Ágora 2.0

Blog del alumnado de Filosofia de la Universidad de Zaragoza

El régimen de Vichy (el precio de la soberanía).

Posted by forseti4y9 en 3 octubre 2011

Este trabajo fue uno de los dos que tuve que presentar a Historia del Mundo Contemporáneo II.

Introducción.

En este trabajo hemos hecho un repaso a las tesis más importantes que Robert O. Paxton presentó en su libro La Francia de Vichy, 1940-1944, que tuvieron un impacto muy importante en la historiografía del régimen de Vichy, al ponerse el acento en la actitud proactiva del gobierno de Pétain en las políticas pro-nazis (I).

Este giro paxtoniano ha tenido influencia en la visión de diferentes aspectos del régimen vichyste, como la Resistencia o las propias políticas de la memoria, como podemos comprobar de la mano de Wieviorka (II).

Diferentes autores sancionan la importancia de la obra de Paxton, que queda señalada como un hito dentro de la historiografía gracias al acceso a los archivos alemanes y americanos (III).

I Vichy según Paxton. La colaboración no es mera respuesta a los impulsos de Berlín.

Como bien señala Paxton, la derrota es un estado mental . Cuando Francia renunció a proseguir la guerra desde el África del Norte francesa (“había, por tanto, alternativas válidas para un armisticio, y éstas significaban una pesadilla para Hitler” ), cuando, en palabras de Charles de Gaulle, “ni una sola figura pública elevó su voz para condenar el armisticio” , se estaban aceptando, según Paxton, “dos conclusiones estratégicas: la guerra había terminado, y Alemania había vencido” .

La opción de no darse por vencido, apostando por el desorden y los elementos armados, era “impensable para un pueblo que libraba una segunda guerra en menos de un cuarto de siglo y atemorizado por el espectro de la revolución que seguía a cada crisis, como había sucedido en 1871, 1917 y 1936” .

En definitiva, al haberse producido una ofensiva tan rápida, los franceses apostaron por el orden frente al caos, y se resignaron a la derrota, en la confianza de que el armisticio sería algo breve y que la guerra acabaría pronto con una Alemania vencedora. De fondo estaría la idea de que el Estado francés no es “un mero instrumento de una voluntad general soberana ni un árbitro entre el pueblo, sino un bien positivo en sí mismo, el portador de unos valores mayores que la suma de los individuos que la constituían” .

Desde el momento en que el documento de armisticio recogía que el gobierno francés debía asistir a las autoridades alemanas en el ejercicio de sus “derechos de potencia ocupante”, y se ordenaba a los funcionarios franceses y a los servicios públicos a que se “sometieran a las decisiones de las autoridades alemanas y colaborasen fielmente con ellas”, la complicidad cotidiana “condujo, gradual y eventualmente, a un apoyo activo a las medidas alemanas que hubiese sido inimaginable en 1940” .

Así, “el mito del paseo alemán a través de unas defensas francesas inexistentes, quedó establecido. Y con él vino el repudio de la Tercera República y el anhelo de algo distinto. ”

Ese repudio provocó, los días 9 y 10 de julio, que la Tercera República se autoinmolara en Vichy.

No es cierta por tanto la teoría de la conspiración de Laval, según nos explica Paxton. “Todos los presentes en Vichy no necesitaron ser persuadidos por Laval para enterrar la constitución de 1875, pues hubo unanimidad casi total respecto a sus fallos” . Es más, la actitud de la Asamblea del 9 de julio de entregar plenos poderes a Pétain y revisar las leyes constitucionales “reflejó casi unánimemente la opinión pública francesa” .

Así, según las nuevas leyes constitucionales, Pétain podía llevar a cabo todos los actos ejecutivos y legislativos, excepto la declaración de guerra, sin consultar con la Asamblea.

Como advierte Paxton, “la colaboración ya no significaba meramente cumplir con las tareas cotidianas bajo la ocupación enemiga. La colaboración pasaba a ser el hecho de aprovechar la presencia de un ejército extranjero para llevar a cabo cambios esenciales en todo lo referente al gobierno, la enseñanza y el trabajo de los franceses” .

Y al frente de este gobierno no estaba un anciano senil: “los actos de Pétain eran opciones conscientes y deliberadas” . Un Pétain que se creyó indispensable, y que “se aferró a su puesto de mando con el abrazo de la conciencia, mucho más peligroso que el de la ambición” .

Así, tal como resume Paxton, “en tanto que la presencia directa de los alemanes en los dos tercios norteños de Francia no dejaba lugar a dudas en cuanto a la ubicación del enemigo, en el sur no estaba claro si el antigermanismo significaba oponerse a Vichy o unirse a él en su simulacro de independencia y su retórica nacionalista” .

Es por eso que “la primitiva Resistencia en 1940 fue obra de individuos excepcionales, en general ya al margen del contexto social de un modo u otro” .

Esa excepcionalidad de la disidencia se manifiesta con mayor rotundidad desde el momento en que Vichy controló la mayor parte del imperio francés, por lo que “el que deseara reunirse con De Gaulle sólo podía hacerlo al precio de la ruptura total con su vida corriente, mediante la huida y el exilio” . Un De Gaulle, recordemos, que era acusado de servir a los intereses británicos.

Si Paxton echa por tierra la teoría de la conspiración de Laval, lo mismo sucede con la teoría del “doble juego” : no había ninguna conexión secreta entre De Gaulle y Pétain, sino que “Vichy buscó la neutralidad, una paz pronta y un arreglo final con Alemania en términos suaves” .

La tesis de Paxton quiere poner de manifiesto que la “colaboración” de Vichy no es una mera respuesta al impulso y energía proveniente de Berlín, sino que hubo cosas que Vichy hizo sin presión de los alemanes y cosas que rogaron que hicieran los alemanes .

Y ese fue uno de los errores del proceso contra Pétain, el de que la acusación se centrara en los pecados de omisión más que en los pecados cometidos. El de dar la imagen de que simplemente había una demanda alemana y una respuesta de Vichy (prudente o cobarde, según las preferencias de cada uno).

En conclusión, uno de los fines principales del libro de Paxton La Francia de Vichy, 1940-1944, es el de “exponer a la luz las iniciativas de Vichy”, es por tanto el de “destacar Vichy a expensas de los colaboradores de París” .
En definitiva, “los archivos alemanes contemporáneos sugieren una política de Vichy mucho más distribuida y concertada para preparar el salto por encima del armisticio y buscar un lugar dentro de la Europa de Hitler” .

La colaboración por tanto, según Paxton, “no fue una demanda alemana a la que algunos franceses accedieron por simpatía o por astucia” , sino que, al contrario, el interés de Berlín en la colaboración sólo se suscitó por “el problema de la defensa del Imperio francés contra la infiltración britanicogaullista” (por la implantación de los gaullistas en el África Ecuatorial francesa, que amenazó con extenderse al África Occidental), haciendo que “de pronto Alemania juzgase vitalmente útiles la autoridad y la independencia de Vichy” .

“El régimen de Vichy deseaba negociar un acuerdo general con el territorio francés intacto a cambio de la defensa activa del Imperio francés contra los británicos” .

De ello son buen exponente las entrevistas de Montoire entre Laval y Hitler, en primer lugar, y Pétain y Hitler, dos días más tarde.

En este panorama de la “nueva política” francesa imperialista que nos dibuja Paxton, “no cabe duda de que fue más la desgana alemana e italiana, y no un titubeo por parte de los franceses, lo que impidió a Vichy hacer más cosas” , aunque también es verdad que había simultáneos esfuerzos para tener “un cierto entendimiento con los aliados” .

La destitución de Laval el 13 de diciembre de 1940 (¿quizá como consecuencia del veto humillante a la anunciada visita de Pétain a París el 3 de diciembre? ) supuso el fin de esa “nueva política”, y Hitler perdió interés en Francia, y se conformó con tener neutralizado el Imperio francés.

En cualquier caso, “la destitución de Laval no ejercía ‘el menor’ efecto sobre la plena lealtad francesa a los ‘acuerdos’ de Montoire. […] La colaboración podía continuar si los alemanes la deseaban” .

En este sentido, incluso Paxton apunta que “si bien suele ser Laval el calificado de chaquetero y oportunista, fue en realidad Darlan quien llevó a Francia más cerca de la cooperación militar directa con Alemania en 1941 y el que se encontró, tal vez accidentalmente en el bando aliado en noviembre de 1942” .

Entre los acuerdos alcanzados, cabe destacar también los Protocolos de París, que recogen los derechos alemanes en el Imperio francés .

El gran designio de Darlan era lograr un tratado de paz con una Francia asociada a un sistema continental dominado por Alemania.

En la ‘nota verbal’ del 14 de julio intentaba “librar a Francia de las restricciones del armisticio y restablecer unas relaciones normales con Alemania” .

Pétain secundó los esfuerzos de Darlan y “puso el acento en el bolchevismo como enemigo común de Francia y de Alemania” , y se entrevistó con Göring en Saint-Florentin el 1 de diciembre.

Esfuerzos que fracasaron, “a pesar de haber presentado las ofertas más sensacionales de todo el período de Vichy” .

Es por eso que Pétain, y no por una petición alemana, buscó una nueva figura, y acabó siendo Laval quien en abril de 1942 “asumió entonces el cargo de primer ministro, hasta entonces ostentado por Pétain, y el mariscal quedó únicamente como jefe de Estado” .

En resumen, “los dos primeros años posteriores al armisticio constituyen una especie de unidad. Como Laval antes que él, Darlan trató de conseguir un lugar autónomo y neutral en la Europa de Hitler” . Pétain participó en la búsqueda de ese arreglo. Hitler, arrogante, no les dio esa oportunidad.

El armisticio, por otro lado, internamente, “ofreció una oportunidad histórica para un cambio como Francia no había experimentado desde 1870, y en realidad tal vez desde 1789” . Así, se hizo una llamada a la revolución nacional. El régimen de Vichy no fue por tanto un mero “régimen custodio de presence” , sino que “fue tan complejo como los varios grupos que, desde las alas, pasaron al escenario que había dejado el ‘centrismo’ de la Tercera República” .

Lo que Paxton quiere corregir es una interpretación que es un error de bulto: “la Revolución Nacional no fue un proyecto de Hitler” . Poco le importaba a Berlín el orden moral o educativo del interior de Francia. Y si Francia se reclamaba para los franceses, si debía ser ‘purificada’ de la decadencia de los métèques (protestantes, masones y judíos), si Vichy estableció su propio sistema de campos de concentración, si estableció una purga y un sistema de contingentes en una política antisemita, basada en una xenofobia “más cultural y nacional que racial” , si se hicieron leyes para “eliminar toda influencia judía en la economía nacional”, si se expoliaron las propiedades judías en la zona ocupada… si todo eso se hizo para reafirmar la soberanía francesa sobre la Zona Ocupada, como dice Paxton, a Vichy ese tiro le salió por la culata, pues “el antisemitismo se convirtió en una holgada vía de paso para la influencia alemana sobre Vichy” .

En todo caso, sus medias antisemitas, las deportaciones desde Francia por ejemplo, supusieron una inestimable ayuda para los alemanes cuando comenzó “el bestial programa de la Solución Final”, como concluye Paxton .

O como dice en otro momento, “en espera de la paz, obligado a improvisar y basado en un fatal error de cálculo geopolítico, Vichy se convirtió, según la gráfica expresión francesa, en una cesta de cangrejos” .

En definitiva, no basta con vincular sin más a Vichy y su Revolución Nacional con los regímenes fascistas de Alemania e Italia, pues eso hace pensar que es una mera importación extranjera, y “oculta las profundas raíces que conectaron las políticas de Vichy con los principales conflictos de la Tercera República” . Y en realidad, la Revolución Nacional de Vichy está más cerca del extremo conservador que del fascista; aunque si por fascismo entendemos, en sentido amplio, “medidas enérgicas por parte de una clase media asustada” , es cierto que Vichy fue fascista.

La participación activa en el régimen de Vichy se vio legitimada por una opinión pública que sólo se volvió decisivamente contra el régimen “en la primavera de 1943, después de ocupada toda Francia y después de iniciarse el envío de jóvenes franceses a las fábricas alemanas” .

Y es que la opinión pública francesa ya antes de 1940 temía al bolchevismo y entendía que “la revolución era la amenaza más grave para Francia y que la guerra contra Hitler era una lamentable desviación con respecto a la tarea principal, es decir, la supresión de dicha revolución” .

Cuando el 11 de noviembre de 1942 las fuerzas alemanas penetraron en el sur de Francia como reacción ante el desembarco aliado en África del Norte, y todo el país quedo entonces ocupado, Francia perdió su Imperio, pues quedó casi enteramente en poder de los aliados, y además perdió su flota, hundida por sus dotaciones el 28 de noviembre cuando los alemanes se disponían a apoderarse de ella.

Y sin embargo Pétain siguió sin unirse a los aliados. Si bien Darlan sí que “accedió a alinear los recursos franceses norteafricanos al lado de los aliados. Con ello surgió en África del Norte una especie de ‘Vichy a la inversa’ bajo la ocupación aliada” .

Por ello, Paxton concluye: “El mariscal Pétain y los miembros de su gabinete, cuyo lenguaje en 1943 sobrevive, no eran attentistes. No esperaban el momento de volver a lanzarse a una guerra […] y optaron por los riesgos […] de la continuación de la colaboración, con preferencia al peligro de una revolución que parecía entrañar la liberación por la fuerza de las armas” .

Cuando a finales de 1943 toda la legislación francesa debería ser sometida al escrutinio alemán, la amenaza de Pétain “de convertir el gobierno francés en un régimen puramente administrativo como el de Bélgica –la solución que hubiese sido la más adecuada en junio de 1940- quedó automáticamente anulada en noviembre de 1943, puesto que, tras haberse aferrado a la soberanía en 1940 y haber puesto siempre el orden interno por encima de todo lo demás, Pétain se vio condenado a ejercer aquel retazo de soberanía bajo la vigilancia alemana y hasta el último y amargo extremo” .

En 1944 el rasgo interesante de Vichy es el esfuerzo para efectuar una transferencia ordenada de la autoridad estatal, con la pesadilla de la guerra civil y la negativa del general De Gaulle en cuanto a aceptar el manto del poder de manos de Pétain.

Este interés en una transición ordenada de Vichy es curiosamente armónico con el de la transición de Argel , motivo de nuestro otro trabajo para esta misma asignatura.

Haciendo un balance de pérdidas y ganancias, Paxton concluye que “el régimen de Vichy no salvó al pueblo francés de las penalidades, tal vez mayores que las dufridas por los países totalmente ocupados de la Europa occidental. Además, esas penalidades no se repartieron por igual entre todos los franceses” .

Y añade un inventario moral contra la élite de Vichy: el utilizar la derrota de 1940 “en favor de unos propósitos tortuosamente sectarios: desquitarse del Frente Popular y rehacer Francia a lo largo de unas nuevas líneas no menos partidistas que las antiguas y al servicio de unos intereses más delimitados” .

Y acusa a Vichy por su complicidad: “al readquirir continuamente su espectral soberanía a precios cada vez más altos, el régimen de Vichy convirtió a muchos franceses en cómplices de leyes y políticas a los que normalmente no hubiesen dado su consentimiento” .

La complicidad final a partir de noviembre de 1942 es más incomprensible para Paxton, y apunta como motivos a “la inercia burocrática y la incapacidad para hacer consideraciones más allá de la eficiencia del Estado, pero hubo además la atracción ejercida por la Revolución Nacional sobre sus partidarios” .

La tesis de Paxton nos hace pensar en que los franceses de 1940 no estuvieron a la altura del momento cruel que les tocó vivir, cuando “para salvar los valores más preciados de una nación, es preciso desobedecer al Estado” . Efectivamente, el honor de los ciudadanos libres, iguales y fraternales, se fue por el sumidero de la complicidad con los que creían iban a ser los vencedores en Europa.

El precio de la soberanía francesa fue la pérdida del honor de unos franceses sojuzgados, por lo que efectivamente la soberanía de Vichy fue quedándose, como la ha calificado Paxton, en un mero espectro, un fantasma que, por otra parte, no pueden abandonar, y reside ya para siempre en su memoria atormentada.

II Vichy según Wieviorka.

Wieviorka, en una visión que creemos debe bastante al giro que supone Paxton en la consideración del régimen de Vichy, entiende el Estado vichyste como la primera ocasión en la historia nacional de Francia en la que la extrema derecha accede al poder y logra, bajo la cobertura de la Revolución nacional, aplicar su programa. Nacida de la derrota y producto de la guerra, el régimen de Pétain, por las condiciones de su nacimiento y para aferrarse al poder, unió su destino al del Tercer Reich, al que acompaño hasta su retiro en Sigmaringen.

Ese pensar que lo patriótico era obedecer a Pétain cuando con el paso del tiempo se pudo comprobar que colaborar con Alemania suponía hacerse cómplice de sus soluciones ‘bestiales’, llegó en un primer momento a confundir incluso a la Resistencia.
De hecho, en un primer momento, la Resistencia, Défense de la France, sostiene a Vichy, si bien de manera prudente, matizada y condicional . Precisamente por la misma ambigüedad de Vichy, al menos en sus comienzos. En el inicio, condena sin duda la colaboración, pero está persuadida de que Pétain resiste a los diktats alemanes.

No obstante, con el tiempo hay una clara distinción entre la base de la Resistencia, gaulliste, y sus jefes, más moderados . En cualquier caso, la satisfacción de pertenecer a un movimiento de Resistencia y el consenso sobre la acción priman en general sobre las diferencias políticas.

Según Wieviorka, la evolución de Défense de la France le lleva a condenar Vichy, a partir de noviembre de 1942 (fecha a partir de la cual hemos visto que Paxton considera claramente inaceptable la postura de Vichy), pero eso no hace que se pongan del lado del general De Gaulle de manera ni inmediata ni entusiasta, sino que sólo se asocia a su lucha en la medida en la que quede militar y se dirija contra los únicos enemigos. De hecho, el movimiento prefiere al general Giraud, pidiendo en enero de 1943 que De Gaulle una sus tropas bajo el mando de aquel , opción que se sitúa entre el antes abrazado vichysme o maréchalisme y el todavía reticente gaullisme.

De fondo está el contencioso que todavía hoy opone a la Resistencia interior y a De Gaulle, a quien acusan de haber roto la fuerza política que encarnan, por temor a ver surgir a un competidor que amenace su legitimidad .

No hay que menospreciar el valor, incluso moral, de esta Resistencia. Como decía Jean Paulhan :
Puedes cerrar en tu mano una abeja hasta que se asfixie. No se asfixiara sin haberte picado. Es poca cosa, dices tú. Sí, es poca cosa. Pero si no te picara, haría mucho tiempo que ya no habría abejas.

En efecto, señala Wieviorka, la Resistencia en general ha permitido a miles de franceses participar en el combate y comprometerse, aunque fuera modestamente, en la lucha contra Alemania y el régimen vichyste.

En este sentido, quizá la soberanía espectral francesa no se guardó tanto en manos de Pétain como en los miles de manos de los ciudadanos franceses que no se rindieron y plantaron cara en la lucha en la resistencia. El precio de la soberanía no lo puso quizá el mariscal, ni siquiera el general, sino los resistentes. Tal vez por ello el general les ninguneó, y tal vez por eso mismo quiso crear otro espectro, otra fábula, la de que todos los franceses habían guardado su soberanía pese a los alemanes y pese a la colaboración. De rebote, esta política de De Gaulle ninguneó también la memoria de los republicanos españoles que lucharon en la división Leclerc, pero esa era parte del precio a pagar para mantener la ficción de la soberanía francesa, de una grandeur nunca ahogada, de un Estado y una sociedad no totalmente humillados, entregados, y lo que es peor, creyentes, con las políticas nazis. En el fondo, De Gaulle se sentía el único que mantenía en sus manos la soberanía francesa, y quiso repartirla entre la sociedad francesa para poder superar el trauma de la colaboración y evitar una guerra civil.

En este sentido, Wieviorka señala que con la Liberación, tras cuatro años de ocupación, Francia no había olvidado la derrota, y seguía rumiando el incomprensible derrumbe de 1940. La guerra civil amenazaba, el ejército de las sombras y el partido comunista querían saldar sus cuentas con los que mantuvieron el régimen de Vichy. Así, el jefe del gobierno provisional de la República francesa del 3 de junio de 1944 al 20 de enero de 1946 medía la amplitud de los traumatismos. De Gaulle edificó una política de la memoria destinada a suturar las heridas y a restaurar la confianza en una nación dividida.

Una política memorial que quiere en primer lugar celebrar a los héroes, favoreciendo, en apariencia, un sincretismo . Pero que en realidad, como reverso de la moneda, excluye a los civiles (judíos deportados, trabajadores del servicio obligatorio, pueblos bombardeados…) y a los prisioneros de guerra .

Una política de la memoria que ha ido evolucionando a lo largo de los sucesivos gobiernos franceses hasta nuestros días, como analiza Wieviorka, pero que en todo caso puede ser calificada en cierto modo de negacionista.

La contribución de Paxton para descubrir esa verdad oculta fue fundamental, pues abrió un camino que luego ha sido muy transitado, el de reconocer la verdad del régimen de Vichy.

Como señala Wieviorka, el poder político no ha jugado siempre el juego de la verdad, prefiriendo, más que afrontar las realidades que disgustan –la política del régimen de Vichy por ejemplo- privilegiar la negación. Como dice Nora: lo que hay de específico en la reacción francesa a la marejada mundial de la memoria y que le confiere su virulencia, es sin duda el contraste entre el poder de la imagen inmaculada que Francia ha aprendido a proyectar de sí misma, y la confrontación penosa, tardía, contrariada, con las realidades históricas que contradicen esa imagen, la rompen, y aparecen ellas mismas más negras de lo que son. Sobre Argelia, sobre la Ocupación, sobre la Resistencia, sobre la guerra de 1914, sobre la colonización hay una leyenda, mentiras, falsificaciones, bloqueos, negaciones. Esos obstáculos, puestos por todos los medios a disposición del Estado para impedir el conocimiento de la verdad (empezando por el secreto de los archivos) han mantenido la idea malsana de un cadáver siempre escondido en el armario .

En este sentido, podemos señalar que en los años ochenta hubo sobre todo tres organizaciones que se ocuparon de rehabilitar al mariscal Pétain. Y lo que es peor, de la rehabilitación del mariscal algunos pasan con facilidad a la revisión/negación de la historia: y eso, con discreción, prudencia y sin conocimiento particular del medio negacionista. Para estos, como subraya Igounet , el discurso de Robert Faurisson representa un dilema. Por un lado, les da la oportunidad de lavar la imagen de Pétain, acusado indebidamente de haber sido cómplice del exterminio de los judíos; pero por otro lado, la realidad del genocidio judío es difícilmente objetable porque se han acostumbrado a decir que con el mariscal, presentado como el ‘salvador de Francia’, muchos judíos han sido salvados de la persecución y del exterminio.

¿Es esto una singularidad francesa? Para responder a esta pregunta, traemos a colación una reflexión de Kupferman :

Pétain, Pucheu o Laval, cuando se les juzga dicen muy alto que asumen su gestión y no lamentan lo que han hecho. Está fuera de duda que han crido servir a su país, pero el proceso intentado con Vichy no trata sobre intenciones. Poco importa el puro amor por Francia que inspira a Pucheu cuando elige a los rehenes prometidos a las balas alemanas. No tiene interés debatir las razones del origen de la funesta proposición hecha por Laval a Dannecker en julio de 1942. Sólo cuenta un hecho, el jefe del gobierno había dicho: ‘ningún niño judío debe quedar en Francia’ y dos mil niños de menos de seis años, seis mil de menos de trece, han sido deportado hacia Auschwitz para morir allí.

En otros países, Pétain, Laval o Pucheu tienen también sus homólogos, que han podido explicar, ellos también, que habían actuado para proteger a sus compatriotas. El proceso Quisling es contemporáneo del proceso Pétain y Laval, pero hace mucho que el asunto Quisling ha dejado de conmocionar a los noruegos. Diríase que sólo en Francia se sigue con la querella: ¿tenían razón, estaban equivocados, podían hacer otra cosa? Todo sucede como si no fuera cosa juzgada, y los franceses son invitados periódicamente a reexaminar las piezas del proceso, completada la ocasión con acusaciones contra los que hicieron la depuración. El Estado contribuye a mantener con vida el eterno debate, prohibiendo el acceso a los archivos, en tanto que se trata del período maldito. Es dejar creer en una verdad oculta, mientras que los archivos del Tercer Reich, felizmente abiertos a la investigación, refuerzan mucho más el dossier de la acusación más que el de la defensa.

III. La importancia de Paxton.

Tanto es así que el debate sigue vivo que el “síndrome de Vichy” se manifestó en 1997 en el proceso de Maurice Papon por su papel en la deportación de judíos de Burdeos a Drancy y luego a Auschwitz, entre 1942 y 1944 .

Y tanto es el impacto de los trabajos de Paxton que fue uno de los historiadores llamado al estrado por la acusación en su calidad de experto.

Como dice Fishman, la herencia del régimen todavía es equívoca y se contesta. Con la Liberación en 1944 se redujo Vichy a un simple paréntesis, con Pétain como protector de la crueldad de la venganza alemana y Laval como el que cedió a la política antisemita y a la represión de la Resistencia. Y esa versión satisfacía a todas las vertientes políticas.

Pero ya desde Le Chagrin et la Pitié, de Marcel Ophus (por cierto, mi interés por Vichy viene dado por la visión hace unos años de este documental), se vio que de ninguna manera hubo una nación francesa unidad en una resistencia feroz contra el invasor.

En ese sentido, como sigue Fishman, el libro de Paxton objeto de nuestro ensayo franquea un paso suplementario, al echar mano de los archivos alemanes y americanos, para afirmar, como ya hemos visto, que la colaboración fue una propuesta de Francia. Que Vichy no dejó de ofrecer más de lo que los alemanes le pedían, sobre todo en materia de políticas antisemitas y de trabajo.

Así, el libro de Paxton, señala Fishman, ha jugado un papel fundamental en la transformación del modelo de interpretación de los años de Vichy.

Para Marrus, la importancia del libro de Paxton es esencial en cuanto al tema judío. Por ejemplo, con l’Histoire de Vichy de Robert Aron, la imagen de Vichy era que este había amortiguado el impacto de la Solución final, salvando a los judíos de la deportación y la muerte .

Y esa indulgencia de Aron y otros autores respecto a Vichy puede ser explicada según Marrus por a) la necesidad de tiempo para poner en perspectiva los crímenes de genocidio; b) no haberse fijado tanto en los dos primeros años, cuando Vichy definió su programa antijudío por propia iniciativa y sin ser obligado por los alemanes (confiscación de bienes por la arianización, excluirlos de los servicios públicos, profesiones liberales y enseñanza superior etc.) asimilando renacimiento nacional con antisemitismo; c) el error de interpretación sobre las raíces auténticamente francesas de la campaña antijudía de esos dos años.

En Vichy el antisemitismo no era el fundamento del régimen como en el nazismo, pero el programa antijudío de la Revolución nacional concordaba perfectamente con los objetivos del nazismo, del que ya eran conocido el carácter de muerte que tenían sus políticas antijudías incluso antes de definirse la Solución final.

A los alemanes les fue muy facilitado el trabajo gracias a los dos años de persecución de los judíos que llevó a cabo Vichy tanto en la zona ocupada como en la libre.

En Vichy nadie se interesó en las pruebas que se acumulaban de los campos de exterminio, pues el problema de la persecución de los judíos era secundario, y la extensión de la masacre no era tanto por la distinción entre judíos franceses o extranjeros como por la evolución de los combates en Europa.

Como concluye Marrus: cuanto más sabemos de Vichy, más abyecto nos parece ese régimen. Y en ese sentido, destaca la importancia del libro de Paxton para denunciar que lo que hubo fue un temor al abismo que se abriría si cesaba la autoridad del Estado.

En ese mismo sentido, para subrayar este aspecto, es por lo que hemos titulado a nuestro ensayo el precio de la soberanía.

Hoffmann destaca también la importancia del libro de Paxton en la comprensión de Vichy, que fue evolucionando desde un primer período hasta 1950 en los que se borran esos años de la historia, y se entiende que la colaboración fue cosa de malhechores; hasta otro hasta 1960, con el libro de Aron presidiendo el período intentando apaciguar las pasiones y provocar la comprensión; un tercero hasta 1970 con Paxton y otros, como el documental Le Chagrin et la Pitié, que reinsertan a Vichy en la continuidad histórica de Francia; y un cuarto que se abre con la publicación de libro de Paxton en Francia y su reconocimiento, aceptándose su visión y estableciéndose un mejor equilibrio de las posturas, planteándose el tema de la responsabilidad del Estado.

En este sentido, el rechazo de Chirac de una historia oficial que De Gaulle y el anti-gaulliste François Miterrand habrían defendido (Vichy no era Francia, Francia era la República, y el Estado francés no era el verdadero Estado francés) fue la conclusión de la revolución paxtoniana.

En ese sentido es en el que antes he dicho que De Gaulle se sentía el depositario de la soberanía tanto como Pétain el garante de una soberanía francesa que no dejaba de ser espectral en ambos casos, una soberanía de la que los pedazos rotos eran transportados a Alemania y a la que sólo la Liberación pudo dotarla de vida.

En todo caso, subraya Hoffmann, todavía hay debates vivos, como el de si es justo hacer del tratamiento de los judíos el centro de gravedad de Vichy.

Yves Durand destaca que la colaboración es una elección voluntaria e ideológica de Vichy que puede verse ya implícitamente en la firma del armisticio y que se explicita después de Montoire, y que se inscribe en un Nuevo Orden hitleriano en Europa, donde Francia no es el único país con regímenes políticos que colaboran.

Esa colaboración va desde el programa antijudío (los judíos salvados en Francia no pueden agradecerse a Vichy, dice Durand) hasta la ayuda económica (entrega de mano de obra al Reich, servicio de trabajo obligatorio, como colaboración voluntaria francesa) y la cruzada contra el bolchevismo.

Una colaboración de Estado que viene motivada por la ideología anticomunista y antisemita, y por la “razón de Estado”.

En palabras de Durand volvemos a ver el precio de esa soberanía espectral de la que venimos hablando: la ilusoria búsqueda de la soberanía ha sido probablemente el motivo principal y de más pesadas consecuencias de la colaboración de Estado, no sólo en Vichy, sino por todo sitio donde un gobierno se presenta como interlocutor de los alemanes.

Y concluye: En Vichy, como en Bucarest o en Sofía y por otras partes de Europa, la colaboración manifiesta más una práctica ciega de la razón de Estado y una ilusoria defensa del interés, de la soberanía y de la unidad nacional más que de la ideología.

Destaca asimismo que las ambiguas relaciones en cada Estado entre colaboradores (Vichy) y colaboracionistas (París) encarnan el balance interior entre ideología y práctica de la razón de Estado. Pero en realidad Pétain se asoció en el plano internacional con los Estados fascistas.

Veillon por su parte destaca que desde el principio hubo entre la Resistencia quienes eran antivichystes irreductibles, pero que eran una minoría, y que la mayoría consideraban a Pétain un último recurso, un guía natural en primer lugar, luego deseado.

Por tanto, habría habido una resistencia maréchaliste.

Incluso Frenay y Combat, a pesar de su manifiesto rechazo de la opción maréchaliste, quedaron marcados por sus elecciones iniciales.

Y califica de vichysto-résistants a Uriage, François Mitterrand y el movimiento de los prisioneros de guerra. Son a la vez vichystes y resistentes.

Y concluye emplazando a continuar los estudios de Vichy en relación estrecha con la cuestión de la Resistencia en la estela marcada por Robert Paxton, para ver la diversidad de los comportamientos y actitudes de las organizaciones resistentes.

Para ir acabando, queremos destacar con Rousso que no deja de ser un cliché infundado que los franceses no hayan sido capaces de afrontar su pasado, desde la Liberación hasta el proceso Papon.

En ese sentido, el libro de Paxton ha tenido un impacto muy importante poniendo en evidencia una interpretación global del régimen, de su ideología y de su acción concreta, y de la profunda coherencia del proyecto vichyste. El enlace existente entre “colaboración de Estado” (como política exterior) y “Revolución nacional” 8como política exterior). No se trata tanto de subrayar la traición como la autonomía de los colaboradores, poniendo el acento del análisis en el “Estado francés”.

Esta revolución paxtoniana alcanzó tal impacto que incluso Lionel Jospin como primer ministro en su discurso de 20 de julio de 1997 reconoció que los saqueos de Vel’ d’Hiv habían sido decididos, planificados y realizados por franceses.

Y Rousso llama la atención también sobre otro cliché (formulado por ejemplo por Bernard-Henri Lévy): pensar que Vichy es una manifestación necesaria de lo que existía latente en la cultura política francesa. Y señala que no es cierto que el fascismo francés haya sigo una alternativa política creíble, pero que aquel cliché viene bien ahora por la remontada actual de las ideologías xenófobas.

Así mismo, señala que el antisemitismo de Vichy sólo puede ser central en una visión nacida mucho después del acontecimiento, lo que no quiere decir que no hayan de reconocerse las responsabilidades de Vichy.

Finalmente, el libro de Paxton ha creado otro cliché, el de que sólo los extranjeros como él pueden escribir la historia de Francia.

IV Epílogo.

A modo de conclusión, podemos apostar por la idea de que el precio que Francia pagó por mantener su soberanía en las manos de un régimen colaboracionista excepcionalmente proactivo en su actitud a favor del Eje fue el de seguir rumiando su pasado vergonzante en su memoria, y el de crear nuevo espectros de soberanía sea en las manos de De Gaulle o en las de la Resistencia. El fantasma creado para mantener esa ilusoria soberanía continúa atormentando el recuerdo que los franceses y la propia historiografía gala tiene de aquellos años sombríos, semejantes, en cierto aspecto, a la zona gris de la que nos hablaba Primo Levi cuando se enfrentaba a la experiencia de los campos de exterminio, Sonderkommandos incluidos.

Para terminar, lo haremos con dos testimonios.

André Lavagne, director adjunto del gabinete civil de Pétain, escribió el 12 de agosto de 1942 en sus carnets aún inéditos, testimoniando su reacción de rechazo ante los saqueos en curso y las deportaciones de judíos y ante el papel jugado por el Estado francés, que hacen referencia a esa soberanía espectral de Vichy :

Los alemanes actúan más o menos libremente entre nosotros, mientras que en apariencia Francia conserva una cierta soberanía autónoma y se gobierna ella misma. Nos deshonramos no siendo más que los instrumentos de los alemanes. Más vale dejar a los alemanes la responsabilidad de sus decisiones que aplicarían ellos mismos.

Y Pétain, quien anotó personalmente con su puño y letra un documento, revelado por Éric de Rothschild y Serge Klarsfeld en 2010, pidiendo a su gobierno, en Vichy, que agravara las penas y medidas racistas contra los judíos.

Este documento ha sido comentado por Paxton: “Se trata de algo excepcional. Ese documento debía estar en los archivos nacionales desde hace setenta años. Pero alguien lo ha ocultado y ha terminado vendiéndolo, a título privado. Una vez que se hagan las verificaciones pertinentes, del papel y la escritura, cambiará radicalmente la imagen de Pétain. Habíamos pensado que el mariscal había sido ‘indiferente’ a la suerte de los judíos. Ese documento viene a probar lo contrario: él mismo participó de manera muy activa, a la cabeza del Estado colaborador de la Alemania nazi, en las políticas policiales y racistas contra los judíos” .

BIBLIOGRAFÍA PRINCIPAL

PAXTON, ROBERT O., La Francia de Vichy, 1940-1944, Editorial Noguer, Barcelona 1974.

WIEVIORKA, O., La mémoire désunie. Le souvenir politique des années sombres, de la Libération à nos jours. Seuil, Paris, 2010.

WIEVIORKA, O., Une certaine idée de la Résistance. Défense de la France 1940-1944. Seuil, Paris, 1995.

FISHMAN, S. Y OTROS, La France sous Vichy. Autour de Robert O. Paxton, Éditions complexe, 2004.

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