, legitimaba el uso de la tortura si se practicaba con propiedad, esto es, sin mutilaciones y bajo control de un oficial de la policía judicial.

 

Y es de destacar también como un punto de inflexión la fecha del 7 de enero de 1957, cuando  el general Massu y la 10ª división paracaidista recibieron los poderes de policía en la Gran Argelia para eliminar el terrorismo del FLN, pudiendo usar la tortura para obtener información[25].

 

Así, se produjo la completa subordinación de la policía al ejército, paralela a la subordinación creciente de la autoridad civil a la militar.

 

Para contrarrestar esto, que la policía argelina escapaba del poder (gangrenada por el OAS quizá), De Gaulle apeló a misiones policiales metropolitanas contra el OAS, unas en un marco legal, otras en el ilegal[26] (con los barbouzes y la Mission C). Pero sólo lo hizo en el otoño de 1961, conociendo la situación desde abril-mayo[27].

 

Y en julio de 1962 ya hubo un embrión de policía argelina creado conjuntamente por Francia y el FLN.

 

Como concluye Peyroulou[28], podemos destacar en el plano policial por una lado la exportación de las prácticas de torturas a la metrópoli, en particular a la prefectura de policía de Paris con Maurice Papon; por otro, la guerra de policías en cuanto a la actitud a tomar frente al OAS; además, los lazos estrechos y ambiguos establecidos entre la policía francesa y la policía argelina tras 1962; y por último las complejas relaciones entre la policía y la población francesa e inmigrada procedente del Maghreb.

 

El ejército y el OAS.

 

Durante la guerra de Argelia, se produjeron desobediencias en el ejército, no sólo por soldados que rechazaban continuar la guerra, sino también por, sobre todo mandos militares, que querían continuar la guerra a favor de la Argelia francesa[29].

 

Así, se habla de guerra contrarrevolucionaria a partir de que De Gaulle, el 16 de septiembre de 1959, compromete a Francia en la vía de la autodeterminación argelina. El 8 de enero de 1961 la política del general es refrendada por la población: el sí recibe el 75,25% de los sufragios en la metrópoli y el 69,09% en Argelia.

 

Pero varios coroneles de la metrópoli están persuadidos de que la independencia de Argelia llevará al Mediterráneo a caer bajo el yugo comunista (entienden que es la doctrina maoísta la que ha permitido la victoria comunista en Indochina, donde ya nació la guerra contrarrevolucionaria entre los círculos integristas católicos)) y que Francia dejará de ser una nación de primer rango.

 

Así, varios coroneles preparan un putsch militar, y finalmente se elige al general Challe para ser la cabeza de un movimiento insurreccional en Argelia[30].

 

El 22 de abril de 1961 las autoridades civiles y militares de Argelia son arrestadas por los putschistes durante la noche. Al alba, los generales Challe, Jouhad y Zeller crean un Consejo superior de Argelia, del que el general Challe toma el mando.

 

En la metrópoli, el golpe se recibe con estupor.

 

La mayoría del ejército no secunda el golpe, y quedan a la espera.

 

Y es la alocución del General De Gaulle, en su célebre discurso televisado del 23 de abril, la que hace bascular el contingente en una oposición al putsch, en una resistencia semiactiva o semipasiva según los regimientos y sus jefes[31].

 

Algunos como Challe se convencen del fracaso, pero otros como Susini quieren continuar cueste lo que cueste bajo las órdenes del general Salan. Ambos obtienen el derecho de circulación del cuñado de Franco, Serrano Suñer, de la Falange española, que ‘se inquieta de la falta de fiereza de esos militares franceses que ni siquiera fusilan a los enemigos capturados’[32].

 

Al final 220 oficiales tuvieron sentencias condenatorias, y varias decenas fueron ante el Alto Tribunal militar, donde a algunos como a Challe y Zeller les condenaron sólo a 15 años de prisión, pero a otros que fueron más contumaces como Salan les condenaron a muerte.

 

Pero los desertores, los que se llamaron ‘soldados perdidos’, continuaron en el OAS, creado los días siguientes al referéndum, y que se hace más conocido a raíz del golpe, y recoge a los golpistas que huyeron.

 

Es una organización totalitaria, según Quemeneur, una organización que vigila y utiliza a la población europea, una organización a la vez horizontal y vertical[33].

 

Una rama del OAS se estructura como FN (Frente nacionalista) y toma la cruz céltica como emblema, y los comandos Delta son el brazo armado del OAS, entre otras ramas armadas.

 

Al principio de 1962 el OAS sufre lo que algunos han llamado una ‘locura asesina’, por lo que muchos europeos de Argelia desean huir, pero el OAS prohíbe las salidas por medio de amenazas. Cuando se firman los acuerdos de Évian el 18 de marzo ordena una huelga general y considera a las fuerzas francesas ‘tropas de ocupación’.

 

Cuando a partir del 15 de abril comienza el éxodo de los pies negros, la OAS comprende que todo está perdido. Además, el 20 de abril el arresto del general Salan decapita la organización. Pero Jean-Jacques Susini toma la sucesión y se lanza en la política de la tierra quemada. Esa política culmina el 7 de junio de 1962, antes de que se firme un acuerdo entre el FLN y Susini el 18 de junio[34].

 

En un año, el OAS ha matado a mil quinientas personas y herido a tres mil, y por dos veces atentaron contra la vida de De Gaulle.

 

En 1966 y 1968 se les rebajaron las penas, e incluso el presidente de la República de 1982, Miterrand, rehabilitó en sus carreras a los mandos, oficiales y generales condenados o sancionados por haber participado en la subversión contra la República.

 

El itinerario de algunos de los miembros del OAS les llevó a devenir mercenarios, como es el caso de Jean-Pierre Cherid: paracaidista, participa en el putsch y en el OAS; luego va a Francia, como un hold-up, y es arrestado pero consigue huir; deviene mercenario en África y luego llega a España donde se junta con la extrema derecha, en particular con el fascista italiano Stefano Della Chiaie; participa en los GAL y muere por la bomba que preparaba en marzo de 1984.

 

Recientemente, el documental de Marie-Dominique Robin (Escadrons de la mort: l’école française)[35], difundido en Canal+  de Francia el 1 de septiembre de 2003, ha mostrado como ciertos miembros del OAS, y algunos militares franceses como el general Aussaresses, han participado en el terror organizado por los regímenes sudamericanos durante los años 1960 y 1970[36].

 

Por ejemplo el coronel Jean Gardes estuvo cinco años exiliado en Argentina, y el ministerio argentino de Marina echó mano de él por su competencia en materia de lucha contrarrevolucionaria.

 

Muchos antiguos miembros del OAS fueron llevados a Argentina por López Rega, sobre todo miembros del OAS de Orán y comandos Delta.

 

O Aussaresses[37], que enseñó la guerra antisubversiva a los militares en Chile, por reseñar algunos de los ejemplos que cita Quemeneur.

 

En 1972 Jean-Marie Le Pen, antiguo paracaidista que ha reconocido haber practicado la tortura durante la guerra de Argelia, crea el Frente nacional. Sirvan sus palabras para manifestar la actualidad de la memoria de esta guerra: ‘¡El combate por la Argelia francesa ha preparado el combate por la Francia francesa!’[38].

 

Como señala Kauffer[39], el OAS es un movimiento demasiado tardío que no pudo acaso triunfar más que si hubiera asesinado a De Gaulle, pero a qué precio[40]. Un movimiento sin clarividencia policía ni aliados en el plano internacional (la España franquista, sobre la que contaban algunos dirigentes del OAS, se comportó como un falso amigo; los sueños de alianza con los Estados Unidos eran mera utopía; la Alemania federal era aliada secreta del FLN, en un sutil doble juego; y Gran Bretaña hostil), falta de mandos, falto de efectivos realmente dispuestos a matar y capaces de hacerlo (sobre un millar, de los que cien en la metrópoli), y de las víctimas, alrededor de 1.700 en quince meses de existencia, al final los perjudicados han sido los pies negros, a quienes han obligado al éxodo.

 

El desarrollo posterior del ejército argelino una vez alcanzada la independencia, supone un desafío todavía pendiente de ser resuelto[41].

 

El FLN.

 

La noche de Todos los Santos de 1954 comenzaron las acciones militares del FLN.

 

En el FLN el papel de las mujeres fue importante. Esto lo podemos ver en la película Hors-la-loi, de Bouchared, en 2010. Es el caso por ejemplo de Djamila, guapa, joven, seductora, vestida a la europea, que no tienen problemas para pasar las barricadas erigidas por los paracaidistas franceses alrededor de la casbah, y en toda la ciudad[42].

 

Si ya hemos visto cómo en el lado francés la función militar es inseparable de la policial, lo mismo sucede en las filas del FLN. Así, también aquí se ha practicado la tortura de forma sistemática[43]. La desproporción de las fuerzas y la estructura administrativa militar y policial colonial han hecho muy peligrosa la concentración y la coordinación de los maquisard contribuyendo así directamente a favorecer la emergencia de jefes de guerra con prácticas extremadamente autoritarias, como las purgas.

 

Así, se instauró guante años un verdadero terror sobre la población civil por parte de ambos bandos contendientes.

 

Al lado de los combatientes argelinos.

 

Algunos historiadores, como algunos intelectuales o estudiantes, tomaron partido por los combatientes argelinos, como Pierre Vidal-Naquet o  Jean-Pierre Vernant; otros, el de la patria, como Pierre Chaunu[44].

 

Argelia fue la propedéutica de los futuros militantes del movimiento del 68 y del izquierdismo[45].

 

Hay individualidades importantes, como la de Bonnaud, que escribió al respecto y organizó redes de ayuda al FLN, o Mattei, que también.

 

En general, la guerra de Argelia fue una guerra de lo escrito[46], gracias a los intelectuales, con protestas, campañas de información y denuncia de la violencia y la tortura y los crímenes. François Mauriac denuncia el racismo policial como especialmente inmundo, Pierre-Henri Simon escribe un libro denunciatorio, el general Jacques de Bollardière ha tomado posición contra la batalla de Argel en L’Express del 29 de marzo de 1957, etc.

 

Hubo prensa paralela y clandestina, un comité creado para saber la verdad del asesinato de Maurice Audin, se firmo el Manifiesto de 121, hubo procesos mediáticos como el de Jeanson o el de Jean-Paul Sartre, etc.

 

Los pies negros.

Más allá del origen de este término, que no está claro pero del que Lefeuvre aventura una hipótesis probable[47], con el nombre de pies negros se designa a la población francesa de Argelia.

 

Su número aumentó por la política de naturalización de extranjeros (para evitar lo que Leroy-Beaulieu llamó el peligro de que Francia se encontrara si no con el hecho de haber incubado un huevo italiano en el Constantinois y un huevo español en Oranie[48]). Por la ley de 26 de junio de 1889, los niños nacidos de un padre extranjero, si este ha nacido también en suelo francés, devienen automáticamente franceses, salvo que renuncien en el año siguiente a su mayoría de edad.

 

Así se hicieron franceses, a lo largo de 30 años, alrededor de 160 ó 170 mil personas. Aunque aún así quedaron ciertos grupos fuera de ese grupo: los indígenas (aunque no había una sociedad de apartheid), o la comunidad judía, como grupo integrado de manera imperfecta (recordemos a título anecdótico en el marco de este trabajo que en Argelia, bajo el régimen de Vichy, se aplicó su legislación antisemita, como vimos en el otro trabajo objeto de esta asignatura).

 

Los pies negros se distinguen de la masa de argelinos musulmanes por dos rasgos principales: su estatus político y su nivel y origen de sus rentas[49].

 

Como ya hemos rastreado antes, en un momento dado, en el verano de 1962 sobre todo, Argelia se vacía prácticamente de su población europea[50].

 

Esto puede explicarse por varios motivos: En primer lugar, por la acción del OAS, que hace que huyan bajo pánico, en la atmósfera de guerra civil e inseguridad tras la orden de Sanan de atacar al ejército francés antes de empujar a la población a las calles, y bajo el miedo de ser represaliados por el FLN por los asesinatos de los militantes nacionalistas o de simples argelinos musulmanes.

 

En segundo, por la inseguridad general que reina en los pueblos argelinos. Baste un dato de los que da Lefeuvre: en algunas semanas, la comunidad europea ha sufrido la mitad de las desapariciones totales, o un tercio de los muertos, de las pérdidas totales que hubo entre el desencadenamiento de la guerra en noviembre de 1954 y los acuerdos de Évian de marzo de 1962[51].

 

En tercer lugar, la ambigüedad que el FLN mantiene sobre la plaza que le reserva a la comunidad europea en una Argelia independiente, pues aunque los acuerdos de Évian afirman garantías para los europeos de Argelia, las proclamas y los hechos demuestran que la Argelia resultante lo será en el marco de los principios islámicos.

 

En definitiva, los pies negros se saben una futura minoría que puede ser tomada como rehén y objeto de violencia, por lo que es lógico que salgan en masa de Argelia. Así, aunque su deseo hubiera sido quedarse en suelo argelino, su única y verdadera casa, de un día para otro se ven obligados a dejarlo todo y partir en la improvisación. Su pensamiento de volver quedó pronto apagado, por los espolios que sufrieron.

 

En la metrópoli fueron recibidos con medidas de urgencia para insertarlos, y al cabo del tiempo también se pusieron en marcha ciertas medidas de indemnización. Según un informe de 2003, los pies negros habrían sido indemnizados sobre un 58% del valor de los daños sufridos. Pero las heridas de orden memorial no fueron restañadas en tanto que víctimas de la descolonización[52].

 

Los judíos de Argelia.

 

En principio, la comunidad judía fue solicitada por ambas partes. Pero el 22 de junio de 1961 un argelino musulmán disparó en la nuca al músico Cheikh, y ese mismo año las manifestaciones por la independencia del FLN arrasaron igual pueblos mayoritariamente judíos; y la política de tierra quemada de la OAS también acentuó el desarraigo y la huida de los judíos[53].

 

Como señala el propio Stora, a su vez judío, la comunidad judía argelina no mantiene rasgos específicos respecto a los pies negros, al contrario de lo ocurrido en Marruecos o Túnez; sólo a partir de la segunda guerra de Argelia en los años 90 se opera una distinción entre los diferentes grupos de la historio de la Argelia francesa.

 

Esto ocurrió desde el momento en que Argelia formó parte de Francia, pues los judíos, como ciudadanos franceses, quedan separados de los argelinos musulmanes. Hablan francés, aprenden la historia de Francia, y toman distancia con la herencia hebrea y la cultura árabe.

 

Aunque bien es cierto que en el momento del desarrollo de la guerra de Argelia, los independentistas recurrieron al argumento del antisemitismo desplegado en los tiempos de Vichy para intentar justificar la necesaria unidad entre musulmanes y judíos en la creación de la nación argelina. Y que la experiencia de Vichy hizo que los judíos argelinos se mantuvieran recelosos de los ultras de la Argelia francesa, vinculados al vichysme.

 

Cuando la separación de Francia se tornó ineluctable, los judíos has salido en masa, y sólo una minoría se ha unido al nacionalismo argelino, en función de categorías sociales, generaciones y situación geográfica[54].

 

Los harkis.

 

Una de las zonas oscuras que todavía subsisten hoy en día en buena parte es la del compromiso con Francia de “musulmanes” en el sentido colonial del término, la de las masacres que sufrieron con el alto el fuero y la integración de los que pudieron llegar a la metrópoli[55]. En cierto sentido, son los olvidados de la historia.

 

Entendamos por harki un término genérico que engloba a los ciudadanos franceses de Argelia de origen árabe o berebere que han servido a Francia durante la guerra a pesar de las amenazas del FLN.

 

El interés de Francia en recurrir a estas fuerzas supplétives indígenas era múltiple[56]: aprovechar su perfecto conocimiento del terreno, cortar a los fellagha (guerrilleros sublevados contra Francia) de la población, contestar la representatividad del FLN y limitar el número de tropas francesas llamadas a ir a Argelia.

 

Por otra parte, los motivos del compromiso de estos harkis[57] eran respuesta a las exacciones del FLN,  a solidaridades de familia o clanes, al patriotismo o convicción política, a motivos de tipo económico, o a compromisos forzados ‘bajo la presión’ del ejército.

 

En los acuerdos de Évian fueron los grandes olvidados[58]. Y en realidad estos acuerdos no fueron aplicados más que por Francia, el fuego sólo cesó de un lado, ya que el FLN, una vez consagrado como el único representante de los habitantes de Argelia, se dispuso a suprimir a todos los oponentes, empezando por los harkis.

 

Desde los primeros días después del cese el fuego, los hombres y mujeres harkis son raptados y asesinados. Los diputados hacen ver a la Asam le nacional francesa la preocupante situación. Y la respuesta de Louis Joxe el 11 de abril es la contraria a la esperada: ‘no repatriar más que a personas particularmente amenazadas y en número muy limitado’, ‘verificando sus aptitudes físicas y morales y su voluntad de establecerse en la metrópoli’; ¡y todo eso a pesar de haber arriesgado su vida y la de sus próximos por haber llevado el uniforme francés!.

 

Eso era condenarlos a muerte, dado que los acuerdos de Évian eran papel mojado. Efectivamente, fueron masacrados a gran escala en el verano de 1962, tal como relata el subprefecto d’Akbou[59].

 

De Gaulle no quería que los harkis fueran a Francia: ‘franceses, ¡esa gente!, Con sus turbantes y sus chilabas!’.

 

Enfrentados a esa situación escandalosa, los oficiales deciden desobedecer (no siempre hay que quejarse de los funcionarios corruptos, eso nos lo ha enseñado en repetidas ocasiones la historia) y hacer pasar clandestinamente a la metrópoli a los supplétifs y a sus familias para sustraerlos de la muerte.

 

Pero Louis Joxe replica, por telegrama, prohibiendo toda repatriación fuera del plan oficial minimalista, y reenvía a los harkis a Argelia y exige sanciones contra los cómplices. Eso sí: ‘…evitar dar la menor publicidad a esta medida que podría ser mal interpretada’[60].

 

Así, los harkis llegados clandestinamente a Marsella y a Toulon son reenviados a Argel y son asesinados en el puerto.

 

Y lo peor aún estaba por venir: en agosto y septiembre los que querían ganar méritos, los combatientes de última hora, salen de su attentisme, de su actitud inactiva, o de su doble juego, y comienzan una caza de brujas que acaba con torturas y suplicios públicos antes de terminar con ellos[61].

 

Esa represión acabaría a finales de año, pero continuó de manera episódica, al albur de los mandos locales o a título de diversión, con ocasión de las dificultades locales concretas.

 

Al cabo de ese período de oposición a las trasferencias clandestinas de harkis, las autoridades francesas, ante el flujo imprevisto de estos, pusieron en marcha estructuras específicas de ayudas a los harkis y crearon campos de tránsito[62]. Por ejemplo el campo de Saint-Maurice-l’Ardoise,  a veinte kilómetros de Avignon, que ya había albergado a internos políticos: españoles del ejército republicano, prisioneros franceses de origen musulmán durante la Ocupación, prisioneros de guerra alemanes en la Liberación, etc.

 

Entre 1962 y 1975 los harkis y sus familias fueron repartidos y relegados principalmente en cuatro zonas geográficas[63].

 

En 1975 hubo una revuelta en el campo de Biais y otra en el campo antes citado de Saint-Maurice-l’Ardoise. Como consecuencia de ello, los campos se desmantelan, pero no se le da solución definitiva a esa gente.

 

En 1981 28.500 personas viven todavía en 65 zonas con fuerte concentración.

 

En el verano de 1991 los hijos de los harkis se revuelven otra vez. Franceses, jóvenes nacidos en Francia, que no han conocido ni la guerra de Argelia ni el país de sus padres[64].

 

A partir de 1991 el tema de los harkis se toma en cuenta de manera oficial, se hace visible, se le da un nombre y se esboza un reconocimiento histórico.

 

Parece que en los años 200 se acabe un tabú, pero sigue habiendo problemas sin resolver (alta tasa de paro, indemnizaciones insuficientes, no instancia representativa digna de ese nombre etc.)[65]. Chirac en el 2001 reconoce la deuda de honor que Francia tiene con los harkis y la barbarie de la que fueron objeto tras el 19 de marzo de 1962.

 

Esa barbarie no ha sido calificada jurídicamente de crímenes contra la humanidad porque no se ha probado la existencia de un plan concertado para eliminar toda una población[66].

 

La memoria de los harkis se reconoce ahora más fácilmente, una vez comprobada la falta de legitimidad política del FLN, que por medio de sus generales ha confiscado el poder en Argelia (represión de 1980, revueltas de 1988, rechazo del veredicto de las urnas en 1992 etc.)[67].

 

Violencia.

 

Como señala un ya viejo informe del Centro de investigación para la paz (analizando  la violencia persistente en Argelia, donde por ejemplo entre enero de 1992- cuando se suspendieron las elecciones legislativas tras el triunfo del Frente Islámico de Salvación, FIS- y el 97, cuando se hizo este informe, habían muerto por atentados entre 50.000 y 65.000 personas), en Argelia la población se encuentra atrapada en un fuego cruzado entre la violencia de los grupos terroristas islámicos y las fuerzas policiales al servicio del Estado[68].

 

Podemos leer en la prensa[69] (y en otros autores como Thieux, que más adelante comentaremos) que en total se pueden contar unos 200.000 muertos en el terrorismo que vivió Argelia en los noventa, en la guerra civil entre Ejército e islamistas, terrorismo menguado actualmente con el tercer mandato del gobierno de Buteflika. Esta misma prensa señala que ese temor al repunte del terrorismo es lo que hoy mismo hace, junto a lo que Stora llama su “nacionalismo exacerbado que rechaza el derecho de injerencia”[70], que Argelia sea la única República del norte de África cuyo sistema político sigue intacto y se resiste a admitir los cambios en la vecina Libia (aún no ha reconocido a su nueva autoridad, el Consejo Nacional de Transición); incluso ha acogido a la familia de Gadafi[71].

 

Recordemos que tan sólo hubo una breve “primavera democrática” entre 1989 y 1991[72].

 

No obstante, a partir de 2002 Argelia regresó a la comunidad internacional, y algunos autores como Moré[73] subrayaron las reformas que en el plano interno estaban consolidando la convivencia, y su cada vez carácter más democrático (elecciones limpias, aunque no pueden concurrir los partidos islamistas, situación de la mujer mucho mejor que en otros países árabes, libertad de prensa…). Aun así, hay quienes defendían la teoría de la guerra sucia contra el terrorismo, según la cual los servicios secretos argelinos habrían socavado la popularidad de los islamistas (que vencieron en las elecciones de 1991) apoyando más o menos los elementos más radicales, para enfrentar a unos integristas con otros y mostrar sus atrocidades, lo que terminaría por quitarles popularidad. Teoría que contrasta en todo caso con la principal iniciativa política del presidente Buteflika, la de la “concordia civil”, ofreciendo la reinserción a los integristas arrepentidos, gracias a la cual el Ejército islámico de salvación, brazo militar del FIS, rindió sus armas, aunque diversos grupos recalcitrantes continúan con sus actividades. Ese era el análisis de Moré en el 2002.

 

Incluso cuando el 8 de abril del 2004 Buteflika fue reelegido el jefe del Estado Mayor, Mohamed Lamari, había declarado que aceptaría la victoria de cualquier candidato, incluida la del líder del partido islamista Islah, Abdallah Yabala[74]. Resta poder afirmar si esos comicios fueron creíbles. En este sentido, puede leerse las dudas de Sancha, que en esas mismas fechas escribía que “las elecciones en Argelia no dejan de ser un ritual político utilizado como instrumento de perpetuación en el poder”[75].

 

Y como señalaba Bustos, al aceptar la comunidad internacional los resultados, pese a señales alarmantes de abuso de fondos públicos o dudosas tácticas empleadas con el candidato opositor, “los socios de Argelia limitaban su capacidad de crítica en caso de potenciales violaciones de derechos humanos o endurecimiento del régimen”[76]. El riesgo de que vuelva la violencia siempre ha seguido por tanto presente.

 

Efectivamente, ahí tenemos al AQMI (al-Qaeda en el Magreb islámico), quien entre 2007 y 2008 cometió 18 atentados suicidas[77]. Y los atentados contra representantes extranjeros de Francia, EEUU y sus aliados en Afganistán no han dejado de ir a más.

 

En definitiva, no nos llevemos a engaño, como señaló Roberts con ocasión de las elecciones del 9 de abril de 2009 (tercer mandato de Buteflika) “el proceso oficialmente conocido como elecciones presidenciales en Argelia es en realidad un ejercicio de legitimación materializado a través de la movilización de las lealtades del electorado. Las elecciones no se celebran para determinar cuál es el candidato elegido por la ciudadanía, sino más bien para garantizar el respaldo del pueblo a una decisión previamente adoptada por la oligarquía gobernante, legitimando de esta forma dicha oligarquía”[78].

 

No es que haya un gen violento en los argelinos, pero es cierto que, como dice Carlier, en la Argelia contemporánea la violencia no es sólo económica y fisiológica, social y política, “objetiva”, sino también mental y moral, intelectual y espiritual, “subjetiva”[79].

 

Como vaticina Carlier[80], no hará falta mucho tiempo para que los jóvenes argelinos se levanten contra el gobierno, que reserva a la casta de la familia revolucionaria la propiedad del país, bajo el culto de una religión cívica como es el culto a los muertos por la patria, los shouhadas, de la que el FLN es el depositario.

 

El FIS  se vuelve contra el poder y su simbología. Reactualiza la figura del muyahidín, y la violencia padecida se vuelve violencia obligada. La amenaza identitaria árabe-islamista reenvía a la realidad histórica de la violencia cultural colonial y al traumatismo que produjo.

 

Por  otro lado, es de destacar que la violencia que se ejerce sobre el género persiste en las costumbres. Una fijación recurrente que viene con la herencia de una cultura milenaria, un modelo mediterráneo y musulmán de estricta separación de sexos y desigualdad[81].

 

La conclusión de Carlier es muy esclarecedora. El terror que se ejerce sobre el cuerpo social en Argelia no es un producto mecánico de un determinismo histórico que provoca la violencia extrema de los años 90, sino que es una actualización de tensiones multiseculares acumuladas a lo largo del tiempo, trasmitidas no en línea directa y de manera unívoca, sino reformuladas y reinventadas por las nuevas generaciones, en sus objetos e imágenes, en sus palabras y actitudes, porque todavía trabajan, al no haber sido discutidas en un espacio público y político abierto, al no haber sido nombradas y tratadas a tiempo, y por tanto superadas[82].

 

O como dicen otros autores: “la violencia argelina no es tanto el fruto de una ideología concreta como el resultado de la falta de apertura política de un sistema de poder que teme por encima de todo la libre expresión y la autoorganización de la sociedad”[83].

 

El vaticinio de Carlier parece complicado que se produzca realmente a día de hoy, 2011. Según Thieux, “la situación socioeconómica de Argelia es explosiva y desde el principio de año el número de huelgas y revueltas espontáneas ha aumentado considerablemente. Los cambios políticos en Túnez y en Egipto han alentado las protestas y los intentos de coordinación desde la sociedad civil argelina, tratando de articular un movimiento de contestación política”[84].

 

Y este autor destaca el papel que juega el miedo a la violencia: “el temor a enfrentarse a nuevos procesos de violencia es un elemento que cohíbe a muchos sectores de la sociedad ante la perspectiva de entrar en una confrontación directa con el ejército. El miedo a la capacidad represiva de éste es, por lo tanto, un elemento disuasorio de peso. A esa inquietud se une el hecho de que el régimen juega directamente a reprimir a la población con fortísimos despliegues policiales ante cualquier posible movilización (en la marcha convocada en Argel por los jóvenes, el 19 de marzo, había 60 policías por cada manifestante)”.

 

La tortura durante la guerra de Argelia.

 

Lo hemos visto a lo largo de nuestra exposición, pero al hilo del magnífico artículo de Branche[85] que trata precisamente de este tema, no podemos dejar de hacer algunas alusiones esclarecedoras al respecto de la tortura.

 

Durante la guerra de Argelia, esa violencia colonial que es la tortura en los territorios coloniales franceses (Indochina, Madagascar etc.) se refuerza por los argumentos y la práctica de la razón de Estado; dicho sea de paso, una razón de Estado muy importante para los franceses, como hemos querido exponer en el otro trabajo que hemos hecho para esta asignatura, un Estado francés que mantiene su soberanía a todo precio, aun al de crear una soberanía fantasmagórica y espectral como se ve en el caso de Vichy.

 

Este peso central de la tortura en Argelia tiene que ver con el temible principio de la responsabilidad colectiva, que desemboca en represalias colectivas[86].

 

La impresión que se tenía era que la utilización masiva de la tortura, correlativa al desmantelamiento de las redes del FLN (como podemos ver en la película La Batalla de Argel, película de 1966 italo-argelina de Gillo Pontecorvo, que se centra en la contestación brutal que los paracaidistas del general Massu hicieron a los ataques terroristas del FLN, con tortura generalizada y ejecución sumaria de centenares de sospechosos entre 1956 y 57), era de eficacia demostrada, y se presentaba como un método adaptado a la naturaleza de la lucha. Y además era aplicada con una metodología, que relata Branche[87], como lo han hecho otros autores claro está, y por medio de mediaciones (la cuerda por la que se suspende a las víctimas, el objeto utilizado para violar…) que hacen que la violencia se entienda civilizada por racional.

 

Por cierto, esto sería un hecho distintivo, según Meynier[88], de la violencia del FLN (violencia reaccional a las humillaciones coloniales), donde la violencia nunca está mediatizada por el útil que da la muerte, que protege al autor de la violencia; pero incluso para Meynier en ambos casos, el de la violencia francesa y la del FLN podría hablarse de violencia antropológica, pues el sadismo de la tortura erigida en institución que se da en el ejército francés puede ser un remanente de violencia antropológica.

 

Es más, los DOP, destacamentos operacionales de protección, utilizan desde 1957 la tortura como método ordinario, y eso se reconoce, como si la ilegalidad en la que actúan hubiera sido aceptada por las necesidades de guerra[89]. ¿Cómo no pensar al leer esto en Guantánamo o en Irak[90]?

 

Podemos leer en este artículo cómo evoluciona el tema de la tortura con los testimonios de Henri Alleg, con el compromiso de Sartre que se declara favorable a las negociaciones con los nacionalistas argelinos, con el ministro André Malraux contrario a la tortura, con el prefecto de policía de París Maurice Papon (quien el 5 de octubre de 1961 declaró claramente en los funerales de la policía en París: ‘por un golpe que den, daremos diez’[91]) etc.

 

Se resalta cómo el FLN recurre también a la tortura contra los indóciles, o en las purgas en el interior de las wilayas en 1958 y 1961…

 

En este sentido, recordemos el caso de “la bleuite”, en 1957, que supuso la eliminación de numerosos intelectuales pertenecientes a los maquis, en respuesta a una maniobra de “intoxicación” (es decir, de introducción de elementos desestabilizadores) por parte del ejército francés. También fue el caso de la matanza, en el mismo año 1957, de la población de Melouza, acusada de haber ayudado a una formación rival del FLN[92].

 

En todo caso, la amnistía que siguió al alto el fuego provocó el abandono de la persecución de esos delitos. Se convierte en una acto ilegal entre otros, aunque no fuera nombrado expresamente como acto amnistiado[93].

 

Incluso la tortura se ejerció contra la OAS, el nuevo enemigo.

 

En el año 2000, con ocasión de unos artículos de Le Monde, el primer ministro y el presidente de la República condenan la tortura que se ha llevado a cabo en la guerra de Argelia, sí, pero sólo en su aspecto moral, sin considerarla en su dimensión política, nos señala Branche, quien acaba concluyendo que en la cima del Estado en el fondo nada ha cambiado desde la guerra[94].

 

Algunos hechos puntuales.

 

 

Para finalizar, quisiera hacerme eco de algunos momentos que parecen cruciales en la historia de la guerra de Argelia.

 

En primer lugar, la manifestación del 17 de octubre de 1961 en París. La batalla de París, donde el FLN da muestra de una gran capacidad de adaptación.

 

Cuando la policía carga repetidamente contra la manifestación y 11.538 argelinos son arrestados en una sola noche, cuando hay violencia policial en las estaciones de metro, en los lugares de internamiento, cuando todo ocurre como si no hubiera ninguna autoridad a ejercer sobre los policías, cuando los argelinos no están seguros ni en sus casas, arrojando un balance según Amiri de 31 desaparecidos y un centenar de heridos, 337 heridos según los hospitales de París… es el momento en el que se rompió la unidad del cuerpo, porque hubo policías que empezaron a revelarse, anónimamente, contra esa represión, y es cuando en las altas esferas del Estado francés se considera que ha sido una victoria política del FLN.

 

La presión policial de esa jornada tuvo como consecuencia directa, según Harbi, el convertir al FLN en un partido de alcance totalitario[95].

 

En segundo lugar, queremos destacar la manifestación en la Bastilla del 8 de febrero de 1962, símbolo del rechazo casi general del OAS[96]. Un día antes, el OAS pone una bomba en el apartamento del ministro de asuntos culturales, André Malraux, y hiere a Delphine Renard, de cuatro años, hija de los propietarios del piso (Malraux es un inquilino); trescientos puntos de sutura, un ojo perdido. Si bien aún hubo quien se abstuvo de acudir: Fuerza obrera y el partido socialista SFIO y el movimiento gaulliste UNR (por miedo a la importancia de los comunistas). Carga policial violenta en el metro Charonne, y alrededor de la estación de metro cinco cadáveres, y otros tres en la plaza Voltaire. Tres mujeres y cinco hombres, el más joven de 16 años. Siete son miembros del PCF, todos de la CGT. 110 heridos, de los que uno morirá unos días después.

 

Cindo días más tarde, una muchedumbre inmensa acompaña a las víctimas de Charonne al cementerio de Père-Lachaise: 500.000 manifestantes, pero se redonde a un millón y la cifra queda. Gaullistes o no, toda la población parisina bascula en bloque contra los asesinos de la OAS.

 

En tercer lugar, le carnage rue d’Isly[97] (carnicería, matanza de la calle de Isly). El 23 de marzo de 1962 cincuenta hombres del OAS quieren desarmar a los militares franceses y obligarles a abandonar Bab el-Oued, un barrio que aún no controlan. Una patrulla del tren rechaza entregar las armas, un caporal musulmán toca la culata del arma, los comandos Alpha le ametrallan, matando a un teniente y a cinco soldados de contingente. Simbolizan a la población metropolitana. El comandante superior de las tropas francesas en Argelia, el general Charles Ailleret, reúne el estado mayor, gaulliste incondicional, va a reconquistar el barrio. Bombardeo aéreo de los comandos Alpha.

 

Los soldados de reemplazo pagan su exasperación con esos enmerdeurs-de-pieds-noirs-qui-n’ont-comme-but-que-de-prolonger-la-guerre; como señala Kauffer: como la población metropolitana un mes y medio antes tras el atentado en casa de Malraux, el ejército acaba de bascular en bloque, mandos y hombres del contingente. Contra la organización secreta y no a su lado…

 

Peor es al día siguiente en Argel. Convocada en la esperanza de forzar el desbloqueo pacífico, la marea humana de los pies negros no armada baja por la calle de Isly cantando La Marsellesa y con banderas tricolores. Soldados franceses musulmanes poco acostumbrados a mantener el orden y con motivos para lamentar no estar en el bando adecuado, matan a decenas de ellos.

 

Cuando sucede esto, balas francesas matándoles, los pies negros se desesperan, odian a De Gaulle, pero se dan cuenta que se ha franqueado un punto de no retorno.

 

La guerra ya no es franco-argelina, sino franco-francesa y argelino-argelina.

 

Y por último me quisiera hacer eco del horror de la tortura, ejemplificándolo con un caso particular, uno más, ciertamente. Una familia (Mello) fue torturada y ejecutada en Aïn-Abid, pero con una barbarie extrema. El padre fue amputado de brazos y piernas con un hacha. La niña recién nacida de cinco días fue cortada y colocada en el vientre de su madre reventada. La hija de 11 años y la abuela fueron violadas y asesinadas. ¿Cabe decir algo (más)?

 

Epílogo.

 

Quizá la mejor conclusión en cuanto a la responsabilidad de la guerra en Argelia sea el silencio. Como el silencio de ese Camus que sólo dijo que prefería la madre a la justicia[98]. Ese Camus incomprendido, muerto durante los acontecimientos más graves de la guerra (por cierto, según una noticia que leí hace poco en la prensa, según unas memorias descubiertas hace poco, en realidad asesinado por los rusos, por lo que su accidente de coche no sería tal accidente).

 

Su silencio no sería el del cobarde, como dicen los ultras, sino que manifiesta precisamente su posición argelina, lo absoluto de su soledad, de no poder estar ni de un lado ni del otro, porque ninguno de los dos términos de las elecciones propuestas puede ser elegido[99].

 

Pero acaso el hecho de mantener esta posición tenga un límite, el de alzar la voz contra casos como el de las torturas, como hizo por ejemplo el general Bollardière, que combatió contra los alemanes durante toda la guerra (como Massu y Aussaresses), que denunció públicamente “el espantoso peligro” que representa para una nación la práctica generalizada de la tortura, y fue condenado a sesenta días de encierro en una prisión estatal, por haber escuchado su conciencia y no las razones de Estado.

 

O el general Teigen, que siendo secretario de la Policía de Argel dimitió “después de reconocer en el cuerpo de los ‘sospechosos’ las huellas profundas de los malos tratos o torturas que hace catorce años sufrí yo personalmente dentro de los sótanos de la Gestapo en Nancy”[100].

 

Acaso la condena no haya de ser sólo moral, contentándose con decir que ‘hay que tomarse su tiempo y dejar hacer a la historia su trabajo’ como dijo el jefe de Estado Chirac en la cadena de televisión TF1 el 14 de diciembre del 2000, acaso no baste con el silencio, acaso en estos casos la justicia deba vencer a la madre, acaso por eso el derecho internacional reconoce el carácter imprescriptible de ese tipo de crímenes.

BIBLIOGRAFÍA PRINCIPAL

HARBI, M. y STORA, B., La Guerre d’Algérie, 1954-2004, la fin de l’amnésie, Éditions Robert Laffont, Paris, 2004.

 

DROZ, B. y LEVER, E., Histoire de la guerre d’Algérie 1954-1962, Seuil, Paris, 1982.


[1] HARBI, M. y STORA, B., La Guerre d’Algérie, 1954-2004, la fin de l’amnésie, Éditions Robert Laffont, Paris, 2004.

[2] Recordemos las palabras de De Gaulle (golpista militar según aquellos que no votaran su investidura el 1 de junio de 1958) en las ondas el 27 de mayo: “Ayer comencé el proceso regular, necesario, de establecimiento de un gobierno republicano, capaz de asegurar la unidad y la independencia del país… Espero de las fuerzas terrestres, navales y aéreas presentes en Argelia, que se mantengan ejemplares bajo las órdenes de sus jefes…”

El 3 de junio se le otorgaron plenos poderes durante seis meses y poderes especiales para Argelia.

Cfr. DROZ, B. y LEVER, E., Histoire de la guerre d’Algérie 1954-1962, Seuil, Paris, 1982, p. 179.

[3] Op. cit., p.23.

[4] HARBI, M., « L’Algérie en perspectives », en HARBI M. y STORA B., La Guerre d’Algérie, 1954-2004, la fin de l’amnésie, Éditions Robert Laffont, Paris, 2004, p. 36.

[5] Ibíd. p. 37.

[6] Ibíd., p. 38.

[7] Ibíd., p. 40.

[8] Ibíd., p. 43.

[9] GALLISSOT, R., « La décolonisation du Maghreb : de l’Afrique du Nord française au Maghreb en suspens », en HARBI M. y STORA B., La Guerre d’Algérie, 1954-2004, la fin de l’amnésie, Éditions Robert Laffont, Paris, 2004, p. 36., p. 61.

[10] THÉNAULT, S., « La justice dans la guerre d’Algérie », en HARBI M. y STORA B., La Guerre d’Algérie, 1954-2004, la fin de l’amnésie, Éditions Robert Laffont, Paris, 2004, p. 77.

[11] Ibíd., p. 78.

[12] Ibíd., p. 79.

[13] Ibíd., p. 79.

[14] Cfr. DROZ, B. y LEVER, E., Histoire de la guerre d’Algérie 1954-1962, Seuil, Paris, 1982, p. 58.

[15] Ibid.

[16] Op. Cit., THÉNAULT, S., p. 82.

[17] Op. Cit., THÉNAULT, S., p. 84.

[18] Op. Cit., THÉNAULT, S., p. 85.

[19] Op. Cit., THÉNAULT, S., p. 87.

[20] Op. Cit., THÉNAULT, S., p. 87.

[21] Op. Cit., THÉNAULT, S., p. 90.

[22] Op. Cit., THÉNAULT, S., p. 92.

[23] Op. Cit., THÉNAULT, S., p. 93.

[24] PEYROULOU, J-P., « Rétablir et maintenir l’ordre colonial : la police française et les Algériens en Algérie française de 1945 à 1962 », en HARBI M. y STORA B., La Guerre d’Algerie, 1954-2004, la fin de l’amnésie, Éditions Robert Laffont, Paris, 2004, p. 97.

[25] Ibíd., p. 123.

[26] Ibíd., p. 125.

[27] Ibíd., p. 127.

[28] Ibíd., p. 130.

[29] QUEMENEUR, T., « La discipline jusque dans l’indiscipline », en HARBI M. y STORA B., La Guerre d’Algérie, 1954-2004, la fin de l’amnésie, Éditions Robert Laffont, Paris, 2004, p. 171.

[30] Ibíd., p. 174.

[31] Ibíd., p. 176.

[32] Ibíd., p. 177.

[33] Ibíd., p. 178.

[34] Ibíd., p. 180.

[35] Cfr. Una interesante entrevista del 8 de febrero del 2011 con la autora en http://www.mdzol.com/mdz/nota/271904

[36] Ibíd., p. 182.

[37] En 2002 un tribunal penal de París condenó a una multa de 7.500 euros al general Paul Aussaresses, de 83 años, por publicar un relato de las torturas y ejecuciones sumarias a las que se libró durante la guerra de Argelia, entre 1955 y 1957. En su sentencia, el tribunal da crédito a la teoría de que las autoridades políticas de la época conocían los métodos usados: Aussaresses asegura que el entonces ministro de Justicia, François Miterrand, estaba informado por su representante en Argel.

Cfr. Elpais.com de 26/01/2002. Artículo de Joaquín Prieto.

[38] Ibíd., p. 184.

[39] KAUFFER, K. « OAS : la guerre franco-française d’Algérie », en HARBI M. y STORA B., La Guerre d’Algérie, 1954-2004, la fin de l’amnésie, Éditions Robert Laffont, Paris, 2004, p. 451 y ss.

[40] Ibíd. P. 474.

[41] Para ver detalladamente el papel de las fuerzas armadas en Argelia desde la independencia hasta el comienzo del proceso de democratización en 1988, nos remitimos a ECHEVARRÍA, C. “La fuerzas armadas argelinas: desafíos nacionales e internacionales”, DT nº 8/2004, del Real Instituto el Cano (disponible en la red).

[42] TALEB IBRAHIMI, KH., « Les Algériennes et la guerre de libération nationales. L’émergence des femmes dans l’espace public et politique au cours de la guerre et l’après-guerre», en HARBI M. y STORA B., La Guerre d’Algérie, 1954-2004, la fin de l’amnésie, Éditions Robert Laffont, Paris, 2004, p. 213.

[43] Op. cit., p. 242.

[44] LIZAUZU, C.., « Ceux qui ont fait la guerre à la guerre », en HARBI M. y STORA B., La Guerre d’Algérie, 1954-2004, la fin de l’amnésie, Éditions Robert Laffont, Paris, 2004, p. 161.

[45] Ibíd., p. 164.

[46] Ibíd., p. 168.

[47] LEFEUVRE, D., « Les pieds-noirs», en HARBI M. y STORA B., La Guerre d’Algérie, 1954-2004, la fin de l’amnésie, Éditions Robert Laffont, Paris, 2004, p. 267.

[48] Ibíd., p. 268.

[49] Ibíd., p. 270.

[50] Ibíd., p. 277.

[51] Ibíd., p. 279.

[52] Ibíd., p. 286.

[53] STORA, B. « L’impossible neutralité des Juifs d’Algérie», en HARBI M. y STORA B., La Guerre d’Algérie, 1954-2004, la fin de l’amnésie, Éditions Robert Laffont, Paris, 2004, p. 288.

[54] Ibíd., p. 297.

[55] HAMOUMOU, M.. « L’histoire des harkis et Français musulmans : la fin d’un tabou ?», en HARBI M. y STORA B., La Guerre d’Algérie, 1954-2004, la fin de l’amnésie, Éditions Robert Laffont, Paris, 2004, p. 317.

[56] Ibíd., p. 323.

[57] Ibíd., p. 325.

[58] Ibíd., p. 329.

[59] Ibíd., p. 330.

[60] Ibíd., p. 332.

[61] Ibíd., p. 333.

[62] Ibíd., p. 335.

[63] Ibíd., p. 337.

[64] Ibíd., p. 339.

[65] Ibíd., p. 341.

[66] Ibíd., p. 343.

[67] Ibíd., p. 344.

[68] BARNIER, H., “Argelia, una transición violenta”, Observatorio de conflictos, Informe del Seminario de investigación para la paz, nº 6, 1997, p. 3.

[69] El País digital, “Argelia teme una rebelión en el país” (septiembre de 2011).

[70] Y en este sentido, sirva de apoyo el testimonio de un protésico dental, Walid, este mismo 7 de septiembre, según vemos en el periódico L’Expression-Le quotidien, “Quand les algériens se confient”: “¿cómo vamos a aceptar que fuerzas extranjeras se inmiscuyan en los asuntos internos de un Estado vecino sin reaccionar?, lo que ha pasado en Libia es un grave atentado a la soberanía de los Estados, que no quedará sin consecuencias. ¿Por qué no intervienen en Siria? Allí la situación es mucho más grave. El Assad ha tomado las armas contra su pueblo que es manifiestamente pacífico. Pero la comunidad internacional no hace más que condenar sin más.”

[71] Europapress.es, “Argelia considera que acoger a la familia de Gadafi era una ‘cuestión humanitaria’”, 4 septiembre de 2011.

[72] GHEZALI, S., TAIBO, C., GONZÁLEZ FAUS, J. I., “Las tinieblas de la guerra. Argelia y Kosovo”, en Cuadernos Cristianisme i Justicia, nº 90, mayo 1999, p. 7.

[73] MORÉ, I., « El imprescindible eje Madrid-Argel », ARI Nº 61-2002, en Real Instituto El Cano (disponible en la red).

[74] Cfr. HERNANDO DE LARRAMENDI, M., “Argelia tras la reelección de Abdelaziz uteflika”, ARI Nº 87/2004, en Real Instituto El Cano (disponible en la red).

[75] Cfr. SANCHA, N., « Argelia, entre los desafíos internos y el cortejo internacional”, ARI Nº 119-2005, en Real Instituto El Cano (disponible en la red).

[76] BUSTOS, R. « La política árabe y mediterránea de España”, en Revista CIDOB d’AFERS INTERNACIONALS 79-80, p. 172 (disponible en la red).

[77] Cfr. BOTHA, A, « Atentados suicidas en Argelia, 2007-2008 : al-Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), ARI Nº 33/2009, en Real Instituto El Cano (disponible en la red).

[78] ROBERTS, H., « Argelia : la lógica subyacente de unas ‘no elecciones’ », ARI Nº 68/2009, en Real Instituto El Cano (disponible en la red).

[79] CARLIER, O. « Violence(s)», en HARBI M. y STORA B., La Guerre d’Algérie, 1954-2004, la fin de l’amnésie, Éditions Robert Laffont, Paris, 2004, p. 362.

[80] Ibíd., p. 364.

[81] Ibíd., p. 371.

[82] Ibíd., p. 371.

[83] GHEZALI, S., TAIBO, C., GONZÁLEZ FAUS, J. I., “Las tinieblas de la guerra. Argelia y Kosovo”, en Cuadernos Cristianisme i Justicia, nº 90, mayo 1999, p. 13.

[84] THIEUX, L., « La sociedad civil y las perspectivas de cambio político en Argelia”, ARI 68/2011, en Real Instituto El Cano (disponible en la red).

[85] BRANCHE, R. « La torture pendant la guerre d’Algérie», en HARBI M. y STORA B., La Guerre d’Algérie, 1954-2004, la fin de l’amnésie, Éditions Robert Laffont, Paris, 2004, p. 381.

[86] Ibíd., p. 385.

[87] Ibíd., p. 387.

[88] MEYNIER, G.. « Le PPA-MTLD et le FLN-ALN», en HARBI M. y STORA B., La Guerre d’Algérie, 1954-2004, la fin de l’amnésie, Éditions Robert Laffont, Paris, 2004, p. 437.

[89] Ibíd., p. 387.

[90] En este sentido, Henri Alleg, periodista político torturado en Argelia y autor del célebre libro “La question”,  declaró en una entrevista que “efectivamente, lo que sucede en Irak es una versión de lo que había sucedido en Argelia y en otros países […] Esta enseñanza la realizaron en los mismo Estados Unidos, particularmente en Fort Bragg, así como también en América Latina”.

Cfr. http://www.pvp.org.uy/alleg.htm

[91] AMIRI, L. « La répresion policière en France vue par les archives», en HARBI M. y STORA B., La Guerre d’Algérie, 1954-2004, la fin de l’amnésie, Éditions Robert Laffont, Paris, 2004, p. 381.

[92] GHEZALI, S., TAIBO, C., GONZÁLEZ FAUS, J. I., “Las tinieblas de la guerra. Argelia y Kosovo”, en Cuadernos Cristianisme i Justicia, nº 90, mayo 1999, p. 7.

[93] Op. cit. BRANCHE, R, p. 398.

[94] Ibíd., p. 401.

[95] Ibíd., p. 416.

[96] KAUFFER, R. « OAS : la guerre franco-française d’Algérie», en HARBI M. y STORA B., La Guerre d’Algérie, 1954-2004, la fin de l’amnésie, Éditions Robert Laffont, Paris, 2004, p. 451.

[97] Ibíd., p. 454.

[98] GONZALES, J-J.. « Une utopie méditerranéenne. Albert Camus et l’Algérie en guerre », en HARBI M. y STORA B., La Guerre d’Algérie, 1954-2004, la fin de l’amnésie, Éditions Robert Laffont, Paris, 2004, p. 597.

[99] Ibíd., p. 613.

[100] TODOROV, TZ, La tortura durante la guerra de Argelia, en la introducción a dicho libro disponible en la red.

 

 

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Carta enviada al periódico Diagonal en su edición aragonesa

Posted by algomasquecierzo en 5 octubre 2011

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El régimen de Vichy (el precio de la soberanía).

Posted by forseti4y9 en 3 octubre 2011

Este trabajo fue uno de los dos que tuve que presentar a Historia del Mundo Contemporáneo II.

Introducción.

En este trabajo hemos hecho un repaso a las tesis más importantes que Robert O. Paxton presentó en su libro La Francia de Vichy, 1940-1944, que tuvieron un impacto muy importante en la historiografía del régimen de Vichy, al ponerse el acento en la actitud proactiva del gobierno de Pétain en las políticas pro-nazis (I).

Este giro paxtoniano ha tenido influencia en la visión de diferentes aspectos del régimen vichyste, como la Resistencia o las propias políticas de la memoria, como podemos comprobar de la mano de Wieviorka (II).

Diferentes autores sancionan la importancia de la obra de Paxton, que queda señalada como un hito dentro de la historiografía gracias al acceso a los archivos alemanes y americanos (III).

I Vichy según Paxton. La colaboración no es mera respuesta a los impulsos de Berlín.

Como bien señala Paxton, la derrota es un estado mental . Cuando Francia renunció a proseguir la guerra desde el África del Norte francesa (“había, por tanto, alternativas válidas para un armisticio, y éstas significaban una pesadilla para Hitler” ), cuando, en palabras de Charles de Gaulle, “ni una sola figura pública elevó su voz para condenar el armisticio” , se estaban aceptando, según Paxton, “dos conclusiones estratégicas: la guerra había terminado, y Alemania había vencido” .

La opción de no darse por vencido, apostando por el desorden y los elementos armados, era “impensable para un pueblo que libraba una segunda guerra en menos de un cuarto de siglo y atemorizado por el espectro de la revolución que seguía a cada crisis, como había sucedido en 1871, 1917 y 1936” .

En definitiva, al haberse producido una ofensiva tan rápida, los franceses apostaron por el orden frente al caos, y se resignaron a la derrota, en la confianza de que el armisticio sería algo breve y que la guerra acabaría pronto con una Alemania vencedora. De fondo estaría la idea de que el Estado francés no es “un mero instrumento de una voluntad general soberana ni un árbitro entre el pueblo, sino un bien positivo en sí mismo, el portador de unos valores mayores que la suma de los individuos que la constituían” .

Desde el momento en que el documento de armisticio recogía que el gobierno francés debía asistir a las autoridades alemanas en el ejercicio de sus “derechos de potencia ocupante”, y se ordenaba a los funcionarios franceses y a los servicios públicos a que se “sometieran a las decisiones de las autoridades alemanas y colaborasen fielmente con ellas”, la complicidad cotidiana “condujo, gradual y eventualmente, a un apoyo activo a las medidas alemanas que hubiese sido inimaginable en 1940” .

Así, “el mito del paseo alemán a través de unas defensas francesas inexistentes, quedó establecido. Y con él vino el repudio de la Tercera República y el anhelo de algo distinto. ”

Ese repudio provocó, los días 9 y 10 de julio, que la Tercera República se autoinmolara en Vichy.

No es cierta por tanto la teoría de la conspiración de Laval, según nos explica Paxton. “Todos los presentes en Vichy no necesitaron ser persuadidos por Laval para enterrar la constitución de 1875, pues hubo unanimidad casi total respecto a sus fallos” . Es más, la actitud de la Asamblea del 9 de julio de entregar plenos poderes a Pétain y revisar las leyes constitucionales “reflejó casi unánimemente la opinión pública francesa” .

Así, según las nuevas leyes constitucionales, Pétain podía llevar a cabo todos los actos ejecutivos y legislativos, excepto la declaración de guerra, sin consultar con la Asamblea.

Como advierte Paxton, “la colaboración ya no significaba meramente cumplir con las tareas cotidianas bajo la ocupación enemiga. La colaboración pasaba a ser el hecho de aprovechar la presencia de un ejército extranjero para llevar a cabo cambios esenciales en todo lo referente al gobierno, la enseñanza y el trabajo de los franceses” .

Y al frente de este gobierno no estaba un anciano senil: “los actos de Pétain eran opciones conscientes y deliberadas” . Un Pétain que se creyó indispensable, y que “se aferró a su puesto de mando con el abrazo de la conciencia, mucho más peligroso que el de la ambición” .

Así, tal como resume Paxton, “en tanto que la presencia directa de los alemanes en los dos tercios norteños de Francia no dejaba lugar a dudas en cuanto a la ubicación del enemigo, en el sur no estaba claro si el antigermanismo significaba oponerse a Vichy o unirse a él en su simulacro de independencia y su retórica nacionalista” .

Es por eso que “la primitiva Resistencia en 1940 fue obra de individuos excepcionales, en general ya al margen del contexto social de un modo u otro” .

Esa excepcionalidad de la disidencia se manifiesta con mayor rotundidad desde el momento en que Vichy controló la mayor parte del imperio francés, por lo que “el que deseara reunirse con De Gaulle sólo podía hacerlo al precio de la ruptura total con su vida corriente, mediante la huida y el exilio” . Un De Gaulle, recordemos, que era acusado de servir a los intereses británicos.

Si Paxton echa por tierra la teoría de la conspiración de Laval, lo mismo sucede con la teoría del “doble juego” : no había ninguna conexión secreta entre De Gaulle y Pétain, sino que “Vichy buscó la neutralidad, una paz pronta y un arreglo final con Alemania en términos suaves” .

La tesis de Paxton quiere poner de manifiesto que la “colaboración” de Vichy no es una mera respuesta al impulso y energía proveniente de Berlín, sino que hubo cosas que Vichy hizo sin presión de los alemanes y cosas que rogaron que hicieran los alemanes .

Y ese fue uno de los errores del proceso contra Pétain, el de que la acusación se centrara en los pecados de omisión más que en los pecados cometidos. El de dar la imagen de que simplemente había una demanda alemana y una respuesta de Vichy (prudente o cobarde, según las preferencias de cada uno).

En conclusión, uno de los fines principales del libro de Paxton La Francia de Vichy, 1940-1944, es el de “exponer a la luz las iniciativas de Vichy”, es por tanto el de “destacar Vichy a expensas de los colaboradores de París” .
En definitiva, “los archivos alemanes contemporáneos sugieren una política de Vichy mucho más distribuida y concertada para preparar el salto por encima del armisticio y buscar un lugar dentro de la Europa de Hitler” .

La colaboración por tanto, según Paxton, “no fue una demanda alemana a la que algunos franceses accedieron por simpatía o por astucia” , sino que, al contrario, el interés de Berlín en la colaboración sólo se suscitó por “el problema de la defensa del Imperio francés contra la infiltración britanicogaullista” (por la implantación de los gaullistas en el África Ecuatorial francesa, que amenazó con extenderse al África Occidental), haciendo que “de pronto Alemania juzgase vitalmente útiles la autoridad y la independencia de Vichy” .

“El régimen de Vichy deseaba negociar un acuerdo general con el territorio francés intacto a cambio de la defensa activa del Imperio francés contra los británicos” .

De ello son buen exponente las entrevistas de Montoire entre Laval y Hitler, en primer lugar, y Pétain y Hitler, dos días más tarde.

En este panorama de la “nueva política” francesa imperialista que nos dibuja Paxton, “no cabe duda de que fue más la desgana alemana e italiana, y no un titubeo por parte de los franceses, lo que impidió a Vichy hacer más cosas” , aunque también es verdad que había simultáneos esfuerzos para tener “un cierto entendimiento con los aliados” .

La destitución de Laval el 13 de diciembre de 1940 (¿quizá como consecuencia del veto humillante a la anunciada visita de Pétain a París el 3 de diciembre? ) supuso el fin de esa “nueva política”, y Hitler perdió interés en Francia, y se conformó con tener neutralizado el Imperio francés.

En cualquier caso, “la destitución de Laval no ejercía ‘el menor’ efecto sobre la plena lealtad francesa a los ‘acuerdos’ de Montoire. […] La colaboración podía continuar si los alemanes la deseaban” .

En este sentido, incluso Paxton apunta que “si bien suele ser Laval el calificado de chaquetero y oportunista, fue en realidad Darlan quien llevó a Francia más cerca de la cooperación militar directa con Alemania en 1941 y el que se encontró, tal vez accidentalmente en el bando aliado en noviembre de 1942” .

Entre los acuerdos alcanzados, cabe destacar también los Protocolos de París, que recogen los derechos alemanes en el Imperio francés .

El gran designio de Darlan era lograr un tratado de paz con una Francia asociada a un sistema continental dominado por Alemania.

En la ‘nota verbal’ del 14 de julio intentaba “librar a Francia de las restricciones del armisticio y restablecer unas relaciones normales con Alemania” .

Pétain secundó los esfuerzos de Darlan y “puso el acento en el bolchevismo como enemigo común de Francia y de Alemania” , y se entrevistó con Göring en Saint-Florentin el 1 de diciembre.

Esfuerzos que fracasaron, “a pesar de haber presentado las ofertas más sensacionales de todo el período de Vichy” .

Es por eso que Pétain, y no por una petición alemana, buscó una nueva figura, y acabó siendo Laval quien en abril de 1942 “asumió entonces el cargo de primer ministro, hasta entonces ostentado por Pétain, y el mariscal quedó únicamente como jefe de Estado” .

En resumen, “los dos primeros años posteriores al armisticio constituyen una especie de unidad. Como Laval antes que él, Darlan trató de conseguir un lugar autónomo y neutral en la Europa de Hitler” . Pétain participó en la búsqueda de ese arreglo. Hitler, arrogante, no les dio esa oportunidad.

El armisticio, por otro lado, internamente, “ofreció una oportunidad histórica para un cambio como Francia no había experimentado desde 1870, y en realidad tal vez desde 1789” . Así, se hizo una llamada a la revolución nacional. El régimen de Vichy no fue por tanto un mero “régimen custodio de presence” , sino que “fue tan complejo como los varios grupos que, desde las alas, pasaron al escenario que había dejado el ‘centrismo’ de la Tercera República” .

Lo que Paxton quiere corregir es una interpretación que es un error de bulto: “la Revolución Nacional no fue un proyecto de Hitler” . Poco le importaba a Berlín el orden moral o educativo del interior de Francia. Y si Francia se reclamaba para los franceses, si debía ser ‘purificada’ de la decadencia de los métèques (protestantes, masones y judíos), si Vichy estableció su propio sistema de campos de concentración, si estableció una purga y un sistema de contingentes en una política antisemita, basada en una xenofobia “más cultural y nacional que racial” , si se hicieron leyes para “eliminar toda influencia judía en la economía nacional”, si se expoliaron las propiedades judías en la zona ocupada… si todo eso se hizo para reafirmar la soberanía francesa sobre la Zona Ocupada, como dice Paxton, a Vichy ese tiro le salió por la culata, pues “el antisemitismo se convirtió en una holgada vía de paso para la influencia alemana sobre Vichy” .

En todo caso, sus medias antisemitas, las deportaciones desde Francia por ejemplo, supusieron una inestimable ayuda para los alemanes cuando comenzó “el bestial programa de la Solución Final”, como concluye Paxton .

O como dice en otro momento, “en espera de la paz, obligado a improvisar y basado en un fatal error de cálculo geopolítico, Vichy se convirtió, según la gráfica expresión francesa, en una cesta de cangrejos” .

En definitiva, no basta con vincular sin más a Vichy y su Revolución Nacional con los regímenes fascistas de Alemania e Italia, pues eso hace pensar que es una mera importación extranjera, y “oculta las profundas raíces que conectaron las políticas de Vichy con los principales conflictos de la Tercera República” . Y en realidad, la Revolución Nacional de Vichy está más cerca del extremo conservador que del fascista; aunque si por fascismo entendemos, en sentido amplio, “medidas enérgicas por parte de una clase media asustada” , es cierto que Vichy fue fascista.

La participación activa en el régimen de Vichy se vio legitimada por una opinión pública que sólo se volvió decisivamente contra el régimen “en la primavera de 1943, después de ocupada toda Francia y después de iniciarse el envío de jóvenes franceses a las fábricas alemanas” .

Y es que la opinión pública francesa ya antes de 1940 temía al bolchevismo y entendía que “la revolución era la amenaza más grave para Francia y que la guerra contra Hitler era una lamentable desviación con respecto a la tarea principal, es decir, la supresión de dicha revolución” .

Cuando el 11 de noviembre de 1942 las fuerzas alemanas penetraron en el sur de Francia como reacción ante el desembarco aliado en África del Norte, y todo el país quedo entonces ocupado, Francia perdió su Imperio, pues quedó casi enteramente en poder de los aliados, y además perdió su flota, hundida por sus dotaciones el 28 de noviembre cuando los alemanes se disponían a apoderarse de ella.

Y sin embargo Pétain siguió sin unirse a los aliados. Si bien Darlan sí que “accedió a alinear los recursos franceses norteafricanos al lado de los aliados. Con ello surgió en África del Norte una especie de ‘Vichy a la inversa’ bajo la ocupación aliada” .

Por ello, Paxton concluye: “El mariscal Pétain y los miembros de su gabinete, cuyo lenguaje en 1943 sobrevive, no eran attentistes. No esperaban el momento de volver a lanzarse a una guerra […] y optaron por los riesgos […] de la continuación de la colaboración, con preferencia al peligro de una revolución que parecía entrañar la liberación por la fuerza de las armas” .

Cuando a finales de 1943 toda la legislación francesa debería ser sometida al escrutinio alemán, la amenaza de Pétain “de convertir el gobierno francés en un régimen puramente administrativo como el de Bélgica –la solución que hubiese sido la más adecuada en junio de 1940- quedó automáticamente anulada en noviembre de 1943, puesto que, tras haberse aferrado a la soberanía en 1940 y haber puesto siempre el orden interno por encima de todo lo demás, Pétain se vio condenado a ejercer aquel retazo de soberanía bajo la vigilancia alemana y hasta el último y amargo extremo” .

En 1944 el rasgo interesante de Vichy es el esfuerzo para efectuar una transferencia ordenada de la autoridad estatal, con la pesadilla de la guerra civil y la negativa del general De Gaulle en cuanto a aceptar el manto del poder de manos de Pétain.

Este interés en una transición ordenada de Vichy es curiosamente armónico con el de la transición de Argel , motivo de nuestro otro trabajo para esta misma asignatura.

Haciendo un balance de pérdidas y ganancias, Paxton concluye que “el régimen de Vichy no salvó al pueblo francés de las penalidades, tal vez mayores que las dufridas por los países totalmente ocupados de la Europa occidental. Además, esas penalidades no se repartieron por igual entre todos los franceses” .

Y añade un inventario moral contra la élite de Vichy: el utilizar la derrota de 1940 “en favor de unos propósitos tortuosamente sectarios: desquitarse del Frente Popular y rehacer Francia a lo largo de unas nuevas líneas no menos partidistas que las antiguas y al servicio de unos intereses más delimitados” .

Y acusa a Vichy por su complicidad: “al readquirir continuamente su espectral soberanía a precios cada vez más altos, el régimen de Vichy convirtió a muchos franceses en cómplices de leyes y políticas a los que normalmente no hubiesen dado su consentimiento” .

La complicidad final a partir de noviembre de 1942 es más incomprensible para Paxton, y apunta como motivos a “la inercia burocrática y la incapacidad para hacer consideraciones más allá de la eficiencia del Estado, pero hubo además la atracción ejercida por la Revolución Nacional sobre sus partidarios” .

La tesis de Paxton nos hace pensar en que los franceses de 1940 no estuvieron a la altura del momento cruel que les tocó vivir, cuando “para salvar los valores más preciados de una nación, es preciso desobedecer al Estado” . Efectivamente, el honor de los ciudadanos libres, iguales y fraternales, se fue por el sumidero de la complicidad con los que creían iban a ser los vencedores en Europa.

El precio de la soberanía francesa fue la pérdida del honor de unos franceses sojuzgados, por lo que efectivamente la soberanía de Vichy fue quedándose, como la ha calificado Paxton, en un mero espectro, un fantasma que, por otra parte, no pueden abandonar, y reside ya para siempre en su memoria atormentada.

II Vichy según Wieviorka.

Wieviorka, en una visión que creemos debe bastante al giro que supone Paxton en la consideración del régimen de Vichy, entiende el Estado vichyste como la primera ocasión en la historia nacional de Francia en la que la extrema derecha accede al poder y logra, bajo la cobertura de la Revolución nacional, aplicar su programa. Nacida de la derrota y producto de la guerra, el régimen de Pétain, por las condiciones de su nacimiento y para aferrarse al poder, unió su destino al del Tercer Reich, al que acompaño hasta su retiro en Sigmaringen.

Ese pensar que lo patriótico era obedecer a Pétain cuando con el paso del tiempo se pudo comprobar que colaborar con Alemania suponía hacerse cómplice de sus soluciones ‘bestiales’, llegó en un primer momento a confundir incluso a la Resistencia.
De hecho, en un primer momento, la Resistencia, Défense de la France, sostiene a Vichy, si bien de manera prudente, matizada y condicional . Precisamente por la misma ambigüedad de Vichy, al menos en sus comienzos. En el inicio, condena sin duda la colaboración, pero está persuadida de que Pétain resiste a los diktats alemanes.

No obstante, con el tiempo hay una clara distinción entre la base de la Resistencia, gaulliste, y sus jefes, más moderados . En cualquier caso, la satisfacción de pertenecer a un movimiento de Resistencia y el consenso sobre la acción priman en general sobre las diferencias políticas.

Según Wieviorka, la evolución de Défense de la France le lleva a condenar Vichy, a partir de noviembre de 1942 (fecha a partir de la cual hemos visto que Paxton considera claramente inaceptable la postura de Vichy), pero eso no hace que se pongan del lado del general De Gaulle de manera ni inmediata ni entusiasta, sino que sólo se asocia a su lucha en la medida en la que quede militar y se dirija contra los únicos enemigos. De hecho, el movimiento prefiere al general Giraud, pidiendo en enero de 1943 que De Gaulle una sus tropas bajo el mando de aquel , opción que se sitúa entre el antes abrazado vichysme o maréchalisme y el todavía reticente gaullisme.

De fondo está el contencioso que todavía hoy opone a la Resistencia interior y a De Gaulle, a quien acusan de haber roto la fuerza política que encarnan, por temor a ver surgir a un competidor que amenace su legitimidad .

No hay que menospreciar el valor, incluso moral, de esta Resistencia. Como decía Jean Paulhan :
Puedes cerrar en tu mano una abeja hasta que se asfixie. No se asfixiara sin haberte picado. Es poca cosa, dices tú. Sí, es poca cosa. Pero si no te picara, haría mucho tiempo que ya no habría abejas.

En efecto, señala Wieviorka, la Resistencia en general ha permitido a miles de franceses participar en el combate y comprometerse, aunque fuera modestamente, en la lucha contra Alemania y el régimen vichyste.

En este sentido, quizá la soberanía espectral francesa no se guardó tanto en manos de Pétain como en los miles de manos de los ciudadanos franceses que no se rindieron y plantaron cara en la lucha en la resistencia. El precio de la soberanía no lo puso quizá el mariscal, ni siquiera el general, sino los resistentes. Tal vez por ello el general les ninguneó, y tal vez por eso mismo quiso crear otro espectro, otra fábula, la de que todos los franceses habían guardado su soberanía pese a los alemanes y pese a la colaboración. De rebote, esta política de De Gaulle ninguneó también la memoria de los republicanos españoles que lucharon en la división Leclerc, pero esa era parte del precio a pagar para mantener la ficción de la soberanía francesa, de una grandeur nunca ahogada, de un Estado y una sociedad no totalmente humillados, entregados, y lo que es peor, creyentes, con las políticas nazis. En el fondo, De Gaulle se sentía el único que mantenía en sus manos la soberanía francesa, y quiso repartirla entre la sociedad francesa para poder superar el trauma de la colaboración y evitar una guerra civil.

En este sentido, Wieviorka señala que con la Liberación, tras cuatro años de ocupación, Francia no había olvidado la derrota, y seguía rumiando el incomprensible derrumbe de 1940. La guerra civil amenazaba, el ejército de las sombras y el partido comunista querían saldar sus cuentas con los que mantuvieron el régimen de Vichy. Así, el jefe del gobierno provisional de la República francesa del 3 de junio de 1944 al 20 de enero de 1946 medía la amplitud de los traumatismos. De Gaulle edificó una política de la memoria destinada a suturar las heridas y a restaurar la confianza en una nación dividida.

Una política memorial que quiere en primer lugar celebrar a los héroes, favoreciendo, en apariencia, un sincretismo . Pero que en realidad, como reverso de la moneda, excluye a los civiles (judíos deportados, trabajadores del servicio obligatorio, pueblos bombardeados…) y a los prisioneros de guerra .

Una política de la memoria que ha ido evolucionando a lo largo de los sucesivos gobiernos franceses hasta nuestros días, como analiza Wieviorka, pero que en todo caso puede ser calificada en cierto modo de negacionista.

La contribución de Paxton para descubrir esa verdad oculta fue fundamental, pues abrió un camino que luego ha sido muy transitado, el de reconocer la verdad del régimen de Vichy.

Como señala Wieviorka, el poder político no ha jugado siempre el juego de la verdad, prefiriendo, más que afrontar las realidades que disgustan –la política del régimen de Vichy por ejemplo- privilegiar la negación. Como dice Nora: lo que hay de específico en la reacción francesa a la marejada mundial de la memoria y que le confiere su virulencia, es sin duda el contraste entre el poder de la imagen inmaculada que Francia ha aprendido a proyectar de sí misma, y la confrontación penosa, tardía, contrariada, con las realidades históricas que contradicen esa imagen, la rompen, y aparecen ellas mismas más negras de lo que son. Sobre Argelia, sobre la Ocupación, sobre la Resistencia, sobre la guerra de 1914, sobre la colonización hay una leyenda, mentiras, falsificaciones, bloqueos, negaciones. Esos obstáculos, puestos por todos los medios a disposición del Estado para impedir el conocimiento de la verdad (empezando por el secreto de los archivos) han mantenido la idea malsana de un cadáver siempre escondido en el armario .

En este sentido, podemos señalar que en los años ochenta hubo sobre todo tres organizaciones que se ocuparon de rehabilitar al mariscal Pétain. Y lo que es peor, de la rehabilitación del mariscal algunos pasan con facilidad a la revisión/negación de la historia: y eso, con discreción, prudencia y sin conocimiento particular del medio negacionista. Para estos, como subraya Igounet , el discurso de Robert Faurisson representa un dilema. Por un lado, les da la oportunidad de lavar la imagen de Pétain, acusado indebidamente de haber sido cómplice del exterminio de los judíos; pero por otro lado, la realidad del genocidio judío es difícilmente objetable porque se han acostumbrado a decir que con el mariscal, presentado como el ‘salvador de Francia’, muchos judíos han sido salvados de la persecución y del exterminio.

¿Es esto una singularidad francesa? Para responder a esta pregunta, traemos a colación una reflexión de Kupferman :

Pétain, Pucheu o Laval, cuando se les juzga dicen muy alto que asumen su gestión y no lamentan lo que han hecho. Está fuera de duda que han crido servir a su país, pero el proceso intentado con Vichy no trata sobre intenciones. Poco importa el puro amor por Francia que inspira a Pucheu cuando elige a los rehenes prometidos a las balas alemanas. No tiene interés debatir las razones del origen de la funesta proposición hecha por Laval a Dannecker en julio de 1942. Sólo cuenta un hecho, el jefe del gobierno había dicho: ‘ningún niño judío debe quedar en Francia’ y dos mil niños de menos de seis años, seis mil de menos de trece, han sido deportado hacia Auschwitz para morir allí.

En otros países, Pétain, Laval o Pucheu tienen también sus homólogos, que han podido explicar, ellos también, que habían actuado para proteger a sus compatriotas. El proceso Quisling es contemporáneo del proceso Pétain y Laval, pero hace mucho que el asunto Quisling ha dejado de conmocionar a los noruegos. Diríase que sólo en Francia se sigue con la querella: ¿tenían razón, estaban equivocados, podían hacer otra cosa? Todo sucede como si no fuera cosa juzgada, y los franceses son invitados periódicamente a reexaminar las piezas del proceso, completada la ocasión con acusaciones contra los que hicieron la depuración. El Estado contribuye a mantener con vida el eterno debate, prohibiendo el acceso a los archivos, en tanto que se trata del período maldito. Es dejar creer en una verdad oculta, mientras que los archivos del Tercer Reich, felizmente abiertos a la investigación, refuerzan mucho más el dossier de la acusación más que el de la defensa.

III. La importancia de Paxton.

Tanto es así que el debate sigue vivo que el “síndrome de Vichy” se manifestó en 1997 en el proceso de Maurice Papon por su papel en la deportación de judíos de Burdeos a Drancy y luego a Auschwitz, entre 1942 y 1944 .

Y tanto es el impacto de los trabajos de Paxton que fue uno de los historiadores llamado al estrado por la acusación en su calidad de experto.

Como dice Fishman, la herencia del régimen todavía es equívoca y se contesta. Con la Liberación en 1944 se redujo Vichy a un simple paréntesis, con Pétain como protector de la crueldad de la venganza alemana y Laval como el que cedió a la política antisemita y a la represión de la Resistencia. Y esa versión satisfacía a todas las vertientes políticas.

Pero ya desde Le Chagrin et la Pitié, de Marcel Ophus (por cierto, mi interés por Vichy viene dado por la visión hace unos años de este documental), se vio que de ninguna manera hubo una nación francesa unidad en una resistencia feroz contra el invasor.

En ese sentido, como sigue Fishman, el libro de Paxton objeto de nuestro ensayo franquea un paso suplementario, al echar mano de los archivos alemanes y americanos, para afirmar, como ya hemos visto, que la colaboración fue una propuesta de Francia. Que Vichy no dejó de ofrecer más de lo que los alemanes le pedían, sobre todo en materia de políticas antisemitas y de trabajo.

Así, el libro de Paxton, señala Fishman, ha jugado un papel fundamental en la transformación del modelo de interpretación de los años de Vichy.

Para Marrus, la importancia del libro de Paxton es esencial en cuanto al tema judío. Por ejemplo, con l’Histoire de Vichy de Robert Aron, la imagen de Vichy era que este había amortiguado el impacto de la Solución final, salvando a los judíos de la deportación y la muerte .

Y esa indulgencia de Aron y otros autores respecto a Vichy puede ser explicada según Marrus por a) la necesidad de tiempo para poner en perspectiva los crímenes de genocidio; b) no haberse fijado tanto en los dos primeros años, cuando Vichy definió su programa antijudío por propia iniciativa y sin ser obligado por los alemanes (confiscación de bienes por la arianización, excluirlos de los servicios públicos, profesiones liberales y enseñanza superior etc.) asimilando renacimiento nacional con antisemitismo; c) el error de interpretación sobre las raíces auténticamente francesas de la campaña antijudía de esos dos años.

En Vichy el antisemitismo no era el fundamento del régimen como en el nazismo, pero el programa antijudío de la Revolución nacional concordaba perfectamente con los objetivos del nazismo, del que ya eran conocido el carácter de muerte que tenían sus políticas antijudías incluso antes de definirse la Solución final.

A los alemanes les fue muy facilitado el trabajo gracias a los dos años de persecución de los judíos que llevó a cabo Vichy tanto en la zona ocupada como en la libre.

En Vichy nadie se interesó en las pruebas que se acumulaban de los campos de exterminio, pues el problema de la persecución de los judíos era secundario, y la extensión de la masacre no era tanto por la distinción entre judíos franceses o extranjeros como por la evolución de los combates en Europa.

Como concluye Marrus: cuanto más sabemos de Vichy, más abyecto nos parece ese régimen. Y en ese sentido, destaca la importancia del libro de Paxton para denunciar que lo que hubo fue un temor al abismo que se abriría si cesaba la autoridad del Estado.

En ese mismo sentido, para subrayar este aspecto, es por lo que hemos titulado a nuestro ensayo el precio de la soberanía.

Hoffmann destaca también la importancia del libro de Paxton en la comprensión de Vichy, que fue evolucionando desde un primer período hasta 1950 en los que se borran esos años de la historia, y se entiende que la colaboración fue cosa de malhechores; hasta otro hasta 1960, con el libro de Aron presidiendo el período intentando apaciguar las pasiones y provocar la comprensión; un tercero hasta 1970 con Paxton y otros, como el documental Le Chagrin et la Pitié, que reinsertan a Vichy en la continuidad histórica de Francia; y un cuarto que se abre con la publicación de libro de Paxton en Francia y su reconocimiento, aceptándose su visión y estableciéndose un mejor equilibrio de las posturas, planteándose el tema de la responsabilidad del Estado.

En este sentido, el rechazo de Chirac de una historia oficial que De Gaulle y el anti-gaulliste François Miterrand habrían defendido (Vichy no era Francia, Francia era la República, y el Estado francés no era el verdadero Estado francés) fue la conclusión de la revolución paxtoniana.

En ese sentido es en el que antes he dicho que De Gaulle se sentía el depositario de la soberanía tanto como Pétain el garante de una soberanía francesa que no dejaba de ser espectral en ambos casos, una soberanía de la que los pedazos rotos eran transportados a Alemania y a la que sólo la Liberación pudo dotarla de vida.

En todo caso, subraya Hoffmann, todavía hay debates vivos, como el de si es justo hacer del tratamiento de los judíos el centro de gravedad de Vichy.

Yves Durand destaca que la colaboración es una elección voluntaria e ideológica de Vichy que puede verse ya implícitamente en la firma del armisticio y que se explicita después de Montoire, y que se inscribe en un Nuevo Orden hitleriano en Europa, donde Francia no es el único país con regímenes políticos que colaboran.

Esa colaboración va desde el programa antijudío (los judíos salvados en Francia no pueden agradecerse a Vichy, dice Durand) hasta la ayuda económica (entrega de mano de obra al Reich, servicio de trabajo obligatorio, como colaboración voluntaria francesa) y la cruzada contra el bolchevismo.

Una colaboración de Estado que viene motivada por la ideología anticomunista y antisemita, y por la “razón de Estado”.

En palabras de Durand volvemos a ver el precio de esa soberanía espectral de la que venimos hablando: la ilusoria búsqueda de la soberanía ha sido probablemente el motivo principal y de más pesadas consecuencias de la colaboración de Estado, no sólo en Vichy, sino por todo sitio donde un gobierno se presenta como interlocutor de los alemanes.

Y concluye: En Vichy, como en Bucarest o en Sofía y por otras partes de Europa, la colaboración manifiesta más una práctica ciega de la razón de Estado y una ilusoria defensa del interés, de la soberanía y de la unidad nacional más que de la ideología.

Destaca asimismo que las ambiguas relaciones en cada Estado entre colaboradores (Vichy) y colaboracionistas (París) encarnan el balance interior entre ideología y práctica de la razón de Estado. Pero en realidad Pétain se asoció en el plano internacional con los Estados fascistas.

Veillon por su parte destaca que desde el principio hubo entre la Resistencia quienes eran antivichystes irreductibles, pero que eran una minoría, y que la mayoría consideraban a Pétain un último recurso, un guía natural en primer lugar, luego deseado.

Por tanto, habría habido una resistencia maréchaliste.

Incluso Frenay y Combat, a pesar de su manifiesto rechazo de la opción maréchaliste, quedaron marcados por sus elecciones iniciales.

Y califica de vichysto-résistants a Uriage, François Mitterrand y el movimiento de los prisioneros de guerra. Son a la vez vichystes y resistentes.

Y concluye emplazando a continuar los estudios de Vichy en relación estrecha con la cuestión de la Resistencia en la estela marcada por Robert Paxton, para ver la diversidad de los comportamientos y actitudes de las organizaciones resistentes.

Para ir acabando, queremos destacar con Rousso que no deja de ser un cliché infundado que los franceses no hayan sido capaces de afrontar su pasado, desde la Liberación hasta el proceso Papon.

En ese sentido, el libro de Paxton ha tenido un impacto muy importante poniendo en evidencia una interpretación global del régimen, de su ideología y de su acción concreta, y de la profunda coherencia del proyecto vichyste. El enlace existente entre “colaboración de Estado” (como política exterior) y “Revolución nacional” 8como política exterior). No se trata tanto de subrayar la traición como la autonomía de los colaboradores, poniendo el acento del análisis en el “Estado francés”.

Esta revolución paxtoniana alcanzó tal impacto que incluso Lionel Jospin como primer ministro en su discurso de 20 de julio de 1997 reconoció que los saqueos de Vel’ d’Hiv habían sido decididos, planificados y realizados por franceses.

Y Rousso llama la atención también sobre otro cliché (formulado por ejemplo por Bernard-Henri Lévy): pensar que Vichy es una manifestación necesaria de lo que existía latente en la cultura política francesa. Y señala que no es cierto que el fascismo francés haya sigo una alternativa política creíble, pero que aquel cliché viene bien ahora por la remontada actual de las ideologías xenófobas.

Así mismo, señala que el antisemitismo de Vichy sólo puede ser central en una visión nacida mucho después del acontecimiento, lo que no quiere decir que no hayan de reconocerse las responsabilidades de Vichy.

Finalmente, el libro de Paxton ha creado otro cliché, el de que sólo los extranjeros como él pueden escribir la historia de Francia.

IV Epílogo.

A modo de conclusión, podemos apostar por la idea de que el precio que Francia pagó por mantener su soberanía en las manos de un régimen colaboracionista excepcionalmente proactivo en su actitud a favor del Eje fue el de seguir rumiando su pasado vergonzante en su memoria, y el de crear nuevo espectros de soberanía sea en las manos de De Gaulle o en las de la Resistencia. El fantasma creado para mantener esa ilusoria soberanía continúa atormentando el recuerdo que los franceses y la propia historiografía gala tiene de aquellos años sombríos, semejantes, en cierto aspecto, a la zona gris de la que nos hablaba Primo Levi cuando se enfrentaba a la experiencia de los campos de exterminio, Sonderkommandos incluidos.

Para terminar, lo haremos con dos testimonios.

André Lavagne, director adjunto del gabinete civil de Pétain, escribió el 12 de agosto de 1942 en sus carnets aún inéditos, testimoniando su reacción de rechazo ante los saqueos en curso y las deportaciones de judíos y ante el papel jugado por el Estado francés, que hacen referencia a esa soberanía espectral de Vichy :

Los alemanes actúan más o menos libremente entre nosotros, mientras que en apariencia Francia conserva una cierta soberanía autónoma y se gobierna ella misma. Nos deshonramos no siendo más que los instrumentos de los alemanes. Más vale dejar a los alemanes la responsabilidad de sus decisiones que aplicarían ellos mismos.

Y Pétain, quien anotó personalmente con su puño y letra un documento, revelado por Éric de Rothschild y Serge Klarsfeld en 2010, pidiendo a su gobierno, en Vichy, que agravara las penas y medidas racistas contra los judíos.

Este documento ha sido comentado por Paxton: “Se trata de algo excepcional. Ese documento debía estar en los archivos nacionales desde hace setenta años. Pero alguien lo ha ocultado y ha terminado vendiéndolo, a título privado. Una vez que se hagan las verificaciones pertinentes, del papel y la escritura, cambiará radicalmente la imagen de Pétain. Habíamos pensado que el mariscal había sido ‘indiferente’ a la suerte de los judíos. Ese documento viene a probar lo contrario: él mismo participó de manera muy activa, a la cabeza del Estado colaborador de la Alemania nazi, en las políticas policiales y racistas contra los judíos” .

BIBLIOGRAFÍA PRINCIPAL

PAXTON, ROBERT O., La Francia de Vichy, 1940-1944, Editorial Noguer, Barcelona 1974.

WIEVIORKA, O., La mémoire désunie. Le souvenir politique des années sombres, de la Libération à nos jours. Seuil, Paris, 2010.

WIEVIORKA, O., Une certaine idée de la Résistance. Défense de la France 1940-1944. Seuil, Paris, 1995.

FISHMAN, S. Y OTROS, La France sous Vichy. Autour de Robert O. Paxton, Éditions complexe, 2004.

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